sábado, 1 de noviembre de 2014
CAPITULO 26
Despierto al sentir unos labios presionarse con cuidado en mi frente, y fuerzo a mis ojos a abrirse.
El cielo justo encima de mí no una ilusión que haya imaginado durante toda la semana. El dormitorio de Pedro está en el piso más alto del edificio de apartamentos, y un tragaluz sobre la cama deja entrar el sol de la mañana. Se enrosca a través del reposa pies, brillante, pero aún no caliente.
La pared del fondo se inclina hacia abajo desde el techo de unos cinco metros, y a lo largo de la pared baja de su dormitorio hay dos puertas francesas que Pedro ha dejado abiertas, dan a un pequeño balcón. Una cálida brisa se mueve por la sala, llevando los sonidos de la calle.
Giro la cabeza, mi cuello tieso protesta.
—Hola. —Mi voz suena como un papel de lija frotado sobre metal.
Su sonrisa hace que mi pecho haga la cosa de revolotear, saltando.
—Me alegro de que la fiebre cediera.
Me quejo, cubriéndome los ojos con una mano temblorosa mientras el recuerdo de los últimos días vuelve a mí. Vomitar por todas partes, incluso sobre mí misma. Pedro llevándome a la ducha para limpiarme, y luego para tranquilizarme. —Oh, Dios mío —murmuro—. Y la mortificación se establece.
Se ríe en silencio en otro beso, esta vez a mi sien. —Me preocupé.Estabas muy enferma.
—¿Hay alguna superficie de tu apartamento que se mantuvo al margen de mi vómito?
Levanta el mentón, los ojos brillando con diversión, y asiente con la cabeza hacia la esquina. —Ahí, al otro lado de la habitación todo está limpio.
Cubro mi cara de nuevo, mis disculpas amortiguadas por mi mano.
—Cerise —dice, extendiendo la mano para tocar mi rostro.
Instintivamente me encojo, sintiéndome repugnante. Inmediatamente quiero corregir el destello de dolor en sus ojos, pero se aclara antes de que esté segura de que estuvo realmente allí—. Hoy tengo que trabajar — dice—. Quiero explicarme, antes de irme.
—Está bien. —Esto suena amenazador, y me tomo un momento para bajar la mirada de su rostro. Lleva una camisa de vestir. Después de un rápido cálculo mental, me doy cuenta de que siente la necesidad de explicarse porque es sábado.
—Cuando corrí a la oficina el jueves para tomar algunos archivos para traer a casa, la socia principal con la que trabajo más cercanamente vio mi anillo de boda. Ella estaba... disgustada.
Mi estómago cae, y este es el momento en que la realidad de lo que estamos haciendo me golpea como una ola enorme. Si, me invitó a venir aquí, pero yo me estrellé directamente dentro de su vida. Una vez más, me recuerda lo poco que sé de él. —¿Están ustedes dos... involucrados?
Se congela, mirándome ligeramente horrorizado. —Oh, no. Dios, no.
—Sus ojos verdes se estrechan mientras me estudia—. ¿Crees que me habría acostado contigo, casado contigo, y te habría invitado aquí si tuviera una novia?
Mi risa al responder sale más como una tos. —Supongo que no, lo siento.
—He sido su pequeño esclavo estos últimos meses —explica—. Y ahora que estoy casado, está convencida de que perderé el enfoque.
Me estremezco. Lo que hemos hecho es tan imprudente.
Tan estúpido. No sólo él está casado ahora, pronto también estará divorciado.
¿Por qué no se molestó en ocultar nuestro percance de Las Vegas en su trabajo? ¿Se acerca a cualquier cosa con precaución? —No necesito que cambies tu horario de trabajo mientras estoy aquí.
Ya está sacudiendo la cabeza. —Sólo tengo que trabajar este fin de semana. Esto estará bien. Superará su pánico. Creo que se acostumbró a tenerme en la oficina cuando quisiera.
Apuesto a que sí. Siento mi ceño profundizarse mientras lo observo, y no estoy tan débil si una ola caliente de celos no se desliza por mi torrente sanguíneo. Con la luz del sol filtrándose desde el techo, iluminando los ángulos agudos de su mandíbula y sus pómulos, estoy sorprendida de nuevo por lo increíble que es su rostro.
Continúa—: Ya casi termino con este enorme caso, y entonces tendré más flexibilidad. Siento no estar realmente aquí para tu primer fin de semana.
Dios, esto es tan, tan raro.
Hago un gesto con mi mano, restándole importancia, incapaz de decirle algo más que—: Por favor, no te preocupes. —Ha estado prácticamente sirviéndome desde que llegué, y la mortificación y la culpa se unen en una mezcla de ácido en mi estómago. Por lo que sé, ha visto lo suficiente de mí en mi peor momento para sacarlo de este juego que estamos jugando. No estaría sorprendida si, después de haberme recuperado totalmente, me sugiriera algunos hoteles donde podría encontrar apropiado pasar el resto de mi estancia.
Qué horrible comienzo para nuestro... lo que sea que esto es.
Dado que las oportunidades eventualmente podrían ser limitadas,cuando cruza la habitación, me lo como con una mirada ardiente. Es tan largo y delgado, pero musculoso.
Los trajes se hicieron exactamente para su tipo de cuerpo.
Su cabello castaño claro está peinado cuidadosamente
fuera de su cara, su cuello bronceado desaparece bajo el cuello de su camisa. Ya no se ve como el hombre casual y juguetón que conocí en Las Vegas; se parece a un joven abogado rudo y es eminentemente más follable. ¿Cómo es eso posible?
Me levanto sobre un codo, esperando recordar con nitidez lo que se siente pasar mi lengua por su barbilla y sobre su manzana de Adán. Quiero recordarlo desquiciado y desesperado, despeinado y sudoroso, así puedo disfrutar sabiendo que las mujeres que lo vean hoy sólo verán su lado completamente vestido y común.
Los pantalones son de un color azul profundo, la camisa de un blanco reluciente, y se pone frente a un espejo pequeño, anudando una hermosa corbata de seda azul con verde.
—Come algo hoy, ¿sí? —dice, alisando el frente con su mano antes de alcanzar una chaqueta azul de traje colgada en un pequeño perchero en la esquina.
Por una vez, quiero ser la mujer que se pone sobre sus rodillas, le hace señas a la cama, y finge que la corbata debe ser arreglada antes de usarla para tirar de él hacia la cama.
Desafortunadamente para este plan de seducción, yo ya estaba delgada, pero ahora me siento esquelética. Mis piernas están temblorosas y débiles cuando salgo de la cama. No sexi. Ni siquiera un poco. Y antes de que me dé un baño, antes de acercarme a un espejo, y definitivamente antes de intentar seducir a este ardiente esposo/extraño/tipo con el que me gustaría estar desnuda otra vez, necesito comer algo. Huelo pan, y fruta, y el dulce néctar de los dioses: no he tomado café en días.
Pedro retrocede, y sus ojos hacen un recorrido por mi cara y por todo mi cuerpo, oculto a la mitad del muslo debajo de una de sus camisetas. Al parecer, olvidé empacar un pijama.
Confirma mi sospecha de que me luzco como un muerto apenas caliente cuando dice—: Hay comida en la cocina.
Asiento y me aferro a las solapas de su chaqueta, necesitando que se quede sólo un segundo más. Aparte de Pedro, no conozco a nadie aquí,y apenas he sido capaz de procesar mi decisión de abordar ese avión hace cuatro días. Me sorprende con una confusa mezcla de euforia y pánico. —Esta es la situación más extraña de mi vida.
Su risa es profunda, y se inclina por lo que retumba más allá de mi oído mientras besa mi cuello. —Lo sé. Es fácil de hacer, más difícil seguir adelante. Pero está bien, ¿de acuerdo, Paula?
Bueno, eso fue críptico.
Cuando lo dejo ir, se gira para poner su computadora en un maletín de mensajero de cuero. Lo sigo fuera de la habitación, congelándome mientras lo veo agarrar un casco de motocicleta de donde descansaba sobre una mesa cerca de la puerta.
—¿Conduces una motocicleta? —pregunto.
Su sonrisa se extiende desde un lado de su cara hacia el otro mientras asiente, lentamente. He visto cómo los autos pasan en esta ciudad. Realmente no estoy tan segura de que vaya a volver en una pieza.
—No pongas esa cara —dice, sus labios haciendo un puchero mientras habla en voz baja, y luego curvándose en una sonrisa quita bragas—. Una vez que montes conmigo, nunca te meterás en un coche de nuevo.
Nunca he estado sobre una moto en mi vida, nunca quise, y he renunciado a los vehículos de dos ruedas para siempre en general. Pero hubo algo en la forma en que lo dijo, la forma en que puso cómodamente el casco bajo el brazo y enganchó el maletín por encima del hombro, que me hace pensar que tal vez tiene razón. Con un guiño, se da vuelta y se va. La puerta se cierra con un silencioso clic mecánico.
Y eso es todo. He estado en una nube de gripe estomacal por varios días, y ahora que estoy mejor, Pedro se ha ido y no son ni siquiera las ocho de la mañana.
CAPITULO 25
La doctora es más joven de lo que esperaba: una mujer de unos treinta años con una sonrisa serena y una reconfortante habilidad con el contacto visual. Mientras una enfermera toma mis signos vitales, la doctora le habla a Pedro y, presumiblemente, él explica lo que está pasando conmigo. Puedo entender sólo cuando dice mi nombre, pero por lo demás tengo que confiar en que está transmitiendo todo con precisión. Me imagino que es algo así como: ―¡El sexo fue genial y luego nos casamos y ahora ella está aquí! ¡Ayúdeme! No dejará de vomitar, es increíblemente raro. Su nombre es PAULA CHAVES . ¿Hay un servicio por el cual enviamos chicas americanas rebeldes de regreso a Estados Unidos? ¡Merci8!‖
En cuanto a mí, la doctora me hace algunas preguntas básicas en un inglés incierto. —¿Cuáles son los síntomas?
—Fiebre —digo—. Y no puedo retener ningún alimento.
—¿Cuál es su más alta, eh… temperatura antes de venir aquí?
Me encojo de hombros, mirando a Pedro. Él dice—: Environ, ah, ¿trente-neuf? ¿Trente-neuf et demi?9 —Me río, no porque tenga alguna idea de lo que acaba de decir, sino porque todavía no tengo idea de cuál es mi temperatura.
—¿Es posible que estés embarazada?
—Mmm —digo, y ambos, Pedro y yo nos reímos—. No.
—¿Te importa si hacemos un examen y tomo un poco de sangre?
—¿Para ver si estoy embarazada?
—No —aclara con una sonrisa—. Para pruebas.
Me detengo en seco cuando dice esto, mi pulso late en una carrera de velocidad. —¿Cree que tengo algo para lo que se necesita una prueba de sangre?
Sacude la cabeza, sonriendo. —Lo siento, no, estoy pensando que sólo tienes un virus estomacal. La sangre es… ah… —Busca la palabra durante varios segundos antes de mirar a Pedro por ayuda—. ¿Çan’a aucun rapport?
—No tiene nada que ver —traduce—. Pensé… —empieza y luego le sonríe a la doctora. Miro boquiabierta esta versión tímida de Pedro—. Pensé que ya que ya estamos aquí, podemos hacer las pruebas estándar para, ah… sexualmente....
—Oh —murmuro, entendiendo—. Sí.
—¿Está bien? —pregunta él—. Hará mis pruebas al mismo tiempo.
No estoy segura de lo que me sorprende más: que parezca nervioso por mi respuesta o que le esté pidiendo al médico hacernos las pruebas de enfermedades de transmisión sexual en caso de que algún día deje de vomitar y, de hecho, tengamos sexo de nuevo. Asiento, aturdida, y extiendo mi brazo cuando la enfermera saca una tira de goma para atar abajo de mi bíceps. Si esto fuera cualquier otro día y yo no acabara de vomitar hasta la mitad de mi peso, estoy segura de que tendría algo inteligente que decir.
¿Pero en este momento? Probablemente le habría prometido a ella mi primogénito si pudiera aliviar mi estómago sólo por diez benditos minutos.
—¿Está en control de natalidad o le gustaría empezar? —pregunta la doctora, parpadeando de su gráfica hacia mí.
—Píldora. —Puedo sentir a Pedro observándome de perfil y me pregunto si un rubor se ve en la piel tan verde como el mío.
8 Gracias.
9 Aproximadamente, ¿treinta y nueve? ¿Treinta y nueve y medio?
viernes, 31 de octubre de 2014
CAPITULO 24
Despierto por la mañana a una hora brillante y desconocida.
En el exterior hay pájaros, voces y camiones. Huelo pan y café, y mi estómago se aprieta, protestando rápidamente que todavía no estoy lista para comer. Y tan pronto como me acuerdo del día anterior, una ola de calor cubre mi piel; si se trata de la vergüenza o la fiebre, no tengo ni idea. Me saco las mantas y veo que estoy vestida sólo con una de sus camisetas y mi ropa interior.
Y entonces, escucho a Pedro en la otra habitación, hablando inglés.
—Está durmiendo —dice—. Ha estado muy enferma, este último día.
Me incorporo en respuesta a las palabras, pero estoy más sedienta de lo que nunca he estado en mi vida. Agarro el vaso de agua en la mesita de noche, lo llevo a mis labios, bebiéndola en cuatro tragos largos y agradecidos.
—Por supuesto —dice, más cerca ahora. Está justo al otro lado de la puerta—, sólo un momento.
Sus pies entran silenciosamente en la habitación y cuando ve que estoy despierta, su cara cambia del alivio a la incertidumbre, y luego al lamento. —De hecho, ya está despierta —dice en el teléfono—. Aquí está.
Es mi teléfono el que está entregándome, y la pantalla dice que mi padre está en la línea. Pedro cubre el receptor brevemente, susurrando—: Ha llamado al menos diez veces. Lo he cargado, afortunadamente… o no —dice con una sonrisa de disculpa—, tienes un montón de batería de sobra.
Mi pecho duele, el estómago se retuerce por la culpa. Al presionar el teléfono contra mi oído, sólo consigo sacar un—: Papá, hola. Yo… —antes de que me interrumpa.
—¿Qué demonios está mal contigo? —grita, pero no espera una respuesta. Alejo el teléfono unos pocos centímetros de mi oído para aliviar el dolor de sus gritos—. ¿Estás en las drogas? ¿Es eso lo que quiere decir esta persona Pedro cuando dice que estás enferma? ¿Es ese tu traficante?
—¿Qué? —Parpadeo y mi corazón late tan rápido que estoy
aterrorizada de que tenga algún tipo de momento cardíaco—. Papá, no.
—¿Quién que no sea un drogadicto vuela a Francia sin previo aviso, Paula? ¿Estás haciendo algo ilegal?
—No, papá. Yo…
—Eres increíble, Paula. Increíble. Tu madre y yo hemos estado muy preocupados, ¡llamando constantemente en los últimos dos días! —La rabia en su voz llega tan claro como si estuviese en la habitación contigua.
Me puedo imaginar lo roja que está su cara, los labios húmedos de saliva, la mano temblorosa con la que agarra el teléfono.
—Nunca entenderás. Nunca entenderás. Sólo espero que a tus hermanos les vaya mejor cuando tengan tu edad.
Cierro la boca, cierro los ojos, cierro mis pensamientos.
Tengo la vaga sensación de Pedro sentado a mi lado en la cama, su mano frotando círculos suaves en la espalda. La voz de mi padre está en auge, siempre con autoridad. Aun si presionaba completamente el teléfono al oído, sé que Pedro sería capaz de escuchar cada palabra. Sólo puedo imaginar lo que él le dijo a Pedro antes hablar conmigo.
En el fondo, puedo oír la voz de mi madre suplicando en un
murmullo. —David, cariño, no. —Y sé que está tratando con cuidado de hacerse con el teléfono. Y luego su voz se ha ido, voces apagadas detrás de su mano sobre el receptor.
No lo hagas, mamá, pienso. No hagas esto por mí.
Defenderme en este momento no vale la pena los días de tratamiento de silencio seguido por más días de insultos sucios y sarcásticos.
Papá regresa a la línea, su voz templada y afilada como un cuchillo.
—¿Te das cuenta, Paula, que estás en un mundo de problemas? ¿Me escuchas? Un mundo. Si crees que voy a ayudarte a mudarte a Boston después de esto, estás delirando.
Dejo caer mi teléfono en el colchón, la voz de papá sigue a toda velocidad a través de la línea, pero el vaso de agua que he tomado no quiere quedarse en su lugar. El cuarto de baño está junto al dormitorio de Pedro, y estoy tropezando al abrirme camino, cayendo sobre mis rodillas frente a la taza del baño, y ahora no sólo tengo que sufrir la humillación de que Pedro escuche a mi padre regañándome por teléfono, sino también verme vomitar. Otra vez.
Trato de calmarme para poder ir a lavarme la cara, buscando a tientas para encontrar donde se supone que tengo que presionar para tirar de la cadena y, en su defecto, caer a un lado por el agotamiento y aterrizar en la baldosa fría.
—Paula —dice Pedro, poniéndose de rodillas junto a mí y frotando mi brazo.
—Dormiré aquí hasta que me muera. Estoy segura de que Helena enviará a uno de sus criados para recuperar mi cuerpo.
Riendo, me levanta en una posición sentada y luego me saca la camisa sobre la cabeza. —Vamos, Cerise —murmura, besándome detrás de la oreja—. Estás ardiendo. Déjame ponerte en la ducha y luego vamos al médico. Me preocupa. Estás haciendo que me preocupe.
CAPITULO 23
Y sin embargo, no hay palabras para la humillación de ser empujada en una silla de ruedas para recoger el equipaje y sentarme en medio de Charles de Gaulle, sosteniendo una bolsa para el mareo en mi cara en caso de que pierda los dos sorbos de agua que he conseguido en la última hora. El mundo se siente demasiado brillante y animado, una pregunta francesa tras otra emergen desde los altavoces a mí alrededor.
Después de una eternidad, Pedro vuelve con nuestro equipaje y lo primero que pregunta es si he vomitado de nuevo.
Le digo que debería de ponerme en un avión rumbo a California.
Creo que se ríe y dice que no.
Me mete en la parte trasera de un taxi antes de subir después de mí, y hablarle al conductor en francés. Está hablando tan rápido que estoy segura que no hay forma de que alguien lo puede entender, pero el conductor parece sí.
Nos despegamos de la acera y salimos a una velocidad irreal desde el principio. La salida del aeropuerto es todo
sacudidas y arranques, aceleraciones y virajes bruscos.
Una vez que entramos en el meollo de la ciudad, surgen edificios de muy altos y calles amenazadoramente estrechas y curveadas. Es angustioso. El conductor del taxi no parece saber dónde está su pedal de freno, pero seguro que sabe dónde está su claxon. Me hundo en el costado de Pedro, tratando de mantener lo que queda de mi estómago sin que suba por mi garganta. Estoy segura de que hay un millón de cosas de la ciudad que quiero ver por la ventana; la arquitectura, el vibrante verde que casi se puede sentir en la luz que entra por la ventana, pero estoy temblando, sudorosa y casi inconsciente.
—¿Está manejando un taxi o jugando a un videojuego? —murmuro, apenas coherente.
Pedro ríe en silencio en mi pelo, susurrando—: Ma beauté 7.
En un latido, el mundo se detiene, batiendo y sacudiéndose, y soy empujada del asiento. Unos fuertes brazos me levantan detrás de mis rodillas y alrededor de mi espalda.
Pedro me carga fácilmente hacia un edificio y nos mete
directamente en un pequeño ascensor. Espera que el taxista saque las maletas detrás de él y las envíe con nosotros.
Puedo sentir el aliento de Pedro en mi sien, puedo oír los engranajes del ascensor llevándonos cada vez más alto.
Me giro hacia él, mi nariz en la suave y cálida piel de su cuello, disfrutando su olor. Huele a hombre, cerveza de jengibre y un pequeño remanente de jabón de hace muchas horas, desde que se duchó en la habitación del hotel.
Y entonces, recuerdo que mi olor actual debe ser repugnante. —Lo siento —susurro, volviendo la cabeza y tratando de apartarme.
Pero él me aprieta, diciendo en mi cabello—: Shhh.
Se esfuerza para encontrar las llaves en el bolsillo mientras me carga, y una vez que estamos dentro, me deja en pie y es sólo ahora que mi cuerpo parece obtener el permiso de responder al viaje en taxi: Me volteo, doblándome sobre mis rodillas y vomitando toda el agua que tengo en mi estómago en el cubo cerca de la puerta.
En serio, no es posible que mi humillación aumente.
Detrás de mí, oigo a Pedro reclinarse pesadamente contra la puerta antes de deslizarse por mi espalda, presionando su frente justo entre los omóplatos. Está temblando en una risa silenciosa.
—Oh, Dios mío —me quejo—. Este es el peor momento en la historia.—Porque lo es, y resulta que mi humillación puede crecer mucho más.
—Pobre chica —dice, besando mi espalda—. Debes sentirte
miserable.
Asiento, tratando, pero fallando, de llevar el cubo conmigo cuando me levanta, tomándome por las costillas.
—Déjalo —dice, sin dejar de reír—. Vamos, Paula. Déjalo. Yo me ocuparé de eso.
Cuando me acuesta en un colchón, soy apenas consciente de la luz, su olor está en todas partes. Estoy demasiado incoherente para curiosear su apartamento, pero hago una nota mental para mirar y elogiarlo tan pronto como no me quiera morir. Agrego esta tarea a la lista en la que también le doy las gracias profusamente y, a continuación, pido disculpas, luego me subo a un avión y regreso mortificada a California.
Con una pequeña palmadita en la espalda, se ha ido y casi
inmediatamente me duermo y tengo complejos y febriles sueños sobre conducir a través de oscuros túneles estrechos.
A mi lado, el colchón se sumerge donde se sienta y me despierto de un tirón, sabiendo de alguna manera que ha sido apenas un minuto desde que se fue.
—Lo siento —me quejo, tirando de mis rodillas a mi pecho.
—No lo hagas. —Pone algo en una mesa cerca de la almohada—. He puesto un poco de agua aquí. Acércate con precaución. —Todavía puedo oír la sonrisa en su voz, pero es serena, sin burla.
—Estoy segura de que esto no es cómo imaginaste nuestra primera noche aquí.
Su mano acaricia mi cabello. —Ni tú.
—Probablemente es lo menos sexi que has visto —balbuceo, rodando en el cálido y limpio olor de la funda de almohada de Pedro.
—¿Lo menos sexy? —repite con una sonrisa—. No olvides que recorrí en moto los Estados Unidos con gente sucia y sudada.
—Sí, pero nunca quisiste tener relaciones sexuales con ninguno de ellos.
Sus manos se quedan quietas en donde está frotando suavemente mi espalda, y me doy cuenta de lo que acabo de decir. Es para reírse, esta suposición de que alguna vez me va a tocar sexualmente de nuevo después de las últimas quince horas. —Duerme, Paula.
¿Ves? Prueba. Me llamó Paula, no Cerise.
7 Hermosa mía.
jueves, 30 de octubre de 2014
CAPITULO 22
Me pongo de pie, tropezando con él antes de que tenga tiempo de salir de su asiento y prácticamente caigo en el pasillo. Estoy recibiendo miradas de los demás pasajeros, miradas de shock, lástima y asco, pero sólo deberían estar contentos de que me las arregle para aferrarme a mi bolsa de vómito cuando me lancé hacia el pasillo. A pesar de que tengo que concentrarme en caminar mientras tropiezo hacia el cuarto de baño, en mi mente les devuelvo las miradas.
¿Han estado alguna vez enfermos en un avión lleno con quinientas personas, entre ellas su nuevo esposo extranjero? ¿No? Entonces, pueden cerrar su maldita boca.
Una pequeña misericordia es el baño vacío a pocas filas y empujo para abrir la puerta, prácticamente colapsando dentro. Me deshago de la bolsa en el pequeño bote de basura y me tiro al suelo, inclinándome sobre el inodoro. El aire frío sopla mi cara y el líquido azul en el cuenco es suficiente para provocarme arcadas de nuevo. Estoy temblando con fiebre, involuntariamente gimiendo con cada exhalación. Sea cual sea el insecto que me picó, entró como un tren corriendo por la pista y golpeó un edificio a toda velocidad.
Hay momentos en la vida en que me pregunto si las cosas pueden empeorar. Estoy en un avión, con mi nuevo esposo, cuyo entusiasmo por toda esta cosa parece estar decayendo, y es en este momento de profunda lástima que registro, con horror absoluto, que también acaba de comenzar mi periodo.
Bajo la mirada a mis pantalones blancos y ahogo un sollozo cuando tomo un poco de papel higiénico, doblándolo y colocándolo en mi ropa interior. Me pongo de pie y mis manos son bruscas y débiles cuando me saco mi sudadera, atándola alrededor de mi cintura. Salpico un poco de agua en mi cara, cepillo mis dientes con el dedo y casi tengo arcadas, mientras mi estómago se revuelve en advertencia.
Esto es una pesadilla.
Un golpe silencioso aterriza en la puerta, seguido por la voz de Pedro—: ¿Paula? ¿Estás bien?
Me apoyo en la pequeña barra mientras alcanzamos un pequeño grupo de turbulencia y el efecto dentro de mi cuerpo se magnifica. Casi me desmayo por la sensación de mi estómago cayendo en el aire.
Después de un golpe, abro un poco la puerta. —Estoy bien.
Por supuesto que no estoy bien. Estoy horrorizada, y si pensaba que podía escapar del avión arrastrándome en este inodoro, podría tratar.
Parece preocupado… y drogado. Sus párpados están pesados, sus parpadeos son lentos. No sé lo que tomo para dormir, pero sólo estuvo noqueado por una hora, y se mueve más o menos como si fuera a caerse.
—¿Puedo ofrecerte algo? —Su acento es más grueso con su somnolencia, sus palabras más difíciles de seguir.
—No, a menos que tengas una farmacia en tu equipaje de mano.
Sus cejas se juntan. —Creo que tengo ibuprofeno.
—No —le digo, cerrando los ojos por un instante—. Necesito… cosas de chicas.
Pedro parpadea lentamente una vez más, la confusión hace fruncir su ceño aún más. Pero entonces, parece entender, ampliando mucho los ojos. —¿Es por eso que estás vomitando?
Estuve a punto de reír por la expresión de su rostro. La idea de que podría sufrir el período y vomitar cada mes parece horrorizarlo por mi.
—No —contesto, sintiendo como mis brazos empiezan a temblar por el esfuerzo de estar derecha—. Sólo una fabulosa coincidencia.
—¿No… tienes nada? ¿En tu bolso?
Dejo salir lo que tiene que ser el suspiro más pesado conocido por el hombre. —No —digo—. Estaba un poco… distraída.
Asiente, frotándose la cara, y cuando baja la mano, se ve más despierto y decidido. —Quédate aquí.
Cierra la puerta con un determinado clic, le oigo llamar a una azafata y me hundo sobre el asiento del inodoro, apoyando los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos mientras lo escucho a través de la puerta.
—Siento molestarla, pero mi esposa… —dice, y luego se detiene. Con la última palabra que dice, mi corazón comienza a martillar—. ¿La que se enfermó? Ha empezado su… ¿ciclo? Y me pregunto si guarda algún tipo, o mejor dicho, si tiene… algo.
Verá, todo esto sucedió un poco rápido y empacó con prisa, y antes de eso estábamos en Las Vegas. No tengo idea de por qué vino conmigo, pero en serio no quiero arruinar esto.
Y ahora necesita algo. ¿Puede, uh... —tartamudea, y luego simplemente dice—: prestarle quelque chose 6? —Me tapo la boca mientras continúa divagando. Daría cualquier cosa en este momento para ver la expresión de la azafata al otro lado de la puerta—. Es decir, para que use — continúa—. No pedir prestado, porque no creo que funcionen de esa manera.
Oigo la voz de una mujer preguntando—: ¿Sabe si necesita
tampones o toallas?
Oh Dios. Oh Dios. Esto no puede estar pasando.
—Um… —Le oigo suspirar y luego decir—: No tengo ni idea, pero te daré cien dólares para poner fin a esta conversación y que me des de ambos.
Esto es oficialmente lo peor. Sólo puede mejorar.
6 Cualquier cosa.
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