jueves, 13 de noviembre de 2014
CAPITULO 53
Arriba, en nuestro apartamento, le sigo a la cocina y me apoyo contra la encimera mientras mete la mano en el armario por una botella.
Pedro se gira, deposita dos ibuprofenos en mi mano, y me entrega un vaso de agua. Miro mis manos y luego a él.
—Es lo que haces —dice, ofreciendo un pequeño encogimiento de hombros—. Después de dos vasos de vino siempre te tomas un ibuprofeno con un gran vaso de agua.
Eres un peso ligero.
Eso me recuerda una vez más cuán observador es, y cómo se las arregla para captar las cosas cuando no creo siquiera que esté prestando atención. Se queda ahí, observándome mientras me trago las pastillas y pongo el vaso vacío en la encimera sobre la que me apoyo.
Con cada segundo que se esfuma cuando no nos estamos besando o tocando, temo que la cómoda facilidad de esta noche se evapore, y que regrese a su escritorio y a su habitación solo.
Pero esta noche, mientras nos miramos el uno al otro en la tenue luz proveniente de la única bombilla sobre el fogón, la energía entre nosotros sólo parece hacerse más eléctrica.
Esto se siente tan real.
Se rasca la mandíbula y luego inclina la barbilla. —Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Mi estómago salta. —No estoy segura de creer que soy…
—Quédate —me interrumpe con susurro apretado—. Estoy temiendo el día que te vayas. Me estoy volviendo loco pensando en ello.
Cierro los ojos. Es en parte algo que quería escucharle decir, y algo que temía demasiado oír. Pongo el labio entre mis dientes, mordiendo la sonrisa cuando lo miro. —Pensé que me dijiste que fuera a la escuela para abrir mi propio negocio algún día.
—Quizás piense que deberías esperar hasta que termine con este caso. Entonces podemos ir juntos. Vivir juntos. Yo trabajo, tú estudias.
—¿Cómo me quedaría aquí hasta la primavera? ¿Qué haría? —Ha sido maravilloso, pero no puedo imaginarme otros nueve meses viviendo ociosamente como un turista.
—Puedes encontrar un trabajo, o simplemente investigar qué se requiere para abrir un estudio. Nos iremos juntos, y puedes aplazar la escuela por un año más.
Si es posible, esto era más loco que mis ganas de venir aquí en primer lugar. Quedarse significa que no hay un fin para nosotros —sin anulaciones, ni falsos matrimonios— y que hay una nueva ruta trazada por delante.
—No creo que pueda quedarme aquí y estar sola la mayor parte del tiempo…
Hace una mueca, arrastrando una mano por su pelo. —Si quieres empezar ahora, ve y yo iré la próxima primavera. Sólo… ¿Es eso lo que quieres?
Sacudo la cabeza, pero puedo ver en sus ojos que lo interpreta correctamente como un no lo sé.
Mi primer par de semanas aquí me sentía como si fuera
completamente libre y también un poco sanguijuela. Pero Pedro no me invitó aquí sólo para ser generoso, o salvarme de un verano en casa o de desgastarme psicológicamente para empezar la escuela. Lo hizo por esas razones y porque me quería.
—¿Paula?
—¿Mmm?
—Me gustas —dice en un susurro, y por el ligero temblor en su voz, creo que sé lo que está diciendo en realidad. Siento las palabras como un cálido aliento sobre mi cuello, pero no se ha acercado. Ni siquiera me está tocando. Sus manos están sobre el mostrador detrás de él, en sus caderas.
Esta desnuda admisión es de alguna forma más íntima a un par de metros de distancia, sin la seguridad de los besos o de caras presionadas contra el cuello—. No quiero que te marches sin mí. Una mujer le pertenece a su marido, y su marido a ella. Siempre soy egoísta contigo, pidiéndote que te mudes aquí, que esperes hasta que mi carrera mejore para marcharte, pero ahí está.
Ahí está.
Aparto la vista y miro a mis pies descalzos en el suelo, dejando que el pesado latido de mi corazón se haga cargo de mis sentidos por un latido.
Me siento aliviada, aterrorizada… pero mayormente eufórica.
Dijo que no podría jugar la otra noche si lo decía en voz alta, y quizás es el mismo temor de nuevo, de que no podamos mantenerlo ligero y dejarlo ir en un par de semanas si alguno de nosotros dice amar.
—¿Crees que alguna vez podría —comienza después de un par de latidos en silencio, sus labios curvados por un lado en una sonrisa— gustarte?
Mi pecho se aprieta por la vulnerabilidad en su expresión.
Asiento, tragando lo que se siente una bola de bolos por mi garganta, antes de decir—: Tú ya me gustas.
Sus ojos arden con alivio, y las palabras caen en una larga y
desordenada secuencia. —Te conseguiré un nuevo anillo. Lo haremos todo de nuevo. Podemos buscar un nuevo piso con recuerdos que sean sólo nuestros…
Me río a través de un sollozo inesperado. —Me gusta este piso. Me gusta mi banda de oro. Me gustan los recuerdos fragmentados de nuestra boda. No necesito nada nuevo.
Inclina la cabeza y me sonríe, ese hoyuelo coqueteando
descaradamente, y es todo lo que toma. Estirando la mano, engancho un dedo en el cinturón de sus pantalones y tiro. —Ven aquí.
Pedro da los dos pasos, presionando la longitud de su cuerpo tan cerca del mío que tengo que alzar la barbilla para mirarlo.
—¿Entonces hemos terminado de hablar? —pregunta, sus manos deslizándose en mi cintura, apretándome.
—Sí.
—¿Qué te apetece hacer ahora? —Sus ojos se las arreglan para parecer divertidos y voraces.
Deslizo una mano entre nosotros y le palpo a través de sus
pantalones, queriendo sentirle venir a la vida bajo mi toque.
Pero ya está duro, y gruñe cuando le aprieto, sus ojos cerrándose. Sus manos se deslizan sobre mi pecho, alrededor de mis hombros y más arriba, ahuecando mi cuello.
El movimiento de su pulgar por mi labio inferior es como un disparo: el calor se propaga a través de mí y se convierte casi de inmediato en un hambre tan caliente, que mis piernas se debilitan. Abro la boca y lamo la yema de su pulgar hasta que lo desliza dentro y, con ojos oscurecidos, me observa chupar. En mi palma, se alarga aún más, contorsionándose.
Me orienta a la derecha, haciéndome caminar fuera de la cocina, pero se detiene después de unos pocos pasos, ahuecando mi cara para besarme. —¿Dilo otra vez?
Busco en sus ojos por su significado antes de entenderlo. —¿Qué me gustas?
Asiente y sonríe, sus ojos cerrándose mientras se inclina para lamer con la punta de su lengua mis labios. —Que te gusto. —Pedro me mira por debajo del pelo cayendo en su frente, alzando mi cabeza con su mano en mi mandíbula—. Déjame ver tu cuello. Enséñame toda esa piel hermosa.
Arqueo mi cuello y sus dedos rozan mi clavícula, fuerte pero
gentilmente.
Me desviste primero, sin demasiada prisa. Pero una vez que mi piel está expuesta al aire frío del piso y al calor de su atención, tiro de su camisa, hurgo su cinturón. Quiero mis manos sobre cada centímetro de él a la vez, pero siempre gravitan en torno a la suave expansión de su pecho.
Todo lo que encuentro sexy en el mundo, está aquí: La firme, cálida piel. El pesado latido de su corazón. Los agudos espasmos en su abdomen cuando rasguño sobre sus costillas con mis uñas cortas. La línea de suave vello que siempre tienta a mis manos a bajar.
Incluso en el pequeño piso, el dormitorio se siente muy lejos. Sus dedos se desvían por mi pecho, siguiendo más allá de mis pechos como si no fuera el lugar en el que pretenden estar. Sobre mi estómago y hacia abajo, pasando por donde espero que deslice dos dedos y juegue conmigo, En vez de eso, su mano se alisa en mi muslo, sus ojos mirando mi cara mientras sus dedos permanecen en mi cicatriz, en la piel que no es del todo sensible pero tampoco insensible.
—Es extraño, quizás, que me guste tu cicatriz tanto como lo hace.
Tengo que recordarme respirar.
—Pensaste que era la primera cosa que noté, pero no fue así. Ni siquiera le presté atención hasta la mitad de la noche, cuando finalmente te acostaste en la cama y te besé desde la punta del pie hasta tu cadera.
Tal vez la odies, pero yo no. Te la ganaste. Estoy maravillado de ti.
Se aleja ligeramente de mí para poder ponerse de rodillas, y sus dedos son sustituidos por sus labios y lengua, cálidos y húmedos contra mi piel. Dejo que mi boca se abra y mis ojos se cierren en un aleteo. Si no fuera por esta cicatriz, nunca habría estado aquí. Quizás nunca hubiera conocido a Pedro.
Su voz es ronca contra mi muslo. —Para mí, eres perfecta.
Me atrae con él al suelo, mi espalda en su frente, mis piernas entre las suyas. Al otro lado de la habitación, puedo ver nuestros reflejos en la oscura ventana, la forma en la que me veo extendida alrededor de sus muslos.
Me alimenta, sus dedos deslizándose de arriba a abajo por el pliegue de mi sexo, burlándose de penetrarme. En mi cuello, su boca chupa y lame hasta que está en mi mandíbula y giro la cabeza para que pueda besar mis labios, su lengua deslizándose dentro y acurrucándose con la mía.
Pedro empuja el dedo medio en mi interior y gimo, pero me continúa acariciando lentamente como si estuviera sintiendo cada centímetro de mí.
Liberando mi labio de entre sus dientes, pregunta. —Est-ce bon?
¿Es bueno? Que palabras tan diluidas por algo que sé que necesito.
La palabra bueno se siente tan vacía, tan plana, como el color blanco del papel.
Antes incluso de saber que he contestado, mi voz llena la habitación.
—Más. Por favor.
Desliza la otra mano por mi cuerpo hasta mi boca, empujando dos dedos dentro contra mi lengua y sacándolos, mojados. Pedro los pasa sobre mi pezón, dando vueltas al mismo ritmo de la mano entre mis piernas.
El mundo se reduce a estos dos puntos de sensaciones —en el pico de mi pecho y sus dedos en mi clítoris— y luego se reduce aún más hasta que todo lo que siento son círculos, humedad, calor y la vibración de sus palabras en mi piel. —Oh, Paula.
He estado indefensa antes: atrapada debajo de un coche, bajo el fuerte dominio de un instructor, quemada por el ardiente desdén de mi padre. Pero nunca así. Este tipo de indefensa es liberadora; así es como se siente cuando cada terminación nerviosa aumenta hasta la superficie y bebe de la sensación. Así es cómo se siente ser tocada por alguien en quien confío con mi cuerpo, con mi corazón.
Pero quiero sentirle dentro de mí cuando me haga pedazos, y mi liberación está demasiado cerca de la superficie.
Levanto las caderas, apoderándome de él, y bajo sobre su longitud hasta que ambos dejamos salir gemidos estremecedores.
Nos quedamos quietos por un par de segundos, mientras mi cuerpo se ajusta a él.
Me deslizo hacia delante y arriba. Atrás y abajo. Otra, y otra vez, cerrando los ojos sólo cuando su temblorosa voz —Sólo… por favor… rápido… más rápido, Paula —se rompe y desliza las manos al frente de mi cuerpo, hacia mi cuello. Su pulgar acaricia la delicada piel del hueco en mi garganta.
No debería ser tan fácil traerme de vuelta a este punto una y otra vez, pero cuando Pedro deja caer una mano en mi muslo, y la mueve entre mis piernas, sus anchos dedos haciendo círculos, su tranquila y sexy voz de sexo diciéndome cómo de bien se siente… No puedo detener a mi cuerpo de dárselo.
—C’est ça, c’est ça. —No necesito que lo traduzca. Eso es, dijo. Eso es él tocándome perfectamente, y mi cuerpo respondiendo justo como sabía que haría.
No sé en qué sensación enfocarme; es imposible sentir cada cosa a la vez. Sus dedos clavándose en mis caderas, su pesada longitud acariciándome desde dentro, la sensación de su boca en mi cuello chupando, chupando, chupando tan perfectamente hasta que ese pequeño destello de dolor en donde ha dejado una marca sale a la superficie.
Me siento como si estuviera tomando cada parte de mí: llenando mi visión con las cosas que está haciendo, metiendo la mano en mi pecho y haciendo que mi corazón lata tan fuerte y rápido que es terrorífico y emocionante a partes iguales.
Se empuja hacia arriba debajo de mí, moviéndonos hasta que estoy sobre mis manos y rodillas y ambos gemimos por la nueva profundidad, y la nueva visión en la ventana de él manteniéndome quieta por detrás. Sus manos se enrollan alrededor de mis caderas, su cabeza cae hacia atrás, y sus ojos se cierran cuando comienza a moverse. Es el retrato de la felicidad, la imagen del alivio. Cada músculo en su torso está flexionado y perlado con sudor, pero se las arregla para parecer más relajado de lo que jamás lo he visto, perezosamente empujándose dentro.
—Más fuerte —digo, mi voz gruesa y tranquila con necesidad.
Sus ojos se abren y una oscura sonrisa se extiende por su rostro.
Apretando los dedos sobre la carne alrededor de mis caderas, se adentra brutalmente en mí una vez, deteniéndose, y luego tomando un perfecto ritmo de castigo.
—Más fuerte.
Agarra mis caderas, inclinándolas, y gruñe por el esfuerzo mientras se empuja más profundo, golpeándome en un lugar que nunca supe que existía y haciéndome gritar, atrapada en un orgasmo tan repentino y abrumador que me parece perder el uso de mis brazos. Caigo sobre mis codos mientras Pedro me sostiene por las caderas, allanándome
rítmicamente, su voz saliendo en profundos gruñidos afilados.
—Paula —gruñe, quedándose quieto detrás de mí y temblando mientras se viene.
Colapso, sin huesos, y me atrapa, acunando mi cabeza en su pecho.
Con mi oído presionado contra él, puedo escuchar el fuerte latido vital de su corazón.
Pedro me rueda sobre mi espalda, cuidadosamente deslizándose de nuevo en mí como siempre parece hacer, incluso cuando hemos terminado, y observa mi cara con sus claros y serios ojos.
—¿Se sintió bien? —pregunta en voz baja.
Asiento.
—¿Te gusto?
—Sí.
Nuestras caderas se mecen juntas lentamente, intentando
mantenerlo.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
CAPITULO 52
No es que ya no pensase en Pedro una cantidad de tiempo
considerable, pero después de anoche no he podido parar de pensar en él. Mientras estoy sentada en el exterior del café, la tarde siguiente con Simone, estoy tentada de ver si puedo lograr que haga novillos conmigo mañana, o tal vez que se pase y verlo esta noche, para variar. Ser una eterna turista solitaria está haciéndose aburrido, pero mantenerme ocupada es una alternativa mucho mejor que estar sola con mis pensamientos todo el día, con el ruidoso tic tac del reloj marcando la cuenta regresiva en el fondo de mi mente.
—Hoy fue tan malditamente largo —se queja, dejando las llaves en el bolso antes de escarbar en él. Busca su infaltable cigarrillo de vapor, supongo. Estar con Gruesimone es un consuelo paradójico, es tan desagradable, pero me hace amar a Helena y a Lola incluso más, y verlas es la única cosa que estoy deseando cuando regrese a casa. Simone se detiene, sus ojos se iluminan cuando encuentra el conocido cilindro oscuro en uno de los compartimientos interiores.
—Mierda, al fin —dice, y lo lleva a su boca antes de fruncir el ceño—. Maldición. Coño. A la mierda, ¿dónde están mis cigarrillos?
Nunca me he sentido más holgazana en mi vida, pero ni siquiera me importa. Cada vez que considero organizarme para regresar a casa, mi mente se aleja, distraída por la hermosa y vibrante vida justo delante de mí. La vida es mucho mejor donde puedo fingir que el dinero no tiene fin, donde no necesito de verdad ir al colegio, y es fácil silenciar las voces insistentes en el fondo de mi mente diciéndome que necesito ser un miembro productivo de la sociedad.
Solo un par de días más, me sigo diciendo. Me preocuparé por ello en un par de días más.
Gruesimone toma un arrugado paquete de cigarrillos y un
encendedor plateado de su bolso. Lo enciende a mi lado, gimiendo mientras inhala como si ese cigarrillo fuera mejor que pastel de chocolate y todos los orgasmos combinados. Por un momento, realmente considero comenzar a fumar.
Toma otra larga calada, la punta ardiendo naranja en la tenue luz.
—¿Entonces cuando te vas de nuevo? ¿En tres semanas? Juro por Dios que quiero tu vida. Vivir en París solo para tonterías y diversión por un verano completo.
Sonrió y miro más allá de ella mientras me inclino hacia atrás, apenas capaz de ver su rostro a través de la columna de humo amargo. Trato de vocalizar las palabras solo para medir, para ver si todavía se escuchan con el mismo sentimiento de pánico—: Comienzo la escuela de Negocios en el otoño. —Cierro mis ojos por un momento y respiro. Sí, se oyen así.
Postes de luz saltan a la vida por toda la calle, rayos de luz bañan las aceras. Por encima del hombro de Simone, veo un forma familiar aparecer: alta y delgada, caderas estrechas contradichas por hombros amplios y fuertes. Por un momento me acuerdo de la noche pasada, mis manos agarrando su estrecha cintura mientras se movía sobre mí, su dulce expresión cuando preguntó si podía ser suave. De hecho envuelvo los dedos alrededor de la mesa para tranquilizarme.
Pedro levanta la mirada cuando se acerca a la esquina,
apresurando el paso cuando me ve.
—Hola —dice, inclinándose y posando un largo beso en cada una de mis mejillas. Demonios, amo Francia.
Inconsciente a los ojos amplios de Simone o a su expresión boquiabierta, se retira lo suficiente para sonreír antes de besarme de nuevo, esta vez en la boca.
—Saliste temprano —murmuro en otro beso.
—Me es más difícil trabajar hasta tarde estos días —dice con una pequeña sonrisa—. Me pregunto por qué.
Me encojo, riendo.
—¿Puedo llevarte a cenar? —pregunta, poniéndome de pie y entrelazando los dedos con los míos.
—Hola —dice Simone, acompañada por el sonido de sus tacones de aguja moviéndose en la acerca, y finalmente, la mira.
—Soy Pedro —Le da el habitual beso en cada mejilla, y estoy más que un poco complacida de ver su expresión hecha polvo cuando se aleja rápidamente.
—Pedro es mi esposo —añado, recompensada con una sonrisa en el rostro de Pedro que podría encender cada semáforo en Rue St. Honoré—.Esta es Simone.
—Esposo —repite, y parpadea rápidamente como si estuviera mirándome por primera vez. Sus ojos regresan a Pedro, recorriéndolo casi descaradamente con la mirada.
Está evidentemente impresionada. Con una sacudida de cabeza, se cuelga su gran bolso sobre su hombro, antes
de decir algo acerca de una fiesta a la que llegará tarde y arroja un bien hecho en mi dirección.
—Fue agradable —dice Pedro, observándola macharse.
—No lo es, realmente —digo, con una carcajada—. Pero algo me dice que podría serlo ahora.
Después de solo unas pocas cuadras de caminar en un agradable silencio, giramos en una calle que es estrecha incluso para los estándares de Paris. Como la mayoría de los restaurantes en este vecindario, la parte delantera de la tienda es angosta y está resguardada por un gran toldo naranja y marrón, la palabra Ripaille escrita en él. Es todo paneles de color pastel, pizarras garabateadas con el especial del día, y una larga y delgada ventana que arroja sombras intermitentes en las empedradas calles de afuera.
Pedro sostiene la puerta abierta para mí y lo sigo dentro,
rápidamente nos recibe un hombre alto y muy delgado con una sonrisa de bienvenida. El restaurante es pequeño pero acogedor, y tiene aroma a menta, a ajo y a algo oscuro y delicioso que no puedo identificar inmediatamente. Un puñado de pequeñas mesas y sillas llena la sola habitación.
—Bonsoir. Une table pour deux?28 —dice el hombre, buscando en una pila de menús.
—Oui29 —digo, y atrapo la sonrisa orgullosa de Pedro, un hoyuelo profundo presente en respuesta. Nos conduce a una mesa cerca de la parte trasera y Pedro espera que tome asiento antes de hacerlo él—. Merci.
Aparentemente mi comprensión de dos de las palabras más básicas en francés es increíble porque, asumiendo que tengo fluidez, el mesero se zambulle en el especial del día.
Pedro llama mi atención y le doy un pequeño, apenas perceptible sacudón de cabeza, más que feliz de escuchar mientras me lo explique después. Pedro le hace un par de preguntas, y observo en silencio, preguntándome si escucharlo hablar, observar sus ademanes, o demonios, hacer casi cualquiera cosa, jamás dejarán de estar enlistados con alguna de las cosas más sexys que he visto
nunca.
Jesús, estoy hasta el cuello.
Cuando el mesero se marcha, Pedro se inclina sobre la mesa, señalando los diferentes puntos con sus grandes y agraciadas manos, y tengo que parpadear varias veces y recordarme de prestar atención.
Los menús siempre han sido la cosa más difícil de manejar para mí.
Hay un par de cosas que son de ayuda: boeuf/res, veau/cocina, carnard/pato, y poisson es pescado (no estoy ni un poco avergonzada de decir que sabía esa por ver incontables veces La Sirenita), pero como se preparan las cosas o los nombres de varias salsas o vegetales son todavía cosas con las que necesito ayuda en la mayoría de los restaurantes.
—El especial es sopa de langostino, lo que es… —Se detiene, frunce el ceño, y levanta la mirada hacia el cielo raso—. Uhh… ¿Son crustáceos?
Sonrío. Solo el Señor sabe por qué encuentro su rostro confundido tan adorable. —¿Langosta?
—Sí, langosta —dice, con un asentimiento de satisfacción—. Sopa de langosta con menta, servida con una pequeña pizza al lado. Muy crujiente con langosta y tomates secos. También hay le boeuf…
—La sopa —decido.
—¿No quieres escuchar los otros?
—¿Crees que hay algo mejor que sopa con pizza y langosta? —Me detengo, comenzando a comprender—. ¿A menos que eso signifique que no puedes besarme?
—Está bien —dice, sacudiendo su mano—. Todavía puedo besarte sin sentido.
—Entonces eso es. Sopa.
—Perfecto. Creo que tomaré el pescado —dice.
El mesero regresa y ambos, él y Pedro escuchan pacientemente mientras insisto en ordenar mi propia cena, y un plato simple de vegetales a la vinagreta. Con una sonrisa que no logra esconder, Pedro ordena su comida y una copa de vino para cada uno y se sienta de nuevo, extendiendo un brazo sobre el respaldo de la silla vacía a su lado.
—Mira, ni siquiera me necesitas —dice.
—¡Por favor! ¿De qué otro modo sabría cómo preguntar por el consolador grande? Quiero decir, esa es una diferencia realmente importante.
Pedro vocifera una carcajada, sus ojos se amplían con sorpresa, sus manos vuelvan a su boca para sofocar el sonido. Un par de los otros comensales se giran en nuestra dirección, pero a nadie parece haberle importado su arrebato.
—Eres una mala influencia —dice una vez tranquilo, y busca su copa de vino.
—¿Yo? No soy la que dejó la traducción de consolador en una nota una mañana, el que esté libre de pecado, Hoyuelos.
—Pero si encontraste la tienda de disfraces —dice por encima de la copa—. Y debo decir que te lo debo eternamente por eso.
Siento mi rostro encenderse bajo su mirada, bajo el significado implícito de sus palabras. —Cierto —admito en un susurro.
Nuestra comida llega y más allá del ocasional gemido de
satisfacción o intento de soportar a los niños del chef, estamos mayormente en silencio mientras comemos.
Los platos vacíos son retirados y Ansel ordena postre para que lo compartamos: fondant au chocolat —lo que se parece mucho a una versión elegante del pastel lava de chocolate que comimos en casa— servido cálido con helado de vainilla y pimienta. Pedro gime en su cucharilla.
—Es un poco obsceno observarte comer eso —digo. Al otro lado de la mesa, cierra sus ojos haciendo sonidos de satisfacción con la cucharilla en la boca.
—Es mi favorito —dice—. A pesar de que no es tan bueno como que mi madre me hace cuando la visito.
—Siempre olvido que dijiste que fue a la escuela culinaria. De hecho no puedo pensar en un postre que mi mama no comprara de la tienda. Es lo que me gusta llamar domestica-ligera.
—Un día cuando te visite en Boston conduciremos a su pastelería en Bridgeport y te hará cualquiera cosa que quieras.
Prácticamente puedo escuchar los conocidos sonidos de un freno chillando en nuestros pensamientos. Una barrera diferente se acaba de levantar en la conversación, y se mantiene ahí, parpadeando odiosamente e incapaz de ser ignorada.
—¿Tienes dos semanas más aquí? —pregunta—. ¿Tres?
La frase podrías pedirme que me quedara estalla en mi cabeza antes de que pueda detenerla porque esa es —no— realmente es la peor idea, alguna vez.
Mantengo la cabeza gacha, los ojos en el plato entre nosotros, revolviendo salsa de chocolate en un charco de helado de vainilla derretido. —Creo que probablemente deba irme en dos. Necesito encontrar un apartamento, registrarme para las clases… —Llamar a mi padre, pienso. Encontrar un trabajo. Construir una vida. Hacer amigos.
Decidir lo que quiero hacer con mi título. Tratar de encontrar una manera de ser feliz con esta decisión. Contar los segundos hasta que vengas a verme.
—Aunque no quieres hacerlo.
—No —digo inexpresivamente—. No quiero pasar los próximos dos años de mi vida en la escuela para poder ir a una oficina que odio con persona que preferirían estar en cualquier lugar menos en donde están y mirar las cuatro paredes de la sala de conferencias algún día.
—Esa fue una descripción bastante profunda —señala—. Pero creo que tu impresión de la escuela de negocios es tal vez un poco… errónea.No tienes que terminar en esa vida si no quieres escogerla.
Bajo mi cucharilla y me recuesto en la silla. —Viví con el hombre de negocios más dedicado del mundo toda mi vida, y he conocido a todos sus colegas y a la mayoría de los colegas de ellos. Estoy aterrada de convertirme en lo que son.
La factura llega y Pedro la alcanza, casi golpeando mi mano. Le frunzo el ceño —puedo llevar a mi… esposo a cenar— pero me ignora, continuando donde lo dejó.
—No cada hombre o mujer de negocios es como tu padre.
Simplemente creo que tal vez deberías… considerar otros usos para tu
título. No tienes que seguir su camino.
El camino a casa es silencioso, y sé que es porque no he respondido a lo que ha dicho y no quiere presionarme. No está equivocado; las personas utilizan el diploma de negocios para toda clase de cosas interesantes. El problema es que todavía no sé lo que es interesante para mí.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —pregunto.
Hace un sonido, bajando la mirada en mi dirección.
—Aceptaste el trabajo en la firma a pesar de que no es realmente lo que quieres hacer.
Asintiendo, espera a que termine.
—En realidad no te gusta tu trabajo.
—No.
—¿Entonces cuál es tu trabajo soñado?
—Enseñar —dice, encogiéndose—. Creo que leyes corporativas es fascinante. Pienso que leyes en general es fascinante. Como organizamos la moral y la vaga nube de la ética en reglas, y especialmente como construimos estas cosas cuando nuevas tecnologías aparecen. Pero no seré un buen profesor a menos de que haya practicado, y después de esta posición, podré encontrar un puesto en alguna facultad cercana en cualquier lugar.
Pedro sostiene mi mano durante el par de cuadras hasta nuestro apartamento, deteniéndose una o dos veces para llevar mis dedos a sus labios y besarlos. Los focos de una vespa en movimiento ilumina el oro de su alianza de bodas, y siento mi estómago contraerse, un sentimiento de temor asentándose pesadamente ahí. No es que no quiera quedarme en París —amo este lugar— pero no puedo negar que extraño la familiaridad de mi hogar, hablar con las personas en un idioma que entiendo, mis amigos, el océano. Sin embargo estoy comenzando a darme cuenta de que tampoco quiero dejarlo.
Insiste en que entremos en el pequeño puesto de la esquina por un café. Me he ido acostumbrando a los que los europeos llaman café — intenso, pequeñas porciones del espresso más delicioso— y además de Pedro, estoy segura de que esta la única cosa que más extrañaré de la ciudad.
Nos sentamos en una pequeña mesa en el exterior y debajo de las estrellas. Pedro desliza su silla tan cerca de la mía que su brazo no tiene otro lugar para apoyarse más que en mi hombros.
—¿Quieres conocer a un par de mis amigos esta semana? — pregunta.
Lo miro sorprendida. —¿Qué?
—Christophe y Marie, dos de mis amigos más antiguos, harán una cena de celebración por su nueva promoción. Ella trabaja para una de las firmas más grandes de mi edificio, y pensé que tal vez te gustaría venir. Les encantaría conocer a mi esposa.
—Suena bien. —Asiento, sonriendo—. He estado esperando conocer a algunos de tus amigos.
—Me doy cuenta de que debería haber hecho esto antes pero… admito que fui egoísta. Tenemos tan poco tiempo juntos y no quería compartirlo con nadie más.
—Has estado trabajando —digo en un suspiro, cuando básicamente repite mi conversación con Helena.
Alcanza mi mano, besa la parte posterior de mis nudillos, mi anillo, antes de girar los dedos en los míos. —Quiero exhibirte.
De acuerdo. Conocer a sus amigos. Ser presentada como su esposa.
Esta es la vida real. Esto es lo que las parejas casadas hacen. —De acuerdo —digo de forma poco convincente—. Suena divertido.
Sonríe y se inclina hacia adelante, dejando un beso en mis labios. — Gracias, Sra. Alfonso. —Y guau, el hoyuelo, también. Estoy frita.
La camarera se detiene en nuestra mesa y me recuesto en mi asiento mientras Pedro ordena nuestro café. Hay un grupo de chicas jóvenes —alrededor de ocho o nueve años— bailándole a un hombre que toca su guitarra afuera. Sus risas revolotean entre los estrechos edificios, por encima del sonido de los coches ocasionales o de la fuente salpicando en el otro lado de la calle.
Una de ellas gira y pierde el equilibrio, aterrizando justo sobre la pequeña mesa en la que estamos sentados.
—¿Estás bien? —le pregunto, agachándome para ayudarla.
—Oui —dice, sacudiendo la suciedad de la parte delante de su vestido a cuadros. Su amiga cruza hasta nosotros, y a pesar de que no estoy segura de lo que dice, la manera en que extiende sus brazos hacia los lados, y habla en un tono de reprimenda, creo que le está diciendo que hizo su giro mal.
—¿Estás tratando de girar? —pregunto, pero no responde,
solamente me observa con una expresión confundida—. Pirouette?
Con eso comprende. —Oui —dice, con emoción—. Pirouette. Tourner.
—Girar —ofrece Pedro.
Endereza sus brazos a su lado, apuntando a sus pies, y gira, tan rápido que casi se cae de nuevo.
—Guau —digo, ambos riéndonos mientras la atrapo—. Tal vez si tu… um. —Enderezándome, palmeo mi estómago—. Ténsalo.
Me giro en dirección a Pedro, quien traduce. —Contracte tes
abdominaux30. —La pequeñita hace una cara de concentración, una que solo puedo imaginar que significa que está contrayendo los músculos de su estómago.
Más de las chicas se han reunido para escuchar y entonces me tomo un segundo, moviéndolas de modo que tendrán mayor espacio. — Cuarta posición —digo, elevando cuatro dedos. Señalo mi pie izquierdo hacia afuera, el derecho justo a su lado y detrás—. Brazos arriba, uno al costado, uno al frente. Bien. Ahora ¿plié31? ¿Inclinarse? —Cada una se inclina las rodillas y asiento, sutilmente guiando su postura—. ¡Sí! ¡Bien! — Señalo a mis ojos y luego a un punto en la distancia, parcialmente consciente de la traducción de Pedro detrás de mí.
—Tienen que focalizar. Encontrar un lugar y no alejar la mirada. De modo que cuando giren… —Me enderezo, inclino las rodillas, y luego empujo hacia arriba sobre la planta del pie antes de girar, aterrizando en plié—, regresen a donde comenzaron. —Es un movimiento tan familiar, uno que no he sentido a mi cuerpo hacer por tanto tiempo que casi extraño el sonido de celebración, el más fuerte viniendo de Pedro. Las chicas están prácticamente atolondradas y haciendo giros, animándose una a la otra y pidiéndome ayuda.
Se está haciendo tarde y finalmente, las chicas tienen que irse. Pedro toma mi mano, sonriendo, y miro por encima de mi hombro mientras nos alejamos. Podría haberlas observado toda la noche.
—Eso fue divertido —dice.
Le miro, aun sonriendo. —¿Qué parte?
—Verte bailar así.
—Eso fue una vez, Pedro.
—Podría ser la única cosa más sexy que he visto nunca. Eso es lo que deberías estar haciendo.
Suspiro. —Pedro…
—Algunas personas van a la escuela de negocios y actúan en salas de cine o restaurantes. Algunos son dueños de su propia panadería, o de su estudio de baile.
—Tú no, también. —He oído esto antes, de Lorelei, de toda la familia de Helena—. No sé nada sobre eso.acabamos de venir. —Discrepo respetuosamente.
—Esas cosas cuestan dinero. Odio gastar el dinero de mi padre.
—¿Entonces porque aceptas su dinero si lo odias? —pregunta.
Le lanzo la misma pregunta. —¿No aceptas tú dinero de tu padre?
—Sí —admite—. Pero decidí hace mucho que es la única cosa buena que tiene. Y hace unos años, cuando tenía tu edad, no quería que mi madre se sintiera como si necesitara mantenerme.
—No tengo suficiente dinero para vivir en Boston sin su ayuda —le digo—. Y supongo que en cierto modo… me siento como si me debiera esto, ya que al final estoy haciendo lo que él quiere.
—Pero si estuvieras haciendo lo que tú quieres…
—No es lo que quiero.
Nos hace detenernos y levanta una mano, ni siquiera perturbado en lo más mínimo por el peso de esta conversación. —Lo sé. Y no me emociona realmente la idea de que me dejes pronto. Pero dejando eso de lado, si fueras a la escuela e hicieras algo de lo que tú quieres hacer con ello, harías la decisión tuya, no de él.
Suspiro, mirando de regreso la calle.
—Sólo porque no puedas bailar profesionalmente no significa que tengas que dejar de bailar para ganarte la vida. Encuentra el punto en la distancia y no mires a otro lado, ¿no es eso lo que les dijiste a las chicas? ¿Cuál es tu ―punto? ¿Encontrar una forma de mantener el baile en tu vida?
Parpadeo, de vuelta a la manzana donde las niñas aún están girando y riéndose. Su punto es enseñar la ley. No le ha quitado los ojos de encima a su punto desde que empezó.
—Vale, entonces. —Parece tomar mi silencio como un acuerdo pasivo—. ¿Entrenas para ser maestro? ¿O aprendes para manejar tu propio negocio? Son dos caminos diferentes.
La idea de tener un estudio de baile hace que una reacción en guerra estalle en mi vientre: euforia, y temor. Apenas puedo imaginarme nada más divertido, pero nada cortaría la relación con mi familia más a fondo que eso.
—Pedro —digo, negando—. Incluso si quisiera mi propio estudio, sigue siendo sobre cómo empezar. Iba a pagarme mi apartamento durante dos años mientras obtuviera mi título. Ahora no me habla y no hay forma de hacerle subir a bordo con ese plan. Hay algo en el baile para él… Es como si no le gustara en un nivel visceral. Me estoy dando cuenta de que, haga lo que haga, tendré que hacerlo funcionar sin su ayuda. —Cierro los ojos y trago con dificultad. Me he tomado unas vacaciones tan profundas de la realidad de mi futuro que ya estoy exhausta después de sólo esta pequeña discusión—. Me alegra haber venido. En algunos aspectos es la mejor decisión que he tomado. Pero hace las cosas más complicadas en otros, también.
Se aparta, me estudia. Me encanta el Pedro juguetón, el que me guiña un ojo a través del cuarto sin razón, o le habla cariñosamente a mis muslos y pechos. Pero creo que podría amar a este Pedro, el único que parece realmente querer lo mejor para mí, el que es con certeza lo suficientemente valiente por los dos. —Estás casada, ¿no? —pregunta—.
¿Tienes un marido?
—Sí.
—Un marido que tiene una buena vida ahora.
Me encojo de hombros y aparto la vista. Hablar de dinero es
sumamente incómodo.
Tan juguetón y tontorrón como puede ser a veces, no hay nada más que sinceridad en su voz cuando pregunta—: ¿Entonces por qué necesitarías depender de tu padre para hacer lo que tú quieres?
28 Buenas noches. ¿Una mesa para dos?
29 Sí.
30 Contrae tus abdominales
31 Posición de ballet. Se hacen en la barra en las cinco posiciones de pies. De pie
coloca las piernas rectas, las caderas y hombros equilibrados y el cuerpo erguido.
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