martes, 11 de noviembre de 2014
CAPITULO 48
Un enorme agujero negro se abre dentro de mí, tragándose mis órganos en el más doloroso orden: primero los pulmones, luego el corazón, y después, cuando estoy segura de que me estoy ahogando, mi estómago se retira.
—Nunca a mi mujer —dice lentamente y después de una larga pausa, aparentemente ajeno a mi pánico. Cierro los ojos, mareada por el alivio. Aun así, mi corazón se siente como si regresara a mi cuerpo un poco marchito, latiendo débilmente al darse cuenta de que es más como su padre que como su madre cuando se trata de engañar—. Estoy intentando hacerlo mejor esta vez.
Pasan largos segundos antes de que pueda hablar, pero cuando lo hago, mis palabras salen chillonas, casi sin aliento. —Bueno, esto sin duda inclina la negociación a mi favor.
—Seguro que lo hace —susurra.
Mi voz se tambalea un poco. —Necesitaré los detalles, por supuesto.
Finalmente, una pequeña sonrisa insegura tira de la esquina de su boca. —Por supuesto. —Apoya la cabeza en el sofá, observándome con ojos cautelosos—. Conocí a una mujer de aquí —dice, agregando—: o más bien, cerca de aquí. De Orleans. —Se toma un pequeño descanso, cerrando los ojos. Puedo ver cómo el pulso le late en la garganta. A pesar de que su explicación es tan objetiva, tan individual, él parece tan estimulado.
¿Es sólo porque estoy usando lencería y él está completamente desnudo? ¿O está preocupado por mi reacción?
Coloco una mano en su pecho. —Cuéntame —susurro, la ansiedad enviando un estremecimiento a través de mis venas—. Quiero saberlo todo. —Quiero, y no quiero.
Bajo mi palma, se relaja. —Estaba en la facultad de derecho, y permanecimos juntos incluso en la distancia; ella estudiaba moda aquí. — Se aparta un poco y me mira antes de decir—: Puedo ser impulsivo con mis emociones, lo sé. Después del primer par de meses… sabía que éramos más amigos que amantes. Pero estaba convencido de que sería apasionado de nuevo una vez regresara aquí. Asumí que era la distancia lo que lo hacía tan poco emocionante. —Cada frase está compuesta cuidadosamente—. Estaba solo y… compartí mi cama dos veces. Minuit sigue sin saberlo.
Minuit… Busco entre mi limitado vocabulario, recordando después de un latido que significa ―medianoche. Me imagino a una belleza de pelo maravilloso, sus manos deslizándose sobre su pecho de la forma en que las mías lo hacen ahora, su culo presionado en sus muslos como el mío en este momento. Imagino su polla, dura por ella como lo está por mí ahora.
Me pregunto si sólo tendré temporalmente el lujo de su pasión antes de que se enfríe. Quiero apuñar mis celos con un instrumento puntiagudo.
—Me sentí obligado —repite, y finalmente me mira de nuevo—. Me esperó, así que regresé. Tomé este trabajo que odio, pero me equivoqué. No éramos felices, incluso cuando volví.
—¿Cuánto tiempo estuviste con ella?
Suspira. —Demasiado.
Ha estado aquí desde hace casi un año, y terminó la facultad de derecho justo antes de regresar. Demasiado no me dice mucho.
Pero es hora de volver a algo mejor que esto. El tema es pesado, un señuelo tambaleante en mi mente, empujando mis pensamientos bajo la superficie clara de nuestro juego y sacando algo triste y sombrío. No es quienes somos.
Estamos casados por el verano. Los matrimonios de verano no se meten en cosas pesadas. Además, estoy usando un traje del diablo y él está desnudo, por todos los cielos. ¿Cuán en serio nos podemos tomar ahora mismo?
Finjo tomar nota de algo en el portapapeles y luego le miro de nuevo. —Creo que tengo toda la información que necesito.
Se relaja por partes: sus piernas debajo de mí primero, luego su abdomen, hombros, y por último su expresión. Siento algo desatarse en mí cuando sonríe. —¿Así que está todo hablado, entonces?
Chasqueo los dedos, y asiento. —No puedo hacer que te salgas de ello con un ascenso, pero no creo que lo quisieras de todos modos.
—No si eso significa que tengo que quedarme mucho más tiempo — acuerda con una carcajada.
—Mañana Capitaux dejará caer el caso y todo el mundo sabrá que es porque encontraste el documento que limpia a Régal Biologiques de toda injusticia.
Exhala dramáticamente, secándose la frente. —Me has salvado.
—Así que es mi turno, entonces —le recuerdo—. Y es hora de reclamar mi pago. —Me inclino para chuparle el cuello—. Hmm, ¿te gustaría sentir mi mano o…
—Tu boca —interrumpe.
Con una sonrisa malvada, me aparto, sacudiendo la cabeza.
—Esa no iba a ser una de las opciones.
Resopla impacientemente. Cada músculo se tensa urgentemente bajo mis manos vagantes una vez más y me burlo de él rasguñando las uñas cortas sobre su pecho.
—Entonces dime cuáles son mis opciones —gruñe.
—Mi mano, o tu mano —digo y presiono mis dedos en sus labios para evitar que responda demasiado rápido de nuevo—. Si eliges mi mano, es todo lo que obtendrás, y seguirás atado. Si escoges tu mano, por supuesto te desataré… pero también podrás verme usar mi mano sobre mí.
Sus ojos se agrandan como si no estuviera del todo seguro de quién soy de repente. Y, para ser honesta, tampoco lo estoy. Nunca he hecho esto en frente de nadie, pero las palabras simplemente flotaron fuera.
Y ciertamente sé qué va a elegir.
Se inclina, besándome dulcemente antes de responder. —Uso mi mano, usa la tuya.
No estoy segura de sí me siento aliviada o nerviosa mientras llego a su espalda y le libero las manos de la corbata alrededor de sus muñecas.
Más rápido de lo que esperaba, me agarra las caderas y me empuja más cerca, deslizando la húmeda tela de mi ropa interior sobre su polla, moliéndose en mí con un bajo gruñido. Sin pensarlo, igualo su movimiento, meciéndome y sintiendo la deliciosa presión de la dura línea que es él en mi clítoris. No me había dado cuenta de lo encendida que me encontraba estando tan cerca suyo durante tanto tiempo, simplemente escuchándole, jugando con él; pero puedo decirte que estoy empapada.
Y lo quiero. Quiero su grueso deslizamiento en mí, la forma en que mi cuerpo está tan lleno del suyo es la única sensación que puedo imaginarme recordar. Quiero escuchar su voz, alentando y urgente en mi oído, cayendo entre una mezcla rota de inglés y francés, y —finalmente— el ronco e ininteligible sonido de su placer.
Pero estoy al mando esta noche para bien o para mal, y ningún informe directo de Satanás dejaría que un hombre cambiara su plan, no importaba cuán caliente estuviera su piel, o lo sucio que suena cuando dice—: Puedo sentir tu necesidad por mí mojándome a través de la seda.
Bajándome de su regazo, retiro la tela roja por mis piernas,
pateándolas en su regazo. Se las acerca a la cara, observándome con los párpados pesados mientras me siento en la mesita de café. Miro cuando rodea su polla en un puño, y acaricia una vez, lentamente.
Se siente tan depravado hacer esto, pero me sorprende que no se sienta raro. Nunca he visto nada tan sexy como ver a Pedro tocándose a sí mismo. Finjo que está solo, pensando en mí. Finjo que estoy sola, pensando en él. Y, así, mis dedos se deslizan sobre mi piel y él comienza a acariciarse más fuerte, más rápido, su aliento saliendo en pequeños gruñidos.
—Muéstrame —susurra—. ¿Cómo te follas cuando estoy en el trabajo, pensando en ti?
Me tumbo, girando la cabeza para así seguir viéndole y comienzo a usar ambas manos. Quiere verme liberarme. Es de lo que se trata, después de todo: los disfraces, el acto.
Es sobre dejarnos hacer lo que queramos.
Deslizo dos dedos dentro, y uso la otra mano para rodear el exterior… mi pulso viajando y corriendo locamente cuando gime, acelerando y gruñonamente diciéndome que quiere verme venir.
Es una pobre aproximación de sus dedos, e incluso una peor aproximación de su polla, pero con sus ojos en mí y el ritmo tirante de su puño sobre su longitud, siento el impulso de sangre hacia mis muslos y el pesado dolor entre mis piernas construyéndose y construyéndose hasta que me arqueo fuera de la mesa y me vengo con un grito agudo.
Con un gemido de alivio, se deja ir después de mí. Me apoyo en un codo, mirando cómo se derrama en su mano y en el estómago.
En un pestañeo, Pedro está de pie y llevándome al suelo, cayendo sobre mí todavía lo suficientemente duro como para meterse dentro con un fuerte y constante empuje. Se cierne sobre mí, bloqueando incluso el minúsculo pedacito de luz de las pocas velas aún encendidas, estirándose para apartar el tirante del negligé por el hombro, dejando al descubierto uno de mis pechos.
—¿Te acabas de venir ahora mismo? —susurra en mi piel.
Asiento. Mi pulso apenas se desliza de vuelta a la normalidad, pero la sensación de él estirándome incluso ahora trae toda la sensación de vuelta a la superficie. Puedo sentir su orgasmo todavía húmedo en su estómago presionándose contra el mío, en su mano enroscada en mi cadera. Pero sentirle endureciéndose dentro de mí de nuevo me da una vertiginosa sensación de poder.
—Si yo hubiera sido Satanás esta noche… —comienza y luego se detiene, si aliento entrecortado tan cerca de mi oreja.
El aire entre nosotros parecer crecer completamente inmóvil.
—¿Qué, Pedro?
Sus labios encuentran mi oreja, mi cuello, y succionan suavemente antes de preguntar—: ¿Alguna vez has sido infiel?
—No. —Deslizando mis manos por su espalda, susurro—: Pero una vez disparé a un hombre en Reno sólo para verle morir.
Se ríe y siento mi cuerpo apretando el suyo mientras se alarga ligeramente, poniéndose incluso más duro.
Me retiro un poco para mirarle. —¿La idea de casarte con una asesina te enciende? Algo está mal contigo.
—Me encanta que me hagas reír —corrige—. Eso me pone. También tu cuerpo, y lo que hiciste esta noche.
Rodea mi otro pecho a través del negligé, pasando el pulgar de un lado a otro sobre la punta. Es lo suficientemente fuerte como para romperme por la mitad, pero la forma en que acaricia mi piel, es como si fuera demasiado valiosa para arriesgarse a herirla.
Pensé que sería la única en notar la nueva y fascinante oscilación de mis caderas, la pesadez de mis pechos, pero no. Pedro permanece en mis pechos, jugando y empujándolos. La cocina francesa ha sido buena para mi cuerpo… aunque tal vez me estoy complaciendo un poco más de lo que debería. No importa; amo la sensación de mis curvas. Ahora sólo necesito encontrar el secreto de las mujeres francesas para disfrutar la comida y seguir viéndose como si pudieran caber dentro de una pajita.
—Estas cuidando tu cuerpo. —Canturrea en mi pecho, su lengua deslizándose sobre mi clavícula—. Sabes que tu marido quiere más carne en ti. Me gustan tus caderas llenas. Me gusta ser capaz de exprimir tu culo en mis manos, sentir tus pechos moviéndose encima de mi cara cuando me estás follando.
¿Cómo hace eso? Su cabello cae sobre su ojo y se ve casi infantil, pero sus palabras son gruesas en mi piel. Su respiración, las yemas de sus dedos, acarician mis costillas, la curva baja de mis pechos, mi pezón.
Comienza a endurecerse dentro de mí, lentamente, sus labios yendo de mi cuello hasta mi oído. Mi cuerpo responde, tensándose y emocionándose, esperando el placer que sé que me hará explotar. Como si estuviera hecha de un millón de batientes alas.
—Esta noche, Cerise… gracias por querer salvarme. —Pone una ligera inflexión en la última parte de la palabra.
Me toma un latido para que mi cerebro procese la inflexión, pero entonces la adrenalina corre a través de mí tan rápido que mis dedos se enrojecen y mi pulso truena.
Ven a Francia para el verano.
Él sabía que en su vida no había espacio para esto pero no importó.
Intentaba salvarme primero.
CAPITULO 47
No tiene que decirme; puedo ver lo que le hace. Pero durante un latido del corazón, sé lo que está pidiendo. Es lo mismo que nuestra primera noche de juego de Sirvienta y Amo: Estimularme.
Sólo lo hace de manera diferente.
Llego entre mis piernas, paso mis dedos bajo el satén, y decido darle un poco de espectáculo: cierro los ojos, gimiendo en voz baja mientras me acaricio, balanceando las caderas. Pero cuando retiro mi mano, en vez de poner mis dedos en su boca, agarro su barbilla con mi mano desocupada y pinto una línea húmeda en su labio superior, justo debajo de la nariz.
Gime, y es un increíble, un sonido áspero, adolorido que quiero grabar y escuchar repetidamente mientras me deslizo hacia abajo sobre él y lo monto. Esta tan duro, su polla se arquea hasta el ombligo, la gruesa cresta casi presionando su ombligo. Una resbaladiza gota de humedad se forma en la apertura y se desliza, reluciendo, por su longitud.
Mi boca se hace agua, mi pecho se aprieta. No creo que mi juego vaya a ir muy rápido. Nunca se si eso es verdad, pero él se ve lo suficientemente duro para que sea incómodo.
—¿Quieres que ponga mi boca en ti antes de las preguntas? — susurro, rompiendo brevemente el papel. La tensión en su cuello y la expresión vulnerable en su cara me dan ganas de hacerme cargo de él.
—No —dice rápidamente, más rápido de lo que esperaba. Sus ojos están muy abiertos, los labios húmedos en donde los acaba de lamer, tratando de limpiar su piel de mi sabor—. Provócame.
Quitándome de su regazo, me paro, siendo tajante —pues, muy bien— me inclino sobre la mesa de café para recuperar el portapapeles y el lapicero. Le doy una visión amplia de mi trasero, mis muslos, y el tanga de seda roja. Detrás de mí, exhala una profunda y temblorosa respiración.
Giro hacia él, revisando mi corta lista. He escrito algunas cosas sólo para recordarme lo que quiero preguntarle porque en el calor del momento, sobre su regazo con él desnudo y mirándome como si estuviera apenas manteniendo sus manos atadas, soy propensa a olvidar.
Recostándome de vuelta, corro mi lapicero por la suave piel de su pecho y me muevo ligeramente sobre el grupo de músculos apretados de sus muslos. —Podemos comenzar con una fácil.
Asiente con la cabeza, mirando abiertamente a mis pechos. — D’accord. —Está bien.
—Si alguna vez has matado a alguien, realmente no vales mucho para mí, porque conseguiremos tu alma con el tiempo de todos modos.
Sonríe, relajándose un poco mientras el juego se devela. —Nunca he matado a alguien.
—¿Torturado?
Se ríe. —Me temo que soy el blanco en este momento, pero no.
Parpadeando hacia mi lista, digo—: Los pecados carnales pueden hacernos tambalear con bastante rapidez. —Miro hacia él y lamo mis labios—. Aquí es donde los hombres suelen perder la mayor parte del precio.
Asiente con la cabeza, mirándome fijamente, como si realmente tengo el poder de cambiar su destino esta noche.
—¿Avaricia? —pregunto.
Pedro suelta una risa silenciosa. —Soy abogado.
Asintiendo, pretendo tomar nota de esto. —Para una empresa que odia, pero que le paga sumas ridículas de dinero para representar a una corporación enorme demandando a otra. ¿Supongo que eso significa que además puedo anotarte por un poco de la gula, también?Su hoyuelo aparece provocativamente mientras ríe. —Supongo que tienes razón.
—¿Orgullo?
—¿Yo? —dice con una sonrisa ganadora—. Soy tan humilde hasta más no poder.
—De acuerdo. —Luchando contra mi propia sonrisa, miro hacia mi lista—. ¿Lujuria?
Eleva sus caderas, su polla es una fuerte presencia entre nosotros mientras observo su cara, esperando a que hable.
Pero no contesta en voz alta.
Calor se extiende a lo largo de mi piel y su mirada es tan penetrante que, finalmente, tengo que apartar la mirada de su cara. —¿Envidia?
Le toma tanto tiempo contestar que levanto la mirada, buscando su expresión. Se pone extrañamente contemplativo, como si esto fuera un ejercicio serio. Y por primera vez me doy cuenta de que tal vez lo es. No podía simplemente preguntarle estas cosas como Pedro, sentada al otro lado de la mesa del comedor de Paula, aunque me gustaría. Nadie puede ser tan perfecto como parece, y parte de mí tiene que entender dónde está dañado, donde es más desagradable. De alguna manera es más fácil vestirse como una sierva de Satanás para averiguarlo.
—Siento envidia, sí —dice en voz baja.
—Necesito que me des más que eso. —Me inclino hacia delante, beso su mandíbula—. Envidioso de que…
—Nunca antes. Si algo soy, es que tiendo a ver lo positivo en todas partes. Fernando y Orlando… me exasperan a veces, diciéndome que soy impulsivo, o voluble. —Aparta sus ojos de los míos, mirando más allá del hombro a la habitación detrás de mí—. Pero ahora miro a mis mejores amigos y veo una cierta libertad que tienen… Quiero eso. Creo que debe ser envidia.
Esta pica. La picadura se convierte en una quemadura y se arrastra por mi garganta, cubriéndome la tráquea. Trago un par de veces antes de que sea capaz de decir—: Ya veo.
Inmediatamente, Pedro se da cuenta de lo que ha dicho, y se golpea la cabeza para que le vea. —No porque esté casado y ellos no — dice rápidamente. Sus ojos se mueven de un lado a otro, buscando comprensión en los míos—. No se trata de la anulación; no la quería, tampoco. Simplemente no era lo que te prometí.
—Vale.
—Envidio su situación de una forma diferente a lo que estás
pensando. —Deteniéndose, parece esperar a que mi expresión se suavice antes de que admita en voz baja—: No quería mudarme de nuevo a París. No por ese trabajo.
Entrecierro los ojos. —¿No?
—Me encanta la ciudad, es el centro de mi corazón, pero no quería regresar como lo hice. Fernando ama su ciudad natal; no la quiere dejar nunca.Orlando está abriendo una tienda en San Diego. Envidio lo felices que son estando exactamente donde quieren estar.
Demasiadas preguntas se posan en mi lengua, luchando por salir.
Finalmente, pregunto la última que hice anoche—: ¿Entonces por qué has regresado?
Me observa, sus ojos evaluándome. Por último, dice solamente—: Supongo que me sentí obligado.
Asumo que está hablando de la obligación del trabajo que habría sido una locura rechazar. Incluso si lo odia es una oportunidad única en la vida. —¿Dónde preferirías estar?
Su lengua sale, humedeciendo sus labios. —Me gustaría al menos tener la opción de seguir a mi esposa cuando ella se marche.
Mi corazón tartamudea. Decido pasar por alto la pereza y la ira, mucho más interesados en seguir con este tema. —¿Estás casado?
Asiente, pero su expresión no es juguetona. Ni siquiera un poquito. — Sí, estoy casado.
—¿Y dónde está tu mujer ahora mismo, mientras estoy sentada en tu regazo desnudo, vistiendo este pequeño pedazo de lencería?
—No está aquí —susurra conspirador.
—¿Haces un hábito de esto? —pregunto, con una sonrisa burlona.Quiero despejar la nube seria que está descendiendo—. ¿Dejar entrar a las mujeres mientras tu mujer está fuera? Es bueno que la hayas traído a colación, ya que la infidelidad es lo siguiente en mi lista.
Su cara cae y, oh mierda. He tocado un nervio. Cierro los ojos, recordando lo que me dijo de su padre, de cómo nunca le fue fiel a su madre, de cómo el desfile de mujeres a través de su casa fue finalmente suficiente para conducir a su madre a los Estados Unidos cuando Pedro era sólo un adolescente.
Comienzo a disculparme pero sus palabras llegan antes que las mías.
—He sido infiel.
lunes, 10 de noviembre de 2014
CAPITULO 46
Estoy casi aliviada de que él va a la oficina el lunes así puedo volver a la pequeña tienda en el callejón, conteniendo la respiración con lamesperanza de que estará abierta. Creo que el juego de roles es divertido para Pedro; por lo menos espero que sea tan divertido para él como lo es para mí. Llegamos a conocer al otro en estos pequeños destellos, dejándonos al descubierto mientras fingimos no hacerlo.
Y esta noche, quiero hacerlo hablar.
La tienda está abierta, y la misma vendedora está ahí, saludándome con la calidez de su sonrisa y el olor familiar del lirio. Me toma de la mano, llevándome hacia la lencería y los accesorios.
—¿Qué eres hoy? —pregunta.
Me toma varios segundos encontrar mis palabras, y aun así,
realmente no respondo a su pregunta. —Tengo que encontrar una manera de rescatarlo.
Me estudia por un momento antes de seleccionar un uniforme de soldado sexy pero no es para nada lo que busco. En cambio, mis ojos se mueven a un negligé24 tan vibrantemente rojo, que parece que podría quemar mis dedos.
Su risa es ronca y fuerte. —Sí, hoy lo rescataras con eso. Esta vez, cuando entraste, tu barbilla estaba más alta, tus ojos un poco perversos,creo. —Alcanzando la pared, me entrega un solo accesorio, y cuando bajo la mirada a lo que me ha dado, parece vibrar en mi manos. Nunca habría elegido este por mi cuenta, pero es perfecto.
—Que te diviertas, chérie25.
Me he maquillado lo suficiente para la actuación como para poder realizarla, haciendo mis ojos ahumados y oscuros, mis labios incluso más llenos y de color rojo. Puse suficiente rubor en mis mejillas para poder verme como si no tuviera muy buenas intenciones.
Dando un paso hacia atrás, me examino en el pequeño espejo montado en la puerta del dormitorio. Mi cabello cae directamente a mi barbilla, negro y liso. Mis ojos color avellana tienen más amarillo que verde últimamente. Mi flequillo necesita un corte; roza mis pestañas cuando pestañeo. Pero a la mujer que me devuelve la mirada le gusta la sombra que hacen. Ella sabe cómo mirar desde debajo de sus pestañas y coquetear, especialmente con los cuernos rojos que apenas se asoman en un delgado cintillo negro oculto en el cabello.
El negligé está hecho de encaje y con capas de suave tul macramé.
La capa da la ilusión de cubierta, pero incluso en la tenue luz de las velas que he puesto en todo el apartamento, mis pezones son claramente visibles debajo. La única otra cosa que estoy usando es un pequeño tanga roja.
Esta vez no estoy nerviosa cuando escucho la puerta del ascensor abrirse al final del pasillo, y el ritmo constante de los pies de Pedro caminando a nuestra puerta.
Entra, poniendo las llaves en la taza y poniendo su casco en la mesa antes de dar la vuelta a donde me siento en una de las sillas del comedor que he puesto unos diez metros delante de la entrada.
—Cristo, Cerise. —Lentamente, saca la bolsa de mensajero sobre su cabeza, poniéndola con cuidado en el suelo. Una sonrisa provocativa comienza en la esquina de su boca y perezosamente se extiende hacia el otro lado, mientras se da cuenta de los cuernos—. ¿Estoy en problemas?
Niego con la cabeza, temblando por la forma en que su acento hace que problemas sea mi nueva palabra favorita.
Me pongo de pie, caminando hacia él y dejo que examine todo el conjunto.
—No —le digo—. Pero he oído que estás en una situación que te gustaría cambiar.
Se calla, sus cejas se levantan lentamente. —¿Una situación?
—Sí —le digo—. Una situación de trabajo.
Sus ojos se vuelven juguetones. —Ya veo.
—Puedo ayudar. —Doy un paso más cerca y rozo mi mano por su pecho hacia la corbata. Aflojándola, le digo—: Me han enviado aquí para negociar un acuerdo.
—¿Enviada por quién?
—Mi jefe —le digo con un pequeño guiño.
Me mira por encima una vez más y levanta el brazo para arrastrar la yema del pulgar por mi labio inferior. Es un toque familiar, pero en lugar de abrir mi boca y lamerlo, lo muerdo.
Se aleja con un pequeño jadeo, y luego se ríe. —Eres irresistible.
—Soy poderosa —le corrijo—. Si todo va bien esta noche, con sólo un chasquido de mis dedos puedo terminar este horrible juicio agotador de tiempo.
Suelto su corbata y pestañeo hasta ver su expresión divertida enderezarse en algo más serio, más suplicante. —¿Puedes?
—Me das tu alma, y hago tus problemas desaparecer.
Su sonrisa regresa y sus manos se deslizan hacia adelante,
enmarcando mis caderas.
—Cuando te ves de la forma en que lo haces, no creo que tenga mucho uso para un alma. —Se inclina, dirige su nariz a lo largo de mi cuello, e inhala—. Es tuya. ¿Cómo negociamos esta transacción?
Aparto sus manos, y le quito la corbata, poniéndola alrededor de mi cuello en su lugar. —Me alegra que lo preguntes. —Desabotonando su camisa, explico—: Voy a hacer algunas preguntas para que pueda determinar el valor de tu alma. Si estas limpio, voy a terminar esto esta noche y te haré ver como un héroe que destruyó el otro lado. Si estás manchado, también… —Me encojo de hombros—. Puede ser un poco incómodo, pero el juicio habrá desaparecido. Y entonces tomo mi pago.
Su hoyuelo apareció brevemente. —¿Y qué tipo de preguntas tengo que responder?
—Tengo que ver qué tan malo has sido. —Bajando la voz, agrego—:Espero que hayas sido muy malo. A mi jefe no le gusta pagar mucho, y hacerte ver como un héroe es bastante caro en este negocio.
Se ve realmente confundido. —¿Pero no es mi alma más valiosa para ti cuanto más corrupto soy?
Sacudiendo la cabeza, le digo—: Solo soy la negociación para atraerte lejos de los ángeles. Te consigo por un mejor precio pero hay poca probabilidad que te quieran de todos modos.
—Ya veo —dice, con una sonrisa divertida.
El silencio se desliza entre nosotros y la amenaza de tensión se cierne a las afueras del pequeño círculo que nuestros cuerpos forman, de pie tan cerca juntos. Por una vez, las reglas son todas mías, el juego es todo mío, y todavía siento el poder en esto, también. Mis dedos tiemblan contra su
pecho con la realidad de este círculo completamente cerrado. Soy su igual. Soy su esposa, queriendo rescatarlo.
—Supongo que estoy a tu merced, entonces —dice en voz baja—. Si puedes hacer lo que dices, estoy adentro.
Inclinando la cabeza, digo—: Desvístete.
—¿Completamente desnudo? —Diversión regresa a su expresión.
—Completamente.
Saca su elegante camisa a cuadros azul de sus hombros.
Me esfuerzo por mantener mi atención en su cara, sabiendo que la piel que está revelando lentamente es, posiblemente, mi cosa favorita de Francia.
—¿Cómo te metiste en este trabajo? —pregunta, desabrochando su cinturón.
—Mi jefe me encontró sola y vagando por las calles —digo, incapaz de resistirme a acercarme, pasando mis manos suavemente por su pecho.
Me encanta la forma en que su respiración se acelera, su piel se aprieta bajo mis dedos—. Pensó que sería una buena negociadora. Cuando me enteré de que tendría que jugar con chicos lindos como tú, ¿cómo me podía resistir?
Su mano tira de su cinturón, sacando el cuero suave tan rápido que hace un sonido brusco contra el tramo de cuero aún enrollado a través de sus pantalones de vestir. Cae al suelo, y sus pantalones van detrás.
Cuando sus pulgares se ciernen en la cinturilla de sus calzoncillos, puedo decir que me está tomando el pelo, esperando a que lo mire a la cara.
Pero no lo hago.
—Sácalos —le digo—. Tengo que ver con que trabajo.
Baja los calzoncillos de su cuerpo y poco a poco —con confianza— sale de ellos. Nunca me acostumbraré a la vista de Pedro completamente desnudo. Él es de bronce, y fuerte, y parece que tendría buen sabor. Y Dios, yo sé lo bueno que es. Es demasiado lo que debo hacer para no
deslizarme hacia abajo sobre mis rodillas y lamer una línea húmeda desde sus bolas a la apretada cima de su polla.
Pero de alguna manera, me las arreglo para resistir, incluso mientras se agacha, rodea su base con el pulgar y el dedo medio, y lo tiende como si estuviera ofreciéndomelo. Me saco la corbata de mi cuello y alcanzo sus manos en cambio, colocándole los brazos detrás de la espalda y girándolos para atarlos en la muñeca. Es fuerte, pero no tanto que no podía salir si quisiera.
Girando a su alrededor, empujo suavemente en su pecho. —Ve a sentarte en el sofá. Es la hora de las preguntas.
—Estoy un poco nervioso. —Admite con un pequeño guiño, pero camina con confianza y con cuidado se sienta, con las manos atrapadas detrás de él.
—Los hombres siempre están nerviosos acerca de esta parte —le digo, siguiéndolo y sentándome a horcajadas entre sus piernas. Me inclino hacia delante y dibujo un círculo alrededor de la cabeza de su pene con el dedo índice—. A nadie le gusta admitir todas las terribles cosas que han hecho.
—¿Y con cuántos hombres has hecho esto? —Esta vez, su voz se engancha en algo —celos, tal vez. O quizás la oscura emoción que viene de imaginarme haciéndole esto a alguien más.
Estas son las cosas que tengo que aprender sobre el hombre con el que me casé.
—Miles —le susurro, disfrutando de la forma en que sus ojos se endurecen. Celos, entonces—. Soy la mejor negociadora que hay. Si quieres que me acuerde de esta noche, es probable que me debas impresionar más tarde.
Descanso mi culo en sus muslos y luego me deslizo hacia adelante,dándole a su polla el segundo más breve de la fricción contra mí antes de alejarme de nuevo. Bajo mis manos, sus hombros se juntan mientras hala contra el lazo alrededor de sus muñecas.
—¿Te pone húmeda tomar el control, Cerise? —susurra, con aspecto desgarrado. Ha roto el papel, pero parece que no puede ayudarse a símismo—. Me gustaría poder decirte lo que verte así me hace.
24 Un negligé es una bata femenina elegante y atrevida.
25 Querida.
CAPITULO 45
Es la primera vez que hemos estado juntos durante un día entero, y somos incapaces de desnudarnos, tocarnos, tener sexo —que en realidad es todo lo que sabemos hacer.
Después de casi once horas de caminar y ver todo lo que se puede a la luz del día —he visto sus labios hacer una
mueca por sus perfectas palabras, sus anchas y hábiles manos señalando importantes edificios y sus traviesos ojos verdes fijándose en mis labios y mi cuerpo suficiente veces— todo lo que quiero ahora es sentir el peso de él moviéndose encima de mí.
Me aferro a la idea y a la familiaridad que hemos cultivado hoy tan sólo nosotros —Paula y Pedro— pero tan pronto como regresamos al apartamento, besa la parte superior de mi cabeza y me sirve un vaso de vino antes de encender su ordenador portátil para comprobar el correo electrónico del trabajo, con la promesa de ser rápido. Mientras se sienta de espaldas a mí en el pequeño escritorio, meto las piernas debajo de mí en el sofá, bebiendo vino mientras observo la tensión regresar gradualmente a sus hombros. Escribe un correo electrónico que debe ser intenso, porque sus dedos golpean el teclado y hace clic en enviar, antes de inclinarse hacia atrás en su silla y pasarse una frustrada mano por el cabello.
—Putain23 —maldice en una exhalación apretada.
—¿Pedro?
—¿Mmh? —Se inclina hacia delante para pasarse las manos por el rostro.
—Puedes venir aquí, ¿por favor?
Toma otra respiración profunda antes de levantarse, y luego caminar hacia mí, pero tan pronto como lo miro a la cara —sus ojos lucen vacíos, su boca apretada en una recta y agotada línea— sé que el hechizo está roto e iré sola a la cama. Estamos de vuelta en la vida real, donde su vida es un misterio, tiene un trabajo agotador, y yo soy sólo temporal.
Hemos vuelto a jugar a las casitas.
—Tienes más trabajo, ¿no es así? —le pregunto—. ¿Por tomarte el día libre?
Se encoge de hombros, y alarga una mano para coger mi labio inferior entre su dedo pulgar e índice. —No me importa. —Se inclina y besa mi boca, chupando mis labios antes de alejarse—. Pero sí. Tendré que irme temprano a la oficina mañana.
Mañana es lunes, y ya está retrasado en su semana.
—¿Por qué lo haces? —Las palabras se sienten incómodas en mi lengua; nuestras conversaciones sobre su trabajo se han basado principalmente en sus disculpas por trabajar tanto y en mí comprendiéndolo. Pero no entiendo, y en este momento, me siento avergonzada por nunca haberle preguntado al respecto. Aparte de saber que tiene una harpía de jefe, y que este trabajo le dará un mejor puesto, realmente no tengo ni idea de lo que hace allí.
—Porque no voy a ser capaz de encontrar un puesto mejor si dejo este tan pronto. Es muy prestigioso, ya sabes.
Necesito ganar esta demanda. —Sólo tiene que contarme un poco de ello —detalles vagos sobre las corporaciones en guerra y el problema de la propiedad intelectual y las tácticas de ventas en el centro del caso— antes de que eche hacia atrás para mirarlo con sorpresa.
He oído hablar de esta demanda. Sé los nombres de las dos
empresas que se enfrentan. Es un caso que está constantemente en las noticias, en los periódicos. No es de extrañar que esté trabajando las horas que trabaja.
—No tenía ni idea —le digo—. ¿Cómo te las arreglaste para ir a Las Vegas?
Sus dedos tiran de su cabello y se encoge de hombros. —Fueron las únicas tres semanas en las que no fui necesitado. Se estaban juntando testimonios, y finalmente tuve un pequeño descanso. Tal vez es mucho más normal tomar unas largas vacaciones en Europa que en los Estados.
Lo tiro en el sofá junto a mí y obedece, pero su postura me dice que sólo estará allí por un minuto. Que se levantará y volverá a su computadora en vez de seguirme a la cama.
Paso una mano por la parte delantera de su camiseta y me
encuentro con ganas de verlo vestido para el trabajo mañana, entonces siento un apretado nudo de culpa formarse en mi estómago. —¿Usas traje y corbata para la sala?
Riendo, se inclina, y en la piel de mi cuello, dice—: No voy a la corte, pero no, en los tribunales se utiliza la túnica tradicional. Soy el equivalente a un asociado aquí. Derecho corporativo en Francia es quizás un poco diferente al de los Estados, aunque ambos son diferentes de la ley penal.
Quizás aquí se pasan más procedimientos por mesa.
—Si es diferente de los Estados, y también estás autorizado a practicar allí… ¿por qué volviste aquí después de la escuela de leyes?
Murmura algo, negando con la cabeza mientras besa mi mandíbula, y es la primera vez que no ha respondido a una pregunta. No puedo decir si estoy decepcionada o fascinada.
—Espero que termines pronto —le digo, apretando mi mano contra su rostro, e incapaz de resistirme, acariciando su labio inferior con un firme y suave movimiento de mi pulgar—. Espero que no siempre sea así. Me gusta cuando estás aquí, conmigo.
Cierra los ojos, exhalando lentamente mientras sonríe. —Suenas como una verdadera esposa cuando dices eso.
23Puta en francés.
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