sábado, 8 de noviembre de 2014

CAPITULO 41




El Centro Pompidou es fácil de encontrar. Gracias a Google, sé que está centrado en el Margen Derecho del Río Sena17, y se sitúa en un área conocida como el barrio Beaubourg. 


Después de mis días de exploración, tengo una muy buena idea de dónde estoy. Pero a pesar de que vi una foto del museo por internet, de ninguna manera estoy preparada para el monstruoso y esquelético fenómeno que parece alzarse por encima de la ciudad que lo rodea.


Es como si el enorme edificio hubiera sido despojado de sus capas externas, revelando las mismas piezas que lo mantiene erguido justo debajo. Brillantes tubos de colores verde, azul, amarillo y rojo se encuentran intercalados con vigas de metal, y se ven lo más parecido a una obra de arte, al igual que los elementos alojados en el interior.


Sigo una señal que me dirige hacia una gran plaza pavimentada, llena de estudiantes, familias y grupos de turistas paseando. Los artistas están rodeados por unas pequeñas multitudes y los niños corren alrededor, con su risa resonando en los descomunales espacios vacíos creados por el enorme edificio.


Justo como Pedro me instruyó, tomo las escaleras eléctricas más grandes que haya visto alguna vez. Todo el trayecto está encapsulado en túneles de plexiglás, dándome una vista de una enorme extensión de París, con edificios en la distancia que sólo he visto en libros. Inmediatamente diviso la Torre Eiffel, ambientada en un telón de fondo de brillante cielo azul.


Mi reflejo me saluda usando un sencillo vestido suelto junto con un jersey, con mi cabello oscuro luciendo brillante en el sol de la tarde. Mi rostro está sonrojado con anticipación y estoy alejando el temblor de ansiedad porque no tengo idea de qué está sucediendo, y por qué he dejado a Pedro al mando completamente. ¿Todavía soy su sirvienta? Me detengo, a medio paso entre una escalera eléctrica y la siguiente, mientras la posibilidad se sumerge. Nuestro equilibrio de poder ya está sesgado desde que llegamos aquí. ¿Hacia qué me estoy dirigiendo?


Pero, razono, cuando te dejaste llevar anoche, él tomó el control y te dio la noche erótica más intensa de tu vida. 


Confía en él.


Con una respiración profunda, llego a la cima y me encamino hacia el moderno restaurante. Una hermosa mujer con cabello color rojo tomate y con un corto vestido blanco me guía a través de un espacio que parece más como un lugar perteneciente a una película de ciencia ficción que a un lugar para cenar. Todo es de metal afelpado y de color blanco reluciente, de vigas de acero y esculturas pulidas. 


Las mesas son elegantes e industriales, cada una cubierta con una rosa de tallo largo de color rojo rubí. El área del comedor al aire libre está protegida por vidrios de corte bajo para no esconder la vista porque, guau… qué vista.


Le agradezco y tomo un asiento en el bar, revisando mi teléfono por algún mensaje. Acabo de comenzar a escribirle un mensaje a Pedro cuando siento un ligero golpecito en mi hombro.


—¿Te importaría si me siento aquí? —pregunta, nervioso. Y, oh. Este no es el mismo juego que el de anoche. La confusión se debe mostrar en mi expresión porque continúa—: A menos que estés esperando por alguien, por supuesto.


Extraños. Esto lo puedo hacer. Eso lo sabemos.


—No. Eh… no, en lo absoluto. Adelante —le digo, y señalo el asiento a mi derecha.


Pedro dobla toda su complexión de un metro ochenta y nueve centímetros en el afelpado taburete de aluminio, y juega con la servilleta de tela cuidadosamente doblada. No conseguí beber la vista completa de él antes de que se fuera esta mañana, e intento secretamente echarle un vistazo mientras se mueve nerviosamente, jugando a este nuevo personaje.


Está usando una camisa que nunca he visto, de color verde oscuro con un estampado tan delicado que tengo que mirar de cerca para lograr descifrarlo. Su pantalón de color negro le queda a la perfección; hay un matiz de barba incipiente que cubre su mandíbula, y su cabello parece un poco más desarreglado que de costumbre, cayendo sobre su frente. 


De repente, tengo el deseo de pasar mis dedos por él mientras tiro de su rostro entre mis piernas.


En realidad tengo que apartar la mirada para recuperar el aliento.


Este hombre es mi esposo.


Te ves increíble, quiero decir.


¿Cómo encontré a alguien tan perfecto y fácilmente en Las Vegas de todos los lugares? Quiero preguntar.


Pero en cambio, permanezco en silencio y le permito mostrarme cómo se supone que funcione esta noche.


—Creo que fui plantado —dice, y ahora que he recobrado la
compostura, me volteo para mirarlo.


—Eso es terrible. ¿No te llamaron o enviaron un mensaje?
Niega con la cabeza y se pasa una mano por el cabello,
enderezándolo nuevamente. —Probablemente es lo mejor —dice con un decidido levantamiento de mentón—. No creo que seamos compatibles de todos modos.


Me inclino hacia él. —¿Esta se suponía que era la primera cita?


Niega con la cabeza y abre la boca para hablar, deteniéndose cuando el camarero se para en frente de nosotros. —Un whisky-soda s’il vous plaît18 —le dice al hombre antes de girarse hacia mí, expectante.


—Eh… gin et… tonic?19 —lo digo como una pregunta, y el camarero sonríe antes de alejarse.


Pedro le da una persistente mirada a la espalda del camarero, luego se aclara la garganta antes de continuar—: Hemos estado juntos por un tiempo, pero… —Se detiene abruptamente, sacudiendo la cabeza. Se inclina más cerca, bajando su tono de voz cuando dice—: No, ignora eso.No quiero fingir ser infiel.


Me muerdo el labio para contener mi sonrisa. Jesús, es lindo.


—Lo que quiero decir es que, hemos hablado por teléfono un par de veces —dice, con sus ojos buscando los míos como si este pretexto funcionara mejor—. Nunca se sintió completamente bien, pero pensé que si nos conocíamos en persona…


Canturreo en respuesta, sacudiendo la cabeza con simpatía. — Lamento que ella no esté aquí.


Toma una respiración profunda antes de relajar sus hombros, y frunce sus labios en un puchero comestible. —¿Qué hay de ti? Dijiste que no te ibas a encontrar con nadie. ¿Vas a cenar sola? —Levantando las manos, añade—: Y pregunto esto en la manera menos acosadora posible. Por favor, no llames a seguridad.


Me río, dándole vueltas al teléfono en la barra frente a mí. —Soy nueva en la ciudad —le digo—. Fue un largo día en el trabajo y necesitaba un trago. Un amigo me dijo que este lugar tenía la mejor vista.


—¿Un amigo?


—Es sólo un tipo que conozco —bromeo.


Pedro sonríe y mira por encima de su hombro. —Tu amigo podría estar equivocado. No estoy seguro que podría superar la vista en la cima de eso —dice, señalando a la Torre Eiffel.


El camarero coloca nuestras bebidas delante de nosotros y extiendo mi mano para alcanzar mi copa. —Sin embargo, no está permitido el alcohol allá arriba.


—Ah, pero claro. Hay champán en el nivel superior. Servida en la copa de plástico más sofisticada de por aquí. No querrás perderte eso mientras estés aquí.


—Me haces querer enfrentarme a las espantosas líneas y a los claustrofóbicos ascensores.


—Deberías asegurarte de hacerlo antes de que te vayas —me dice—. Es una cosa de turistas, pero es casi necesaria al menos una vez en tu vida.


—En realidad, sí vi la cima —admito, y tomo un sorbo de mi bebida—Fui sola en uno de mis primeros días en la ciudad. No sabía que tenían bebidas alcohólicas allí, o me hubiese quedado por mucho más tiempo.


—Quizás alguien pueda ir contigo la próxima vez —dice en voz baja, la disculpa ensombreciendo su expresión. Se siente culpable porque estoy sola mucho tiempo. Me siento culpable por interrumpirlo. Ambos estamos viviendo demasiado en nuestras propias cabezas, no me extraña que finjamos.


—Quizás —respondo con una sonrisa—. ¿Y vives aquí? ¿En París?


Pedro asiente y toma otro sorbo de su bebida. —Sí. Pero mi madre es estadounidense. Viajé por el estado después de la universidad.


—¿Sólo viajar? —bromeo—. ¿Fuiste de mochilero por los Estados Unidos?


—Casi —dice con una sonrisa—. El verano antes de la escuela de derecho participé en un programa llamado Bike and Build. ¿Has oído hablar de él?


Sacudo la cabeza un poco, diciendo únicamente—: He oído del nombre… —Por supuesto que Pedro lo ha mencionado antes, pero me siento un poco culpable por nunca haberle preguntado más sobre ello.


—Se trata básicamente de un grupo de personas, en su mayoría de edad universitaria, que hacen ciclismo por todo el país durante tres meses, deteniéndose en la ruta para trabajar en varias obras de construcción.


—Fui a Las Vegas después de graduarme de la universidad. Creo que ganaste.


—Bueno eso también podría ser divertido —dice, con sus ojos provocándome mientras toma un sorbo de su copa—. He escuchado que hay bastante aventura en Las Vegas.


—Sí —digo y sonrío—. ¿Pero tres meses? ¿En una bicicleta?


Pedro se ríe. —Tres meses. Bueno, once semanas para ser exactos.Pedaleando alrededor de noventa y siete kilómetros al día.


—Moriría. Habría llamado a mi madre para que me buscara cerca del día cuatro.


Hace un espectáculo mirándome de arriba abajo apreciativamente.


—Te ves como si pudieras manejarlo.


Niego con la cabeza. —Te aseguro que no soy buena sobre dos ruedas. Así que, dime. ¿Dormías en hoteles o…?


—A veces —responde con un encogimiento de hombros—. Algunos grupos se quedan en iglesias u otros lugares. Tal vez un grupo de familias. A mi grupo le gustaba, eh… —Hace una pausa para buscar la palabra, sus cejas se juntan—. ¿Dormir al aire libre en una tienda de campaña?


—Un campamento —digo con una sonrisa.


Chasquea los dedos. —Eso. Generalmente estábamos en un lugar por unos pocos días mientras trabajábamos, por lo tanto establecimos una especie de campamento ambulante. 
Tres o cuatro de nosotros compartíamos una tienda de lona, durmiendo en el peor catre que te puedas imaginar.


Lo miro ahora, en su impecable camisa y su pantalón de vestir planchado, y se me hace difícil imaginármelo incluso cómo vestía en Las Vegas, por no mencionar sudado y trabajando en obras de construcción.


Dejo que mis ojos se detengan en su cuello y disfruto de la fantasía por un segundo. —Eso es bastante intenso.


Asiente, de acuerdo. —Cuatro de nosotros, juntos todo el día.
Algunas veces era insoportable el calor. Lo pegajoso que podía ser, pero seguíamos trabajando hasta la noche. Fue difícil, pero fue lo más divertido que he hecho. No sé si alguna vez conoceré a alguien de la forma en que conozco a estos tres amigos.


Fascinada, me salgo del personaje por un momento. —¿Te refieres a Orlando, Fernando y Perry?


Una sombra cae sobre su rostro y asiente lentamente.


Mierda. —Lo siento, no fue mi intención…


Pero él ya está levantando la mano. —No. Esas son algunas de las mejores y… complicadas relaciones de mi vida. ¿Eso tiene sentido? — Asiento—. Algunas veces corría junto a ellos durante ocho o diez horas al día. Dormí con tres personas en un espacio no más grande que un baño promedio. Extrañábamos juntos a nuestras familias, nos consolábamos mutuamente, celebrábamos algunos de los momentos de más orgullo de nuestras vidas. Prácticamente vivir en el bolsillo del otro a esa edad hizo que tres meses se sintieran como una vida, y… supongo que quizás es difícil cuando la vida cambia en formas que no son como lo imaginamos o esperamos.


Por lo que sea que este Perry esté pasando, es obvio que es algo con lo que Pedro está teniendo dificultades para lidiar. Se queda en silencio por un momento, dirigiendo su atención a su copa. No estoy acostumbrada a verlo de esta manera, y se presiona como una herida en mi pecho. No me di cuenta de lo hambrienta que me encontraba por más detalles de su vida hasta que llegamos aquí, fingiendo estar compartiendo estos pedazos con un extraño. —No tienes que hablar de ello. —le digo en voz baja.


—Es sólo que no hay nada que pueda hacer para arreglar lo que está atravesando Perry, y… no quiero sonar engreído, pero no es una situación con la que esté familiarizado.


—Con lo que sea que está lidiando —le digo—, puedes estar allí, pero es su vida. No puedes hacer que sea perfecta para él.


Me estudia por un segundo en silencio, abriendo su boca y luego cerrándola de nuevo. —No… es sólo que… —Se detiene y toma una respiración profunda—. Lo sé. Tienes razón.




17El término de «Margen Derecha» (Rive droite, en francés) designa la mitad norte de la ciudad, respecto al
curso del río Sena ya que el río corta la ciudad en los dos márgenes.
18Un Whisky con soda, por favor.
19Un Gin-Tonic

viernes, 7 de noviembre de 2014

CAPITULO 40





Incluso cuando me despierto sola un par de horas más tarde, recuerdo la forma en que susurraba contra mis hombros, y finalmente en mis oídos. Había rodado sobre mi espalda, con los ojos todavía cerrados mientras me envolvía a su alrededor en un abrazo somnoliento, con la tela de su áspero traje y la seda de su insinuante corbata arrastrándose entre mis pechos desnudos. Si hubiera estado más despierta, lo habría tirado, y observado mientras tocaba los moretones con las puntas de sus dedos
presionando mi piel.


Pedro me dejó el desayuno. Hay café y un cruasán envuelto
esperando en el mostrador, junto con un gorro de encaje que va con mi traje de sirvienta; una nueva lista de frases garabateadas descansa debajo de mi plato.


¿Qué hora es? Quelle heure est-il?

¿A qué hora cierran? A quelle heure fermez-vous?

Quítate la ropa, por favor. Déshabille-toi, síl te plaÎt.

Fóllame. Duro. Baise-moi. Plus fort.

Necesito un consolador grande, del mismo tamaño que el de mi esposo. Je voudrais le gros gode, celui qui se rapproche le plus de mon mari.


Ese fue el mejor orgasmo de mi vida. C’était le meilleur orgasme da ma vie.


Me voy a venir en tu boca, chica hermosa. Je vais jouir dans ta bouche, beauté.


Todavía estoy sonriendo cuando entro al baño y me ducho,
recuerdos de la noche anterior corriendo en una rueda dentro de mi cabeza. La presión del agua en el apartamento de Pedro es terrible y el agua apenas es tibia. Me recuerdo una vez más que no estoy en San Diego, donde la única persona con la que necesitaba batallar por agua caliente tan tarde en la mañana era con mi madre después de sus clases de yoga. Hay siete pisos de personas para tener en cuenta aquí, y hago una nota mental para levantarme más temprano mañana, y sacrificar una hora extra de sueño por una ducha caliente. Pero esa no es la única cosa que me perdería. Esos pocos y espontáneos momentos en la mañana, cuando Pedro cree que todavía estoy dormida podrían valer una ducha fría. Muchas de ellas.




*****



Gruesimone está afuera fumando un cigarrillo cuando camino más allá de la pastelería, hacia el metro. —Hoy ha sido una maldita pesadilla — dice, exhalando una nube de humo por la comisura de su boca—. Vendimos los bizcochitos que a todo el mundo le encanta y me derramé un maldito café encima. Al diablo con mi vida.


No estoy segura de por qué me siento con ella durante su descanso, escuchándola desahogarse sobre las dificultades de ser una pobre veinteañera en París, de cómo su novio parece no cerrar nunca el café antes de irse, o de cómo había dejado de fumar, pero que tenía que decidir entre los cigarrillos o matar a un cliente —su elección. No es muy agradable, con nadie, la verdad. Quizás es porque es americana, y es agradable tener conversaciones regulares con alguien que no es Pedro, y en un idioma que en realidad entiendo. O quizás en realidad estoy así de desesperada por el contacto humano exterior. Lo cual es… realmente deprimente.


Cuando termina su último cigarrillo y mi café hace tiempo se ha enfriado, me despido y me dirijo hacia el metro, y luego exploro tanto como puedo de Le Marais en una mañana.


Aquí se sitúan algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, y se ha convertido en una colonia popular por las galerías de artes, los pequeños cafés, y las únicas y costosas boutiques. Lo que más me encanta son las angostas y serpenteantes calles, la forma en que pequeños jardines aparecen de la nada, suplicando por ser explorados, o simplemente porque me siente y vuele a través de una novela, que me pierda en la historia de alguien más.


Justo cuando mi estómago está gruñendo y estoy lista para el almuerzo, mi teléfono vibra en mi cartera. Todavía estoy sorprendida por la deliciosa sacudida en mi pecho cuando veo el nombre de Pedro y su rostro—su estúpida selfie con mejillas rosadas y una gran sonrisa— parpadeando
en mi pantalla.


¿Es afición lo que siento? Buen Dios, definitivamente estoy
aficionada, y cuando sea que está cerca, básicamente quiero acosarlo sexualmente. No es sólo porque sea hermoso, y encantador, es que es amable y atento, y que nunca se le ocurriría ser aprovechado o moralizante. Hay una inherente comodidad en él que es cautivadora, y no tengo ninguna duda de que deja un rastro de corazones rotos sin querer — de hombres y mujeres— a donde sea que va.


Estoy casi segura de que la mujer que tiene una tienda cerca de la esquina de nuestro apartamento está un poco enamorada de él. A decir verdad, estoy bastante segura de que casi todos a los que Pedro conoce están enamorados de él. ¿Y quién podría culparla? Una noche la vi decirle algo en francés, y luego detenerse, presionando sus arrugadas manos contra su rostro, como si le acabara de contar al niño lindo de su enamoramiento. Más tarde, mientras caminábamos por la acera comiendo nuestros gelatos, me explicó que le dijo lo mucho que se parecía al chico del que se enamoró en la universidad, y cómo pensaba en él por un momento todas las mañanas cuando se pasaba por su café.


—Me agradeció por hacerla sentirse como una colegiala de nuevo —me dijo un poco renuente y luego se giró hacia mí con una sonrisa coqueta—. Y que se alegraba de verme casado con una chica tan hermosa.


—Así que, básicamente pones a las señoras mayores un poco cachondas.


—En realidad sólo me preocupo por esta señorita. —Besó mi mejilla— Y no quiero ponerte cachonda. Te quiero desnuda y rogando venirte en mi boca.


Nunca antes había conocido a alguien que fuera una mezcla de sexualidad desvergonzada e inocencia fingida. Así que, es con una mezcla de excitación y miedo que leo su mensaje ahora, mientras atravieso la acera llena.


Lo de anoche fue divertido, dice.


Me muerdo el labio mientras contemplo mi respuesta. El que
entendiera lo que hacía, que jugara conmigo e incluso sugiriera que lo hiciéramos de nuevo, bueno…


Tomo una respiración profunda. Muy divertido, respondo.


¿Fue agradable salir de la rutina?


El sol está en lo alto y tiene que estar cerca de los treinta grados, pero con una oración se las arregló para hacer que la piel de gallina se desatara a lo largo de mis brazos y piernas, y que mis pezones se endurecieran. De alguna manera, hablar sobre ello de esta forma, reconociendo lo que hicimos, se siente tan sucio como ver ese pequeño traje colgando en el armario esta mañana, junto a la ropa que usa para trabajar todos los días.


, escribo, y si un mensaje pudiera llegar en un susurro, así es exactamente como este sonaría.


Hay una larga pausa antes de que comience a escribir nuevamente y me pregunto si es posible que esté tan nervioso como yo lo estoy ahora mismo. 


¿Crees que te gustaría hacerlo de nuevo?


Ni siquiera tengo que pensar en ello. .


Su respuesta llega lentamente; se siente como si estuviera
escribiendo por una eternidad. 


Ve a la estación de Madeleine, línea 14 hacia Chatelet. Camina hacia la 19 de Rue Beaubourg —hacia el Centro Georges Pompidou (El gran museo, no lo puedes pasar por alto). Toma las escaleras eléctricas hacia el piso de arriba. Espera en el bar del restaurante Georges a las 19h00 (7:00pm). Tiene la mejor vista.


Estoy lo suficientemente como cerca para caminar hasta allí, y una emoción vertiginosa se mueve lentamente por mi columna vertebral y se escurre como un cálido baño a lo largo de mi piel. De repente, mis extremidades se sienten pesadas, mi cuerpo ansía, y tengo que entrar en una alcoba en frente de una pequeña librería para recobrar la compostura. Me imagino que así es como se siente un velocista en esos últimos momentos antes de que el pistoletazo de salida suene en el aire.


No tengo ni idea de lo que Pedro está planeando, pero estoy lista para averiguarlo.

CAPITULO 39





No tengo que abrir los ojos para saber que todavía está oscuro afuera. La cama es un nido de cálidas mantas; las sábanas son suaves y huelen a Pedro y a detergente. Estoy tan cansada, flotando en ese lugar entre despierta y dormida, así que cuando las palabras comienzan a ser susurradas en mi oído suenan como burbujas levantándose desde debajo del agua.


—¿Estás frunciendo el ceño en sueños? —Cálidos labios se presionan en mi frente, la punta de un dedo suavizando la piel allí. Me besa una mejilla y luego la otra, rozando su nariz a lo largo de mi mandíbula en su camino hacia mi oído.


—Vi tus zapatos en la puerta —susurra—. ¿Ya has caminado todo París? Se ven casi gastados en las suelas.


Para ser sinceros, no está lejos de la verdad. París es un mapa interminable que parece desplegarse justo delante de mí. Alrededor de cada esquina está otra calle, otra estatua, otro edificio antiguo y más hermoso que nada que haya visto antes. Voy a un lugar y eso sólo me hace querer ver lo que está detrás de ese, y detrás de ese otro. Nunca he estado tan ansiosa de perderme en un lugar antes.


—Me encanta que estés intentando aprender de mi ciudad. Y que Dios ayude al pobre chico que te vea caminar en ese pequeño vestido veraniego que vi colgando en el baño. Tendrás admiradores siguiéndote a casa y me veré obligado a espantarlos.


Lo siento sonreír contra mi mejilla. La cama se mueve y su respiración alborota mi cabello. Mantengo mi expresión relajada, mis exhalaciones silenciosas, porque no quiero despertar nunca. No quiero que pare de hablarme de esta manera.


—Es sábado nuevamente… trataré de llegar a casa temprano esta noche. —Suspira, y escucho el cansancio en sus palabras. No estoy segura si he apreciado completamente lo difícil que esto debe ser para él, equilibrar lo que ve como su responsabilidad hacia mí y hacia su trabajo.


Me imagino que se debe de sentir como ser jalado en todas las direcciones.


—Te pedí que vinieras aquí y siempre estoy ausente. Nunca fue mi intención que fuera de esta manera. Yo sólo… no lo pensé. —Se ríe en mi cuello—. Todos los que conozco rodarían los ojos ante eso. Orlando, Fernando…
especialmente mi madre —dice con cariño—. Dicen que soy impulsivo. Pero quiero ser mejor. Quiero ser bueno para ti.


Casi gimo.


—¿No te despertarás, Cerise? ¿Para darme un beso de despedida con esa boca tuya? ¿Con esos labios que me meten en problemas? Estuve en una reunión ayer y cuando dijeron mi nombre no tenía ni idea de lo que hablaban. Todo lo que podía pensar era en la forma en que tus labios de cerezas se veían ensanchados alrededor de mi polla, y luego anoche… Oh. Las cosas que me imaginaré hoy. Vas hacer que me despidan y cuando estemos sin un céntimo en la calle, no tendrás a nadie a quien culpar sino a esa boca tuya.


Ya no puedo mantener una cara seria y me río.


—Finalmente —dice, gruñendo en mi cuello—. Comenzaba a contemplar prender la alarma de incendios.

jueves, 6 de noviembre de 2014

CAPITULO 38



Soy vagamente consciente de un puño golpeando fuertemente la puerta y me incorporo, desorientada. A mi lado, Pedro se pone derecho de golpe, mirándome con los ojos muy abiertos antes de lanzar las sábanas, ponerse los bóxers y salir corriendo de la habitación. Escucho su voz hablando con quien sea que esté ahí, gruesa con sueño y tan profunda.


Nunca lo había escuchado sonar severo antes. Debe de haber salido al pasillo y cerrado la puerta detrás de él, porque su voz desaparece después de un pesado clic. Trato de mantenerme despierta. Trato de esperarlo y asegurarme que todo está bien y decirle lo mucho que disfruto su voz. Pero debo estar más cansada de lo que creía y es el último pensamiento aturdido que tengo antes de que mis ojos se cierren de nuevo.



*****


Siento la ráfaga de aire debajo de las sábanas y pasa por mi piel a medida que Pedro sube de nuevo a la cama. Huele a él, como a césped, como a sal y especias. Ruedo para colocarme a su lado, mi mente todavía nublada y llena de imágenes de sueños acalorados... y tan pronto como su piel fría toca la mía, llamaradas deseosas se asientan en mi estómago. Lo quiero con una especie de anhelo instintivo apenas despierto. El reloj junto a la cama me dice que son casi las cuatro de la mañana.


Su corazón late con fuerza bajo mi palma, el pecho liso, duro y desnudo, pero atrapa mi mano errante con la suya, manteniéndola quieta, así que no puedo deslizarla hacia su estómago y más abajo.


—Paula —dice en voz baja.


Poco a poco recuerdo que tuvo que ir a la puerta. —¿Todo está bien?


Exhala con lentitud, obviamente tratando de calmarse, y siento más que ver su asentimiento en la oscuridad. El tragaluz sobre la cama deja entrar un brillante trozo de la luz de la luna, pero se corta a través de nuestros pies, iluminando solamente el borde de la cama.


Presiono mi cuerpo junto a su costado, deslizando mi pierna sobre la suya. Los músculos de sus cuádriceps están definidos y firmes bajo la piel suave y cálida, y me detengo cuando he llegado a su cadera, jadeando un poco cuando se arquea hacia mí y gime. Aún lleva sólo bóxers, pero debajo de mi muslo, se encuentra casi completamente duro. 


Bajo mi palma, su corazón vuelve lentamente a la normalidad.


No puedo estar tan cerca de él, incluso media dormida, y no querer sentir más. Quiero las sábanas fuera y sus bóxers abajo. Quiero el calor de sus caderas presionando las mías. 


Mientras murmullo en voz baja contra su piel y me muevo contra él, medio consciente, medio instinto, pasan varios
latidos largos antes de sentir que su cuerpo se revuelve por completo.


Pero lo hace, y con otro gemido silencioso, se gira para encararme, bajando sus bóxers por sus caderas sólo lo suficiente para que pueda liberar su erección.


—J’ai envie de toi16 —dice en mi cabello y frota la punta de su pene sobre mí, probando, antes de empujarse dentro con un agudo sonido de hambre—. Siempre te quiero.


Es sexo sin palabras ni pretensiones, sólo los dos trabajando para llegar al mismo lugar. Mis movimientos son lentos, llenos de perezosa somnolencia y esa valentía de plena noche que me hace rodar encima de él, descansando mi cabeza en su hombro al tiempo que me deslizo a lo largo de su longitud. Sus movimientos también son lentos, pero porque está siendo intencionalmente suave y cuidadoso conmigo.


Por lo normal es mucho más hablador. Quizá es por lo tarde, pero no me puedo sacudir la sensación de que está trabajando para sacarse del pasillo y regresar a la habitación.


Pero entonces, las manos de Pedro vagan por mis costados,
agarrándome de las caderas, y cualquier inquietud se disuelve, sustituido por un creciente y hormigueante placer.


—Follas tan bien —gruñe, alzando sus caderas en mí, encontrándose con mis movimientos a medio camino. Ya no es soñoliento y relajado. Estoy cerca, él está cerca, y persigo el sonido de su orgasmo tanto como puedo sentir el placer deslizándose por mis piernas y mi columna. Estoy tan llena de él, tan llena de sensaciones, es todo lo que soy: cristalina y caliente,hambrienta y salvaje.


Me empuja, así que me encuentro sentada derecha, sus manos sacudiendo mis caderas adelante y atrás sobre él, instándome a montarlo duro a medida que se empuja más profundo y más fuerte dentro de mí.


—Fóllame —gruñe, alcanzando con una mano mi pecho para sujetarlo toscamente—. Fóllame duro.


Y lo hago. Encuentro apoyo con mis manos sobre su pecho y me dejo ir, deslizándome sobre él una y otra vez. Nunca he sido tan salvaje arriba, nunca me llegué a mover tan rápido. La fricción entre nosotros es increíble, resbaladiza y brutal, y con un agudo gemido comienzo a venirme, mis uñas clavándose bruscamente en su piel, y sonidos tensos y desesperados salen de mis labios.


Quiero...


Tanto...


Venirme tan...


Duro, ah...


Oh, Dios mío.


Mi incoherencia saca un gruñido salvaje de su garganta y se sienta, sus dedos sujetándome las caderas y sus dientes presionados contra mi clavícula en lo que empuja duro en mi interior, viniéndose con un grito ronco después de una brutal estocada final.


Sus brazos forman una banda apretada alrededor de mi cintura en tanto presiona su rostro en mi cuello, recuperando el aliento. Me siento mareada, mis piernas ya duelen. No parece que quiera dejarme ir, pero necesito cambiar de posición, y cuidadosamente me levanto y me deslizo a su lado en la cama. Sin hablar, gira hacia mí, jalando mi pierna sobre su cadera y lentamente meciendo su pene aun duro a lo largo de mi clítoris mientras besa mi barbilla, mis mejillas, mis labios.


—Quiero más —admite en la habitación oscura—. No siento haber terminado.


Me agacho, lo vuelvo a deslizar cuidadosamente dentro de mí. No durará mucho, pero hay algo sobre sentirlo así, apenas balanceándose, sin espacio entre nosotros, el negro de la noche extendido sobre la cama como una sábana de terciopelo, que hace que mis huesos duelan con lo intenso que es entre nosotros.


—Sólo quiero hacerte el amor todo el día —dice contra mi boca y se coloca sobre mí—. No quiero pensar en el trabajo o amigos o incluso en comer. Sólo quiero existir sobre ti.


Con esto, recuerdo querer preguntarle qué ocurrió en la puerta. —¿Estás bien? 


—Sí. Sólo quiero quedarme dormido en tu interior. Tal vez nuestros cuerpos hagan el amor otra vez mientras nuestros cerebros duermen.


—No, quiero decir —comienzo, con cuidado—, ¿quién estaba en la puerta?


Se queda quieto. —Perry.


Perry. El amigo que no fue a Las Vegas con el resto de ellos. —¿Qué quería?


Titubea, besándome el cuello. Finalmente, dice—: No lo sé. ¿A mitad de la noche? No lo sé.





16 Te deseo.

CAPITULO 37




Se sale de mí, gimiendo de alivio. Me acurruco contra él, mi corazón todavía acelerado, nuestra piel húmeda de sudor.


—Ah —susurra, besando la cima de mi cabeza—. Ahí está.


Beso su garganta, la lengua deslizándose sobre el hueco donde me pruebo la débil sal de su sudor y el mío.


—Gracias por esto —dice—. Me encanta que lo hayas hecho esta noche.


Mi mano se desplaza hasta su estómago, por el pecho y cierro los ojos mientras pregunto—: Háblame de la ventana. A mi lado se congela por un instante, antes de exhalar un suspiro largo y lento. 


—Es complicado, tal vez.


—No tengo que ir a ningún lugar —le digo, sonriendo en la
oscuridad.


Sus labios se presionan a mi sien antes de que diga—: Mi madre, como ya he dicho, es americana. —Levanto la mirada a su cara desde donde descanso en su pecho, pero es difícil distinguir sus rasgos en la oscuridad—. Se trasladó a Francia cuando acababa de salir de la escuela secundaria y trabajó como empleada doméstica.


—Oh —le digo, riendo—. Tal vez mi elección de vestuario fue un poco rara para ti.


Gruñe, haciéndome cosquillas en un lado. —Te aseguro que esta noche no me hiciste pensar en mi madre en absoluto. —Después de que me calmé a su lado, dice—: Su primer trabajo fue en una casa muy lujosa de un hombre de negocios llamado Carlos Alfonso.


—Tu padre —supongo.


Asiente. —Mi madre es una mujer maravillosa. Cuidadosa, fastidiosa.Me imagino que era un ama de casa perfecta. Supongo que tengo esas tendencias de ella, pero también mi padre. Requería que la casa estuviera impecable. Le obsesionaba. No quería que dejara una marca en ningún lugar. Ni en espejos o ventanas. Ni una miga en la cocina. Los niños no eran para ser vistos ni escuchados. —Hace una pausa y cuando habla, su voz es más suave—. Tal vez nuestros padres no son muy agradables, ¿pero se llevarían bien?


Aguanto la respiración, sin querer moverme o parpadear o hacer algo para romper este momento. Cada palabra se siente como un regalo y estoy muy hambrienta de cada pequeño pedazo de su historia. — ¿Quiero saber más sobre ellos?


Él me acerca más, deslizando sus manos en mi pelo por la nuca. — Comenzaron a tener un romance cuando mi madre sólo tenía veinte años, y mi padre cuarenta y cuatro. De lo que mi madre me ha dicho, era muy apasionado. La consumía. Ella no planeó quedarse en Francia durante mucho tiempo, pero se enamoró de Carlos y creo que nunca se ha recuperado.


—¿Recuperado?


—Mi padre es un idiota —dice, riendo un poco secamente—.
Controlador. Obsesivo por la casa, como ya he mencionado. Cuando envejeció, sólo empeoró. Pero creo que debe tener cierto carisma, un encanto que la hizo quedarse. —Sonrío en la oscuridad cuando dice esto, a sabiendas de que puede ser un hombre mejor, pero sin duda tiene el encanto de su padre—. Durante este tiempo que él y mi madre estuvieron juntos, él estaba casado con otra mujer. Vivió en Inglaterra, pero mi padre se negó a salir de su casa a vivir con ella y mi madre no sabía que existía esta mujer. Cuando mamá quedó embarazada de mí, mi padre quería que ella permaneciera en el servicio y no permitió que le dijera a nadie que era su hijo. —Se ríe un poco—. Todo el mundo lo sabía de todos modos y por supuesto a los tres o cuatro años, yo era exactamente como él. Con el tiempo, la esposa se enteró. Se divorció de mi padre, pero él no eligió casarse con mi madre.


Siento mi pecho apretarse. —Oh.


—La amaba —dice en voz baja y estoy obsesionada con la forma en que habla. Su español perfecto, pero su acento elevando las palabras, por lo que su “l” sale casi inaudible, su ―r” siempre es ligeramente gutural. Se las arregla para sonar tan pulido y crudo—. La quería a su manera extraña y se aseguró de proveer siempre por nosotros, incluso insistiendo en pagar cuando mi madre quería ir a la escuela culinaria. Pero él no es un hombre que ama con gran generosidad; es egoísta y no quería que mi madre lo dejara, aunque tenía muchas otras mujeres en esos años. Estaban en la casa o en su trabajo. Era muy infiel, aun cuando era posesivo y loco por mi madre. Le dijo que la amaba como ningún otro. Él esperaba que ella comprendiera que su apetito por otras mujeres no eran personales en su contra. Pero, por supuesto, ella nunca fue a dormir con otro hombre.


—Guau —le digo en voz baja. En serio, no me imagino saber mucho sobre el matrimonio de mis padres. El de ellos se siente como decolorado, un paisaje estéril comparado con esto.


—Exactamente. Así que, cuando mi abuela se enfermó, mi madre tuvo la oportunidad de salir de Francia, para ir a casa en Connecticut y quedarse con ella hasta que murió.


—¿Qué edad tenías cuando se fue?


Traga, diciendo—: Dieciséis. Viví con mi padre hasta que empecé la universidad.


—¿Tu madre volvió?


Puedo sentir cómo niega con la cabeza a mi lado. —No. Creo que irse fue muy difícil para ella, pero una vez que se hubo ido, sabía que era lo correcto. Abrió una panadería, compró una casa. Ella quería que yo terminara la escuela aquí, con mis amigos, pero sé que estar tan lejos la consumía. Es por eso que vine a los Estados a la facultad de derecho. Tal vez volvería aquí si se lo pedía, ¿pero no pude, no?
Cuando asiento, continúa—: Fui a Vanderbilt, que no está tan cerca de ella, pero mucho más cerca de Francia. —Gira la cabeza, hacia atrás para poder mirarme—. Tengo la intención de vivir allí algún día. En los Estados. Ella no tiene a nadie más.


Asiento, metiendo la cara en el hueco de su cuello e invadiéndome un alivio tan grande que me siento mareada.


—¿Te quedarás conmigo? —pregunta en voz baja—. ¿Hasta que necesites estar en Boston?


—Sí. Si es lo que quieres.


Responde con un beso que profundiza y la sensación de sus manos en mi pelo y su gemido en mi lengua llena mi cabeza con una emoción que se siente un poco desesperado. En un instante, estoy aterrorizada de tener verdaderos e intensos sentimientos por él, de tener que poner fin a este juego de matrimonio en algún momento, de volver a la vida real y tratar de conseguir más de él. Pero lo aparto a un lado, porque se siente demasiado bueno para dejar que el momento arruine cualquier rincón. Sus besos son lentos y dóciles hasta que sólo presiona su sonrisa a la mía.


—Bien —dice.


Es suficiente por ahora. Puedo sentir el peso del sueño detrás de mis ojos, en mis pensamientos. Mi cuerpo está dolorido y se siente perfectamente utilizado. En sólo segundos, oigo el ritmo lento y constante de su respiración al dormir.