miércoles, 12 de noviembre de 2014

CAPITULO 51



Me quedo dormida esperando por él cuando la puerta se cierra de golpe, el pomo golpeando el yeso de la pared justo al otro lado de la habitación. Sorprendida, me reacomodo, empujando mi faldita por mis piernas, froto mis ojos mientras Pedro irrumpe en la habitación.


—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —ruge.


Me muevo a la cabecera de la cama, desorientada y con el
corazón palpitando mientras mi cerebro se pone al día con la adrenalina que corre por mis venas. —Yo… me dijiste que no fuera ninguna parte.


Camina sigilosamente hacia mí, parándose en el lado de la cama y aflojando la corbata con un tirón impaciente—. Entraste en mi casa.


—La puerta estaba abierta.


—Y te metiste a mi cama.


—Yo… —Lo miro, con los ojos muy abiertos. Se ve realmente molesto, pero luego se inclina hacia adelante, recordándome que todo es un juego, pasando suavemente su pulgar por mi labio inferior.


—Paula, rompiste aproximadamente cien reglas universitarias y varias leyes esta noche. Podrían haberte arrestado.


Me pongo sobre mis rodillas, deslizando mis manos por su pecho—.No sé cómo más obtener su atención.


Cierra los ojos, moviendo los dedos a mi mandíbula, bajo el cuello hasta mis hombros desnudos. Estoy usando nada más que una falda corta y ropa interior abajo, y sus palmas se deslizan sobre mis pechos antes de que retire sus manos, formando puños apretados.


—¿No crees que te noto en clase? —gruñe—. ¿En frente con tus ojos puesto en mí toda la hora, tus labios tan carnosos y rojos que todo lo que puedo pensar es en cómo se sentirían en mi lengua, mi cuello, mi pene?


Lamo mis labios, muerdo el inferior. —Puedo mostrarte.
Vacila, entrecerrando los ojos. —Me despedirían.


—Prometo que no le diré a nadie.


Su conflicto se siente tan genuino: cierra los ojos, aprieta la
mandíbula. Cuando se abren de nuevo, se inclina y dice—: Si piensas que con esto te estoy premiado por irrumpir en mi casa…


—No lo hago… —Pero ve la mentira en mi cara. Consigo todo lo que quiero y mi sonrisa oscura lo hace gruñir, ahueca mis pechos otra vez con manos ásperas.


Mi piel se levanta para encontrarse con su toque, y en el interior, los músculos y mis órganos vitales se tuercen como si estuviera retorciéndose, empujando el calor por mi pecho, en mi vientre donde se reúne abajo, entre mis piernas. Lo deseo tanto que me siento inquieta e insistente, esta necesidad elemental arañando en mi garganta. Hundo mis manos en su pelo, sujetándolo a mí y apenas dejándolo alejar un suspiro de mi piel.


Pero todo es un engaño. Saca mis manos fácilmente, inclinándose hacia atrás para mirarme con un fuego convincente en sus ojos.


—Tenía mucho trabajo en mi escritorio cuando llamaste con tu pequeño show antes.


—Lo siento —le susurro. Estar cerca de él me hace líquido, mis entrañas se arrastran y funden.


Sus ojos parpadean cerrados, fosas nasales dilatadas. —¿Qué crees que le hizo a mi concentración, sabiendo que estabas aquí, pensando en mí, tocando la piel que podría ser mía para tocar?


Sus ojos están fijos en los míos, y para resaltar su punto, desliza una mano áspera en mi ropa interior, dos dedos buscando, sumergiéndolos dentro y encontrándome empapada.


—¿Quién te puso mojada?


No respondo. Cierro los ojos, empujando su mano antes de alcanzar a agarrar su muñeca y follar sus dedos si no se movía. Estoy ardiendo, en todas partes y sobre todo aquí, ahogándome con una necesidad arañando de venirme, de que él me haga venir.


Con un tirón de su brazo retira sus dedos de mí y los empuja a mi boca, presionando mi sabor en mi lengua. Su mano agarra mi mandíbula, sus dedos presionando en el hueco de mis mejillas para mantener mi boca abierta.


—¿Quién. Te. Puso. Mojada?


—Tú. —Me las arreglo a decir con sus dedos intrusivos y se retira,tirando de mi labio inferior con un dedo índice, un dedo pulgar—. Pensaba en ti todo el día. No sólo cuando me llamaste. —Miro fijamente a sus ojos, tan llenos de ira y lujuria que me quita el aliento. Se ablandan a medida que continúo sosteniendo su mirada, y puedo sentir que los dos tartamudeamos en nuestros roles. Quiero fundirme con él, sentir su peso caliente sobre mí—. Pienso en ti todo el día.


Puede ver la verdad en mi expresión y sus ojos caen a mis labios, sus manos extendidas suavemente por mis costados. —¿En serio?


—Y no me importan las reglas —le digo—. O que tienes un montón de trabajo. Quiero que lo ignores.


Su mandíbula se tensa.


Digo—: Te deseo. El semestre va a terminar pronto.


—Paula… —Puedo ver el conflicto en sus ojos, y ¿lo siente también?


¿Este anhelo tan enorme que empuja todo lo demás dentro de mi pecho a un rincón? Nuestro tiempo juntos ya casi termina, también. ¿Cómo voy a estar lejos de él en sólo un par de semanas?


¿Qué vamos a hacer?


Mi corazón da una vuelta, golpeando tan fuerte que ya no es un ritmo seguro. Platillos chocando y el profundo pulso pesado del tambor golpeando debajo de mis costillas. Sé lo que es este sentimiento. Él necesita saber.


¿Pero es demasiado pronto? He estado aquí apenas un mes—. Pedro… Yo…


Sus labios chocan sobre los míos, su lengua empujando abre mi boca, degustando, rodando contra mis dientes. Presiono hacia arriba, con hambre del sabor de él, a hombre, océano y calor.


—No digas eso —dice en mi boca, de alguna manera sabiendo que iba a poner algo sincero e intenso ahí. Retrocediendo, busca mis ojos frenéticamente, suplicando—. No puedo jugar duro si dices esto esta noche. ¿D' Accord?


Asiento urgentemente y sus pupilas se dilatan, una gota de tinta en el verde y realmente puedo ver su pulso levantarse.


Es mío. Lo es.


Pero, ¿por cuánto tiempo? La entrometida pregunta me hace desesperada, agarrándolo y necesitándolo profundamente en cada parte de mí, sabiendo que en realidad no puede dejarme sin aliento, pero ofreciéndoselo de todos modos en pequeñas ráfagas, constantes.


Da un paso más cerca, y aunque su agarre en mi cabello no
disminuye, ávidamente agarro su camisa, tirando de ella sin sus pantalones. Con dedos temblorosos, saco cada botón y una vez que se expone su torso suave, cálido, oigo mi gemido febril y mis manos se deslizan hacia arriba a través de su piel, frenética. ¿Cómo se sentiría, me imagino, desearlo tanto como lo hago y no tenerlo? ¿Y luego solo esta noche —una sola, peligrosa noche— me dejaría tocarlo, saborearlo,follarlo?


Yo sería salvaje. Insaciable.


Gruñe cuando paso demasiado tiempo pasando mis manos hacia arriba y sobre su pecho, mis uñas rasguñando sobre sus pezones pequeños, planos, acariciando la línea burlona de pelo que desciende por debajo de su ombligo y en sus pantalones. Con impaciencia, tira de mi cabello, empujando sus caderas hacia delante, y gruñe su aprobación cuando
desabrocho rápidamente el cinturón, la cremallera, y bajo los pantalones por sus muslos para que pueda liberar su polla.


Oh.


Se adentra en frente de mí, gruesa y caliente; cuando la alcanzo, es de acero en mi palma. Uso ambas manos, agarrando y deslizándome por su longitud, queriendo que él suelte mi pelo para que pueda doblarme y chuparle con tanta hambre como siento.


Exhala un gemido fuerte mientras lo bombeo en mi puño y luego se inclina hacia abajo, tomando mi boca en un brutal, beso imponente. Su boca chupa la mía, empujando mis labios a separarse mientras el puño se aprieta en mi cabello. Desliza su lengua dentro, empujando profundo, jodiéndome con un ritmo inconfundible.


No voy a ser amable, me dice. Ni siquiera voy a intentarlo.


Excitación se extiende a través de mí y me libero de su agarre, con la intención de lamerlo hasta que se venga, pero con un gruñido de maldición que me hace retroceder en la cama, se inclina para recuperar la corbata para que la pueda envolver alrededor de mis muñecas y asegurarlo a la cabecera.


—Tu cuerpo es para mí placer —me dice, con los ojos oscuros—. Estás en mi casa, cosita. Voy a tomar lo que quiera.


Lanza sus pantalones y se sube encima de mí, tirando de mi ropa interior por mis piernas y empujando mi falda hasta las caderas. Con las manos apoyadas en mis muslos, extiende mis piernas, se inclina hacia adelante, y bruscamente se sumerge en mí.


Es un alivio tan grande que me hace gritar; nunca antes me había sentido tan llena de él. Hambrienta y satisfecha, queriendo que se quede así para siempre. Pero no se queda profundamente dentro de mí por mucho tiempo. Se retira y luego golpea hacia adelante, agarrando la cabecera para hacer palanca y follándome tan duro que cada penetrada hace que mis dientes traqueteen, fuerza el aire de mis pulmones.


Es salvaje y frenético, su cuerpo sobre el mío, mis piernas sujetadas alrededor de la cintura tan apretadas que me pregunto si le duele. Quiero hacerle daño, de una manera oscura y enferma. Quiero sacar cada sensación a la superficie, que sienta todo a la vez: la lujuria, el dolor, la necesidad y el alivio y, sí, incluso el amor que estoy sintiendo.


—Quería terminar las cosas esta noche —sisea, colocando sus manos alrededor de mis muslos. Bombea con fuerza y rapidez, follándome tan bruscamente; sudor se escurre en su sien y se posa en mi pecho. Su ira es aterradora, emocionante, perfecta—. En cambio tengo que volver a casa y hacer frente a una estudiante traviesa. —Sus caderas están bombeando y bombeando en mí, gime, con los ojos cada vez más pesados. Sus manos grandes y ásperas alcanzan mis pechos, y desliza su pulgar por mi pezón.


—Por favor, hazme venir —le susurro, francamente.


Quiero dejar de jugar.


Quiero jugar siempre.


Quiero su aprobación, quiero su ira. Quiero el fuerte golpe de su mano por mi pecho sólo unos segundos antes de que se libere. Me conoce.


—Por favor —se lo ruego—. Seré buena.


—Los malos alumnos no obtienen placer. Voy a venirme y venirme, y me podrás ver en su lugar.


Se mueve con tanta fuerza que la cama está temblando, gimiendo debajo de nosotros. Nunca hemos sido tan duros.


Los vecinos deben poder escuchar, y cierro los ojos, saboreando el conocimiento de que mi marido está completamente atendido en la cama. Le daré cualquier cosa.


—Mírame venir —susurra, moviéndose en mí y agarrando su polla. Su mano desciende arriba y abajo de su longitud y maldice, sus ojos en mí.


El primer pulso de su liberación me chorrea por la mejilla, y luego mi cuello, mis pechos. Nunca seré capaz de imaginar un sonido más sexy que el profundo gemido que hace cuando se viene, la forma en que gruñe mi nombre, la forma en que me mira. Se inclina, sudoroso y sin aliento; sus ojos se mueven por mi cara y abajo, inspeccionando cómo me ha decorado.


Subo mi cuerpo por lo que sus caderas están al nivel de mi cara, presiona su polla a mis labios, en silencio pidiendo. —Lámelo hasta limpiarlo.


Abro la boca y lamo alrededor de la punta, y luego chupo abajo, a lo largo de la piel suave como el terciopelo.


—Pedro—susurro cuando me alejo, queriendo estar con nosotros ahora. Deseándolo.


Alivio llena sus ojos y dirige su dedo por mi labio inferior—. ¿Te gusta esto? —murmura—. Me encanta.


—Sí.


Se aleja, inclinándose para besar mi frente mientras desata
cuidadosamente mis manos. —Attends —susurra. Espera…
Pedro vuelve con un paño húmedo, limpiando mi mejilla, mi cuello, mis pechos. Lo tira a la papelera en la esquina antes de besarme suavemente.


—¿Fue eso bueno, Cerise? —susurra, chupando mi labio inferior, su lengua explorando suavemente en mi boca. Gime silenciosamente, dedos danzando sobre la curva de mi pecho—. Fue perfecto. Me encanta estar contigo de esa manera. —Su boca se mueve sobre mi mejilla, mi oído, y
pregunta—: Pero, ¿puedo ser suave ahora?


Asiento, ahuecando su rostro. Me destroza con su juego, con su mando que tan fácilmente se derrite en adoración. Cierro mis ojos, hundiendo las manos en su cabello mientras besa mi cuello, chupando mis pechos, mi ombligo, separando mis piernas con las manos.


Estoy adolorida de su trato duro de hace sólo unos minutos, pero tiene cuidado ahora, sopla una suave corriente de aire a través de mí, susurrando—: Déjame verte.


Agachándose, besa mi clítoris, lame lentamente alrededor. 


—Me encanta probarte, ¿te das cuenta?


Enrollo mis manos en puños alrededor de la funda de almohada.


—Creo que este dulzor es sólo para mí. Finjo que tu deseo nunca se ha parecido a esto. —Moja un dedo dentro y lo lleva a mis labios—. Para todos los demás nunca fue tan suave y dulce. Dime que es verdad.


Le dejo deslizar su dedo dentro y chupo, queriendo hacer que esta noche dure por días. Soy salvaje para él, esperando que se quede aquí conmigo. Con la esperanza de que no se retire a la oficina y trabaje hasta el amanecer.


—¿No es perfecto? —pregunta, mirándome chupar—. Nunca me ha gustado el sabor de una mujer tanto como amo el tuyo. —Sube por mi cuerpo, chupando mis labios, mi lengua. Esta duro de nuevo, o tal vez todavía esta duro, y se restriega contra mi muslo—. Lo ansío. Te deseo. Soy demasiado salvaje para ti. Te deseo demasiado, creo.


Niego con la cabeza, con ganas de decirle que me podría querer más y ser más salvaje, pero las palabras se atascan en mi garganta cuando lleva los labios a mi coño, lamiendo y chupando tan expertamente que me arqueo fuera de la cama, lanzando un grito.


—¿Te gusta? —ronronea.


—Sí. —Mis caderas presionan desde el colchón, ávidas por sus dedos, también.


—Me gustaría ser tu esclavo —susurra, deslizando dos dedos dentro de mí—. Dame solamente esto, tu boca y tus palabras tranquilas y sería tu esclavo, Cerise.


No sé cómo paso, o cuándo exactamente, pero sabe cómo leer mi cuerpo, sabe mis reacciones. Se burla de mí, tirando de cada sensación más tiempo y con más fuerza, haciéndome esperar el orgasmo que he querido por lo que empieza a parecerse a días. Con su lengua, sus labios, sus dedos, y sus palabras me lleva al borde una y otra vez hasta que me retuerzo debajo de él, sudando, rogando por él.


Y justo cuando creo que finalmente me hará venir, se retira en su lugar, limpiándose la boca con el antebrazo mientras sube por encima de mí.


Me alzo sobre mis codos, mis ojos desorbitados. —Pedro…


—Shh, tengo que estar adentro cuando te vengas. —Con manos rápidas, me rueda sobre mi estómago, extiende mis piernas, y se desliza tan profundamente que jadeo, apretando la funda de almohada en mis puños. Su gemido vibra a través de mis huesos, a lo largo de mi piel, y siento el zumbido continuo de esto a medida que comienza a moverse, su pecho presionando a mi espalda, aliento caliente en mi oído.


—Estoy perdido en ti.


Jadeo, asintiendo frenéticamente. —Yo también.


Su mano se desliza por debajo de mí y empuja, dando vueltas contra mi clítoris. Estoy allí.


Allí mismo.


Allí mismo.


Y estallo como una bomba en el segundo que presiona sus labios en mi oído y susurra—: ¿Lo que sientes, Cerise? Yo también lo siento. Joder, Paula, siento todo por ti.

CAPITULO 50



Le lleva un rato a Madame Allard llegar a preguntarme si vamos a tener un bebé —está determinada a dar un rodeo a través de sus pensamientos sobre el nuevo cachorrito del edificio y las uvas frescas del mercado de la esquina— y luego incluso más tiempo a mí para convencerla que no. Su júbilo ante mi simple frase ―Madame, je ne sui pas enceinte” es suficiente para hacerme querer intentar pedir comida en francés.


Pero el mucho menos accesible camarero malhumorado con las cejas salvajes de la cervecería me hace reconsiderarlo, y en cambio pido mi plato favorito —soupe à l’oignon27— con mi habitual mirada de disculpa en inglés.


Me pregunto cuánta gente de la vida de Pedro asume que vine aquí con él porque me quedé embarazada. Incluso aunque él se fue solo durante tres semanas, ¿quién sabe lo que asume la gente de su vida? Y entonces me pregunto: ¿Se lo ha dicho a su madre? ¿A su padre?



¿Por qué la idea de estar embarazada ahora mismo me hace reír, y me hace sentir unos pequeños cosquilleos por dentro? Enceinte es una palabra maravillosa. Incluso más maravillosa es la idea de estar llena — llena de él, el futuro, y esta cosa construyéndose entre nosotros. Incluso si no hay un bebé creciendo dentro de mí, es una emoción genuina.


Es una esperanza que brilla intensamente. Inmediatamente mi estómago cae.


Impulsivamente, saco mi teléfono, escribiéndole, ¿Saben tus padres que estamos casados?


¿Cómo es que nunca se me ha ocurrido preguntarle esto?


No responde mientras como, y no es hasta que ha pasado casi una hora y estoy a un kilómetro del apartamento, vagando sin rumbo por calles curvas, cuando mi teléfono vibra en mi bolso.


Mi madre sabe, mi padre no. Y entonces: ¿Esto te preocupa?


Sabiendo que está en el trabajo y solo puedo tener su atención un segundo, escribo rápidamente: No. Mis padres no lo saben. Solo me di cuenta de lo poco que hemos hablado realmente de ello.


Hablaremos de ello más tarde, pero no está noche.


Miro fijamente mi teléfono durante un latido. Eso es ciertamente críptico. ¿Por qué no esta noche?


Porque esta noche eres traviesa, no agradable.


Estoy escribiendo mi respuesta —básicamente infiernos sí, y vuelve a casa tan pronto como puedas— cuando mi teléfono vibra con otro mensaje entrante… de Helena.


Estoy en Canadá.


Mis ojos se ensanchan mientras busco cualquier otra explicación que no sea la que ha encontrado inmediatamente mi cerebro. Helena no tiene familia en Canadá, ningún asunto en Canadá. Escribo mi pregunta tan rápido que tengo que corregir errores siete veces en siete palabras:


¿¿¿Estás allí para tener sexo con Fernando???


Ella no responde inmediatamente, y sin pensar, le escribo a Pedro por confirmación.


No a Lola.


De hecho, se siente natural escribirle a Pedro primero… mierda, tenemos gente en común, una comunidad compartida ahora. Mis dedos tiemblan mientras escribo: 


¿¡Voló Helena a Canadá para visitar a Fernando este
fin de semana?!


Pedro responde unos pocos minutos más tarde, Deben de habernos escrito al mismo tiempo. Al parecer ella llegó llevando nada más que su gabardina.


Asiento mientras escribo mi respuesta: Eso suena propio de Helena.


¿Cómo consiguió atravesar la seguridad sin tener que quitársela?


Ni idea, dice. Pero será mejor que no estén intentando robarnos nuestro juego de disfraces.


Mi sangre hierve a fuego lento de forma deliciosa con la
anticipación. ¿A qué hora estarás en casa?


Estaré aquí con el dragón hasta alrededor de las 21:00.


¿Las nueve en punto? Inmediatamente me desinflo, escribiendo Vale antes de deslizar mi teléfono de nuevo en mi bolso. Pero entonces, se me ocurre una idea: ¿Quería que fuera traviesa? Le daré traviesa.



*****


Últimamente, Pedro ha estado escribiéndome alrededor de la hora de cenar —cuando está trabajando y yo estoy en casa. La rutina solo ha estado sucediendo tal vez en los últimos cuatro días, cuando nuestros horarios coincidían así, pero de alguna manera sé qué esperar alrededor de las siete, cuando él se toma su descanso de la noche.


Estoy lista, en la habitación, cuando mi teléfono vibra sobre el edredón a mi lado.


No olvides lo que quiero esta noche. Cena. Te mantendré levantada.


Con manos temblorosas, presiono su nombre para llamarle y espero mientras el tono suena una vez… dos veces…


—¿Âllo? —responde, y luego se corrige al inglés—. ¿Paula? ¿Está todo bien?


—¿Profesor Alfonso? —pregunto con voz alta y vacilante—. ¿Es un buen momento para llamar? Sé que no es su horario de oficina…


El silencio me saluda desde el otro lado de la línea y después de varios largos latidos, se aclara la garganta tranquilamente. —En realidad, Paula —dice, una voz diferente ahora —no la suya, sino la de alguien severo irritado por la interrupción—. Estaba en medio de algo. ¿Qué es?


Mis manos se deslizan hacia abajo por mi torso, sobre mi ombligo y más abajo, entre mis piernas abiertas. —Tenía algunas preguntas sobre lo que estaba enseñándome, pero puedo volver a llamar en un momento mejor.


Necesito oír su voz, perderme en ella para encontrar el valor para hacer esto cuando él no está esperándolo. Cuando puede que esté sentado en la mesa enfrente de alguien.


Casi puedo imaginar la forma en que se inclina, nivelando el
teléfono contra su oreja y escuchando cuidadosamente cada sonido al otro lado de la línea. —No, estoy aquí ahora. Adelante con ello.


Mi mano se desliza hacia arriba de nuevo, los dedos presionando mi piel. Pretendo que es su mano, y que está cerniéndose sobre mí, observando cada expresión que pasa por mi cara. —Más temprano hoy, en clase —empiezo, mi respiración atascada cuando le oigo exhalar forzosamente. Busco en mi memoria algún rudimentario término legal de mis clases de ciencias políticas de hace dos años—. ¿Cuándo hablaba sobre políticas judiciales?


—¿Sí? —susurra, y ahora sé que debe de estar solo en su oficina. Su voz se ha vuelto ronca, provocadora, lo suficiente profunda para que si él estuviera aquí, pudiera imaginar la forma en que la luz del sol se derretiría de sus ojos y fingiría ser duro y calculador.


—No creo haber estado más cautivada por una conferencia antes.—Sostengo mi teléfono entre mi oreja y mi hombro encorvado, deslizando mi otra mano hacia arriba sobre mi pecho. Mis pechos… Pedro los ama de una forma en que nadie más lo ha hecho antes. Siempre me ha encantado ser capaz de moverme alrededor de ellos fácilmente. Pero bajo su toque, me he dado cuenta de lo sensibles que son, de la forma en que responden—. Nunca he disfrutado de una clase tanto como la suya.


—¿No?


—Y no podía parar de pensar… —digo, haciendo una pausa para crear efecto, pero también porque puedo oír su respiración y quiero bucear en la lenta y profunda cadencia. Siento algo dentro de mí dispararse con deseo—. Pensaba cómo sería si se reuniera conmigo fuera de la escuela.


Pasan varios latidos de corazón antes de que responda. —Sabe que no puedo hacer eso, Srta. Chaves.


—¿No puede debido a las normas? ¿O porque no quiere hacerlo? — Mis dedos se están moviendo más rápido ahora, deslizándose fácilmente sobre la piel que se había vuelto más receptiva con el sonido de su voz, el sonido de su respiración a través de la línea. Puedo imaginarle sentado detrás de su escritorio, su mano empuñándose a sí mismo a través de su cremallera. Incluso el pensamiento me hace jadear.


—Debido a las normas. —Su voz baja hasta ser apenas un susurro—. Y también porque no puedo querer hacerlo. Eres mi estudiante.


Sin querer, gimo en voz baja, porque él quiere. Me desea, incluso cuando está sumergido en trabajo a kilómetros de distancia.


¿Cómo se sentiría ser realmente su estudiante, o ser una de las chicas en el metro, observándole, deseándole? ¿Qué pasa si realmente fuera mi profesor, y cada día tuviera que sentarme y escuchar su tranquila y profunda voz, incapaz de moverme hacia delante, atrapar sus ojos, pasar mis manos hacia arriba por su pecho, hasta su grueso cabello?


—Paula, no estás haciendo nada… inapropiado justo ahora, ¿verdad? —pregunta, la voz severa de vuelta en su lugar. 


Es la primera vez que no puedo ver su cara cuando estamos jugando así, pero ya le conozco lo suficientemente bien para saber que está fingiendo. Su voz nunca es severa conmigo, incluso cuando está molesto. Siempre es uniforme y
constante.


Mi espalda se arquea, separándose del colchón por la sensación que me inunda y el calor en mis muslos, en mi vientre bajo. —¿Quieres oírme? —pregunto—. ¿Te gusta imaginarme haciendo esto en tu cama?


—¿Estás en mi cama? —sisea, sonando airado—. ¡Paula! ¿Te estás tocando a ti misma?


La emoción del juego gira a través de mí, haciéndome sentir
mareada y casi drogada. Recuerdo la forma en que me miró esta mañana, en conflicto, queriendo tomarme antes de irse a trabajar.


Recuerdo cómo se sintió su boca sobre mi cuello cuando se subió a la cama anoche, cómo tiró de mí contra su pecho, haciendo la cucharita toda la noche. Y entonces, cuando apenas susurro—: Oh, oh, Dios —oigo su gemido sordo al otro lado de la línea y caigo completamente deshecha en piezas por mi propia mano, fingiendo que es la suya, sabiendo lo mucho mejor que se sentirá cuando de verdad sea la suya, más tarde.


Y él puede imaginarme ahora, porque me ha visto hacer esto.


Mis piernas están temblando y grito en el teléfono, cabalgando la oleada de calor, de puro placer que se desliza a través de mi piel. Digo su nombre, algunas otras cosas que no estoy segura siquiera de que sean coherentes, pero con solo saber que está escuchando, y que es todo lo que puede hacer —que no puede tocarme, ni verme, ni sentirme— prolonga mi liberación hasta que estoy agotada y jadeando, mi mano deslizándose a mi cadera y luego al colchón junto a mí.


Sonrió en el teléfono, somnolienta y satisfecha… por ahora.


—Paula.


Parpadeando, trago y susurro. —Oh, Dios. No puedo creer que hice eso. Lo siento tan…


—No vayas a ninguna parte —gruñe—. Estaré allí pronto para encargarme de esta… esta indiscreción.








27 Sopa de cebolla.