No hay nada más surrealista que esto, lo juro. Comí ante la ventana,contemplando la vista, y luego me moví a la pequeña ducha de azulejos, donde me afeité y me lavé el cuerpo y el cabello hasta que sentí que cada centímetro de mí había sido lavado lo suficiente. Cuando salgo, el vapor comienza a despejarse, y en un apuro, me doy cuenta que no puedo ir a casa y agarrar las cosas que olvidé de empacar. No tengo ni secadora de pelo, ni plancha. No puedo reunirme con las chicas esta noche para decirles todo. Pedro se ha ido durante el día, y no tengo ni idea de cuándo volverá. Estoy sola, y por primera vez en cinco años, tendré que echar mano a la cuenta de ahorros que he visto crecer con orgullo. Cada uno de mis cheques de la cafetería en la que trabajé durante la universidad se fue directamente a esa cuenta; mamá insistió en ello. Y ahora, eso me permitirá tener un verano en Francia.
Un verano. En Francia.
Mi reflejo en el espejo susurra: ¿Qué demonios estás haciendo?
Parpadeo y cierro los ojos, empujándome a mí misma a modo piloto automático.
Encuentro mi ropa; él ha hecho espacio para mis cosas en su cómoda y armario.
Estás casada.
Me cepillo el pelo. Mis artículos de tocador están desempacados, metidos en uno de los cajones en el baño.
Estás viviendo con tu marido en París.
Comienzo cerrando el apartamento, usando la llave de repuesto que Pedro me dejó justo al lado de un pequeño montón de euros.
Me encuentro a mí misma mirando hacia el papel monetario que no conozco, incapaz de sofocar el malestar que siento con Pedro por haberme dejado dinero. Es una reacción tan visceral, la forma en que mi estómago se tensa ante la idea de vivir de otra persona, supongo que de alguien que no son mis padres, que tengo que poner a un lado hasta que él esté en casa y podamos tener una conversación que no me implique con la cabeza en el inodoro.
En Las Vegas, y luego en San Diego, ambos estábamos en igualdad.
Por lo menos se sentía más así que ahora. Los dos estábamos de vacaciones, sin preocupaciones. Después iría a la escuela, él de vuelta aquí al trabajo, a su vida, a su bien decorado piso. Ahora soy la usurpadora universitaria, sin planes, la chica que necesita instrucciones para llegar al metro, y tomar el dinero a un lado de la puerta.
Dejo el dinero donde está y cruzo el estrecho pasillo hasta el ascensor. Es pequeño, y con apenas más de un metro a cada lado de mí, me acerco y pulso el botón marcado con una estrella y el número uno. Los crujidos se elevan y me estremezco mientras hace su descenso, ruedas y engranajes zumban por encima de mí hasta que aterriza con un golpe seco en la planta baja.
Fuera del departamento, es ruidoso y con mucho viento, caliente y caótico. Las calles estrechas, las aceras hechas de adoquines y empedradas. Empiezo a caminar, deteniéndome en la esquina donde la estrecha calle se abre en lo que debe ser una más amplia, la calle principal.
Hay pasos de peatones, pero no hay reglas claras para peatones. La gente sale de la acera sin mirar. Los coches utilizan sus bocinas con tanta frecuencia como respiro, pero no me parece molesto en lo más mínimo.
Tocan el claxon, luego se mueven. Ahí no parece realmente haber carriles, solo un flujo constante de coches deteniéndose y moviéndose, yendo en un patrón que no entiendo. Los vendedores ambulantes ofrecen pastelillos y botellas de refresco, gente en trajes y vestidos, vaqueros y pantalones de chándal se apresuran más allá de mí como si yo fuese una piedra en un río.
El lenguaje es lírico y rápido... y totalmente incomprensible para mí.
Es como si la ciudad se extendiera deliciosamente ante mí, dispuesta a tirarme al fondo de su intrincado corazón, dentro de una broma. Estoy al instante profundamente enamorada.
¿Cómo no iba a estarlo? Por todas partes doy vuelta por las calles, viendo los set más bellos que he imaginado, como si todo el mundo aquí fuese un escenario, esperando ver que mi historia se desarrolle. No me he sentido de esta forma desde que estuve bailando, perdida, viviendo por ello.
Uso mi teléfono para encontrar la estación del metro de Abbsses, a sólo unas manzanas del apartamento de Pedro, logro ubicar la línea que tengo que tomar, y luego me quedo esperando al tren, luchando por adentrarme en el entorno.
Le envío a Helena y Lola fotos de todo lo que veo: los carteles franceses para un libro que nos encantó a todas, los tacones de seis pulgadas de una mujer que sería más alta que la mayoría de los hombres en el andén, el tren mientras resopla en la estación, llevando el aire caliente del verano y el olor a polvo en los frenos.
Es un corto trayecto hasta el sexto distrito, donde se encuentran los Jardines de Luxemburgo, y sigo a un grupo de turistas parlanchines que parecen tener el mismo destino en mente. Estaba preparada para un parque de césped y flores y bancas, pero no para encontrar unas enormes extensiones de espacio abierto ubicado en el centro de esta bulliciosa y apretada ciudad. No esperaba las amplias calles bordeadas de árboles perfectamente cuidados. Hay flores por todas partes: fila tras fila de flores de temporada, bancas artesanales y flores silvestres, arbustos y flores de encaje de todos los colores imaginables. Fuentes y estatuas de las reinas francesas ofrecen un contraste con el follaje, y las partes superiores de los edificios que he visto sólo en las películas o imágenes se ciernen en la distancia. Personas tomando el sol, estiradas en sillas metálicas o bancas, y niños introduciendo pequeñas embarcaciones en el agua mientras el Palacio de Luxemburgo vela por todo.
Encuentro una banca vacía y tomo asiento, respirando el aire fresco y el aroma del verano. Mi estómago gruñe por el olor del pan en un puesto cercano, pero lo ignoro, a la espera de ver cómo maneja el desayuno primero.
Es entonces cuando me doy cuenta de nuevo que estoy en París. A cinco mil kilómetros de todo lo que conozco. Esta es la última oportunidad que tendré para descansar, sumergirme, crear mi propia aventura, antes de empezar la escuela y marchar con el regimiento de un estudiante a profesional.
Camino cada centímetro del parque, tiro monedas en la fuente, y termino la edición de bolsillo que había escondido en el fondo de mi bolso.
Por el lapso de una tarde, Boston, mi padre y la escuela, ni siquiera existen.
******
Estoy en el punto culminante de mi día. Me detengo en el pequeño mercado de la esquina, con la intención de hacerle la cena a Pedro. Estoy más allá de toda la cosa de Paris, mírame. Aprendiendo a atravesar la barrera del idioma y encuentro que los parisinos no están tan frustrados porque no hablo francés como lo esperaba. Apenas parecen odiarlo cuando lo intento y lo deformo. He sido capaz de lograrlo muy bien con algunos, señalando, sonriendo, y encogiéndome de hombros inocentemente; diciendo: s’il vous plaît12. Al final, me las arreglo para comprar un poco de vino, langostinos, pasta fresca y verduras.
Mis nervios vuelven mientras camino hacia el ascensor desvencijado y a medida que asciende ruidosamente hasta el séptimo piso. No estoy segura de sí todavía va a estar en casa. No sé qué esperar en absoluto.
¿Vamos a continuar donde lo dejamos en San Diego? O ahora es cuando empezamos a… uh… ¿salir? ¿O es que la experiencia de nuestros primeros días lo dejó totalmente fuera de este pequeño experimento?
Me pierdo en la cocina, impresionada por lo pequeña que es. He descubierto su equipo de música y pongo un poco de música francesa con la que bailo felizmente por la cocina. El apartamento huele a mantequilla, ajo y perejil, y cuando entra, mi cuerpo se pone tenso y nervioso cuando le oigo tirar las llaves en el pequeño cuenco de la mesa de entrada, colocando su casco en el suelo.
—¿Hola?
—En la cocina —le respondo.
—¿Estás cocinando? —pregunta, rodeando la esquina en el desván principal del departamento. Se ve lo suficientemente bueno para devorar—. Supongo que te sientes mejor.
—No tienes ni idea.
—Huele maravilloso.
—Está casi listo —le digo, mi pulso comenzando a desacelerarse.
Verlo hace que la emoción dentro de mí florezca tan grande que mi pecho se aprieta.
Pero luego su rostro cae.
—¿Qué es? —Sigo el camino de sus ojos a la cacerola en la estufa donde arrojé las gambas con la pasta y verduras.
Hace una mueca. —Se ve increíble. Es sólo… —Pone la palma en la parte posterior de su cuello—. Soy alérgico al marisco.
Gruño, cubriendo mi cara. —Mierda, lo siento.
—No lo sientas —dice, claramente angustiado—. ¿Cómo lo sabrías?
La pregunta cuelga entre nosotros y ambos miramos a cualquier lugar, excepto al otro. La cantidad de cosas que sabemos del otro parece eclipsada por la cantidad que no conocemos. Ni siquiera sé cómo volver a la fase de introducción.
Da un paso más cerca, diciéndome—: Huele tan bien.
—Quería darte las gracias. —Necesito un impulso antes de poder decir el resto y él mira hacia otro lado por primera vez desde que puedo recordar—. Por cuidarme. Por traerme aquí. Por favor, espera, voy a buscar algo más.
—Iremos juntos —dice, acercándose. Pone las manos en mis caderas pero sus brazos son rígidos y se siente forzado.
—Está bien. —No tengo ni idea de qué hacer con mis propios brazos y en vez de hacer lo que creo que una mujer normal haría en esta situación —ponerlos alrededor de su cuello y acercarlo más— los doblo torpemente a través de mi pecho, tocando mi clavícula con mi dedo.
Sigo esperando que sus ojos estallen con malicia o que me haga cosquillas, burlándose de mí, o algo ridículo propio de Pedro, pero se ve derrotado y tenso cuando pregunta—: ¿Tuviste un buen día?
Empiezo a responder pero entonces saca una mano, excavando en su bolsillo y saca su teléfono, frunciendo el ceño. —Merde.
Esa palabra la conozco. Ha estado en casa por menos de tres minutos y ya sé lo que va a decir.
Me mira y una disculpa llena sus ojos. —Tengo que volver al trabajo.
12 Por favor.
Fuera del dormitorio, se extiende ante mí una cocina continua, sala de estar y comedor. Todo se siente tan europeo. El mobiliario es escaso, un sofá de cuero negro, dos modernas sillas rojas sin posa brazos, una pequeña mesa de café. En el otro lado de la habitación, hay una mesa de comedor con cuatro sillas a juego. Las paredes tienen una mezcla ecléctica de fotografías enmarcadas y pinturas de colores. Para un piso de soltero, el apartamento es impresionante.
El espacio es abierto, pero no es muy grande, y el mismo techo inclinado está presente aquí. Pero en lugar de puertas francesas, la pared del fondo está llena de ventanas.
Camino hacia la más cercana, presiono las manos en el cristal, y miro hacia abajo. En la calle, veo a Pedro subirse a
una moto de un negro brillante, se pone el casco, patea la moto en marcha, y se aparta de la acera. Incluso desde este punto de vista, se ve ridículamente caliente. Espero hasta que ya no lo puedo ver en el tráfico antes de apartar la mirada.
Mi respiración se atrapa y cierro los ojos, hundiéndome un poco. No es la memoria residual de las náuseas o incluso el hambre que me hace sentir un poco mareada. Es el hecho de que yo estoy aquí, y no puedo simplemente caminar unas pocas cuadras y llegar a casa. No puedo sólo tomar el teléfono y revisar que todo esté bien con una llamada rápida a mi familia. No puedo encontrar un apartamento o un trabajo en Boston mientras estoy viviendo en París.
No puedo llamar a mis mejores amigos.
Encuentro mi bolso a través del cuarto y frenéticamente revuelvo dentro por mi teléfono. Pegada a la pantalla hay una nota adhesiva con la escritura pulcra de Pedro diciéndome que me ha puesto en su plan de celular internacional. Realmente me hace reír, quizás un poco maniática por el alivio, porque realmente el pensamiento envió a mi corazón al modo de pánico: ¿Cómo voy a llamar a mis amigas desde Francia? Quiero decir, es el indicativo de mis absurdas prioridades. ¿A quién le importa si no hablo francés, estoy casada, tendré que echar mano a mis ahorros, y mi extraño marido parece trabajar constantemente? Por lo menos no le cobrarán a mi primogénito los minutos de AT&T10.
Vago por el apartamento mientras el teléfono de Helena suena a miles de kilómetros de distancia a través de la línea.
En la cocina, veo que Pedro me ha dejado el desayuno: un baguette fresco, mantequilla,mermelada y fruta. Una jarra de café situada en la estufa. Es un santo, y merece algún tipo de premio ridículo por los últimos días. Tal vez sólo una oferta constante de mamadas y cerveza. Estuvo pidiendo disculpas por trabajar, cuando realmente yo debería disculparme por hacerlo limpiar mi vómito e ir a comprarme tampones.
El recuerdo persistente es tan horrible que estoy bastante segura de que nunca podré dejar que me vea desnuda otra vez sin querer vomitar.
El teléfono suena y suena. Hago un cálculo borroso, sabiendo sólo que cuando es media mañana aquí, debe ser muy tarde allá. Por último, Helena responde con sólo un gemido.
—Tengo la historia más vergonzosa en la historia de las historias embarazosas —le digo.
—Es media noche aquí, Paula.
—¿Quieres o no escuchar la mayor humillación de mi vida?
La oigo sentarse, aclarándose la garganta. —¿Sólo darte cuenta de que aún estás casada?
Hago una pausa, el peso del pánico se establece un poco más a cada minuto. —Es peor.
—¿Y que volaste a París para ser el juguete sexual de este tipo durante todo el verano?
Me río. Ya quisiera. —Sí, vamos a discutir la locura de todo esto, pero primero, tengo que decirte sobre mi viaje aquí. Es tan malo, quiero que alguien drogue mi café para poder olvidar.
—Podría ponerle un poco de ginebra —bromea, y me río antes de que se me revuelva el estómago por las náuseas.
—Tuve mi periodo en el avión —susurro.
—¡Oh, no! —dice con sarcasmo—. No eso.
—Pero no tenía nada conmigo, Helena. Y llevaba pantalones blancos. En cualquier otro momento diría, ―Si, estoy menstruando.¿Pero esto? Nos acabamos de conocer, y puedo pensar en unas mil quinientas conversaciones que preferiría tener con un caliente semi-desconocido que no sea: ―Acabo de comenzar mi período y me siento como una idiota, así que permíteme simplemente atar mi sudadera alrededor de mi cintura para no ser muy obvia sobre lo que está pasando. Además, tú siendo un chico, me doy cuenta de que es poco probable pero, ¿tendrás algún tampón de sobra?
Esto parece tocar fondo, porque ella cae en silencio por un instante antes de decir un silencioso: —Oh.
Asiento, mi estómago se retuerce, y me tambaleo entre los recuerdos que quedan. —Y aparte de todo eso, estuve vomitando casi todo gracias a una gripe estomacal..
—Lola también la tiene —dice a través de un bostezo.
—Eso explica algunas cosas —digo—. Vomité en el avión. Al bajar del avión. En la terminal…
—¿Estás bien? —La preocupación se eleva en su voz, y puedo decir que está a unos cinco minutos de reservar un vuelo y venir hasta mí.
—Estoy bien ahora —aseguro—, pero volvimos a su apartamento después de este viaje en taxi que fue... —Cierro los ojos cuando el piso se hunde frente a mí con el recuerdo—. Juro que el loco Broc como niño podría ser un mejor conductor. Y tan pronto como llegamos aquí, vomité en el bote de los paraguas de Pedro.
Parece perder el más importante punto de la información aquí cuando pregunta: —¿Tiene un bote para sus paraguas? ¿Los hombres hacen eso?
—Tal vez lo puso ahí para que sus invitados vomiten —sugiero—. He estado enferma desde la noche del martes, y estoy bastante segura de que me ha visto vomitar unas setecientas veces. Tuvo que ayudarme a ducharme. Dos veces. Y no del tipo sexi.
—Uff.
—Sí.
—Por cierto, puedes darme las gracias por cubrirte con tu papá — dice, y casi pude oír el veneno en su voz—. Llamó, y le confirmé todo sobre tu pequeña historia mientras arrancaba todos y cada uno de los cabellos de mi muñeco vudú de Dave Holland. Estás en París trabajando como becaria para uno de los colegas financieros de películas de mi padre. Pero hazte la tonta cuando llegues a casa con el patrón de calvicie masculina de tu padre.
—Uf, lo siento por eso. —La idea de hablar con mi padre en este momento me hace sentir enferma otra vez—. También habló con Pedro. En realidad, ―gritó sería una descripción más exacta. Aunque eso ni siquiera pareció perturbar a Pedro.
Se ríe, y el sonido familiar me hace extrañarla mientras aprieto mis costillas dolorosamente. —Paula, tendrás que mantener tu juego en orden para regresar a ser sexi.
—Lo sé. No puedo imaginar que quiera tocarme de nuevo.
Yo no quiero tocarme de nuevo. Incluso ese enorme juguete sexual con pilas súper poderosas que me regalaste para mi vigésimo primer cumpleaños, probablemente tampoco quiera tocarme otra vez.
Pero el humor se evapora y el miedo regresa, rugiendo por mis venas, con el corazón desbocado y las extremidades temblando. No he inclinado mi mundo. Yo misma me he impulsado hacia una nueva órbita.
—¿Helena? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Fue este un terrible error?
Pasa un largo tiempo antes de que ella conteste, y ruego porque no se haya dormido en el otro extremo de la línea.
Sin embargo, cuando habla, su voz está más despierta, más fuerte y reflexiva... justo en la forma en la que la necesito. —Es gracioso que me estés preguntando esto ahora, Paula. Y lo que es más divertido, es que tú te estés preguntando si es un error, y estoy aquí mentalmente chocando los cinco contigo por todo el lugar.
—¿Qué? —pregunto, deslizándome sobre el sofá.
—Cuando no quisiste anular el estúpido matrimonio de mierda, me enojé. Cuando te pusiste toda tonta por Pedro, pensé que habías perdido la cabeza y que estarías mejor enrollándote con él durante un par de noches. Pero luego te fuiste a París por el verano. No haces locuras,Paula, así que sólo asumí que te llenaste de agallas, y lo estás demostrando. —Hace una pausa y agrega—: Supongo que te diviertes con él.
—Lo hago —admito—. O, lo hice. Antes del sangrado en los aviones y los vómitos en los botes.
—Has encontrado tu aventura, y vas a perseguirla —dice, y oigo crujir las sabanas en el fondo, los sonidos familiares de Helena acurrucándose sobre su costado en la cama—. ¿Y por qué no? Estoy súper orgullosa de ti, y espero que tengas el momento de tu vida ahí afuera.
—Estoy aterrorizada —admito en voz baja.
Me recuerda que tengo ahorros, me recuerda que tengo veintitrés.
Me recuerda que no hay nada que tenga que hacer aquí aparte de disfrutar de mí misma, por primera vez en… la historia.
—En realidad no tiene que ser todo sobre el jodido Pedro todo el verano —dice—. Quiero decir que totalmente podría, pero hay más que hacer que preocuparse por lo que él está pensando. Sal de la casa. Come algunos macarons11. Bebe un poco de vino, sólo no ahora porque está oficialmente prohibido vomitar hasta septiembre. Ve y abastécete de experiencias.
—No sé por dónde empezar —admito, mirando por la ventana. Más allá de nuestra calle, el mundo exterior es una intrusión casi cegadora de verdes y azules. Puedo ver por millas: una catedral, una colina, la parte superior de un edificio del que sé que he visto en fotos. Tejados hechos de baldosas y cobre, oro dorado y piedra. Incluso desde la ventana del pequeño apartamento de Pedro, estoy convencida de que acabo de entrar en la ciudad más bella del mundo.
—¿Hoy? —dice, pensando—. Es sábado en junio, por lo que las multitudes serán ridículas; sáltate el Louvre y la Torre Eiffel. Ve a los Jardines de Luxemburgo. —Bosteza ruidosamente—. Infórmame mañana. Volveré a dormir.
Ella cuelga.
10 Compañía estadounidense de telecomunicaciones.
11 Pastelitos franceses hechos de clara de huevo, almendra molida, y azúcar.
Despierto al sentir unos labios presionarse con cuidado en mi frente, y fuerzo a mis ojos a abrirse.
El cielo justo encima de mí no una ilusión que haya imaginado durante toda la semana. El dormitorio de Pedro está en el piso más alto del edificio de apartamentos, y un tragaluz sobre la cama deja entrar el sol de la mañana. Se enrosca a través del reposa pies, brillante, pero aún no caliente.
La pared del fondo se inclina hacia abajo desde el techo de unos cinco metros, y a lo largo de la pared baja de su dormitorio hay dos puertas francesas que Pedro ha dejado abiertas, dan a un pequeño balcón. Una cálida brisa se mueve por la sala, llevando los sonidos de la calle.
Giro la cabeza, mi cuello tieso protesta.
—Hola. —Mi voz suena como un papel de lija frotado sobre metal.
Su sonrisa hace que mi pecho haga la cosa de revolotear, saltando.
—Me alegro de que la fiebre cediera.
Me quejo, cubriéndome los ojos con una mano temblorosa mientras el recuerdo de los últimos días vuelve a mí. Vomitar por todas partes, incluso sobre mí misma. Pedro llevándome a la ducha para limpiarme, y luego para tranquilizarme. —Oh, Dios mío —murmuro—. Y la mortificación se establece.
Se ríe en silencio en otro beso, esta vez a mi sien. —Me preocupé.Estabas muy enferma.
—¿Hay alguna superficie de tu apartamento que se mantuvo al margen de mi vómito?
Levanta el mentón, los ojos brillando con diversión, y asiente con la cabeza hacia la esquina. —Ahí, al otro lado de la habitación todo está limpio.
Cubro mi cara de nuevo, mis disculpas amortiguadas por mi mano.
—Cerise —dice, extendiendo la mano para tocar mi rostro.
Instintivamente me encojo, sintiéndome repugnante. Inmediatamente quiero corregir el destello de dolor en sus ojos, pero se aclara antes de que esté segura de que estuvo realmente allí—. Hoy tengo que trabajar — dice—. Quiero explicarme, antes de irme.
—Está bien. —Esto suena amenazador, y me tomo un momento para bajar la mirada de su rostro. Lleva una camisa de vestir. Después de un rápido cálculo mental, me doy cuenta de que siente la necesidad de explicarse porque es sábado.
—Cuando corrí a la oficina el jueves para tomar algunos archivos para traer a casa, la socia principal con la que trabajo más cercanamente vio mi anillo de boda. Ella estaba... disgustada.
Mi estómago cae, y este es el momento en que la realidad de lo que estamos haciendo me golpea como una ola enorme. Si, me invitó a venir aquí, pero yo me estrellé directamente dentro de su vida. Una vez más, me recuerda lo poco que sé de él. —¿Están ustedes dos... involucrados?
Se congela, mirándome ligeramente horrorizado. —Oh, no. Dios, no.
—Sus ojos verdes se estrechan mientras me estudia—. ¿Crees que me habría acostado contigo, casado contigo, y te habría invitado aquí si tuviera una novia?
Mi risa al responder sale más como una tos. —Supongo que no, lo siento.
—He sido su pequeño esclavo estos últimos meses —explica—. Y ahora que estoy casado, está convencida de que perderé el enfoque.
Me estremezco. Lo que hemos hecho es tan imprudente.
Tan estúpido. No sólo él está casado ahora, pronto también estará divorciado.
¿Por qué no se molestó en ocultar nuestro percance de Las Vegas en su trabajo? ¿Se acerca a cualquier cosa con precaución? —No necesito que cambies tu horario de trabajo mientras estoy aquí.
Ya está sacudiendo la cabeza. —Sólo tengo que trabajar este fin de semana. Esto estará bien. Superará su pánico. Creo que se acostumbró a tenerme en la oficina cuando quisiera.
Apuesto a que sí. Siento mi ceño profundizarse mientras lo observo, y no estoy tan débil si una ola caliente de celos no se desliza por mi torrente sanguíneo. Con la luz del sol filtrándose desde el techo, iluminando los ángulos agudos de su mandíbula y sus pómulos, estoy sorprendida de nuevo por lo increíble que es su rostro.
Continúa—: Ya casi termino con este enorme caso, y entonces tendré más flexibilidad. Siento no estar realmente aquí para tu primer fin de semana.
Dios, esto es tan, tan raro.
Hago un gesto con mi mano, restándole importancia, incapaz de decirle algo más que—: Por favor, no te preocupes. —Ha estado prácticamente sirviéndome desde que llegué, y la mortificación y la culpa se unen en una mezcla de ácido en mi estómago. Por lo que sé, ha visto lo suficiente de mí en mi peor momento para sacarlo de este juego que estamos jugando. No estaría sorprendida si, después de haberme recuperado totalmente, me sugiriera algunos hoteles donde podría encontrar apropiado pasar el resto de mi estancia.
Qué horrible comienzo para nuestro... lo que sea que esto es.
Dado que las oportunidades eventualmente podrían ser limitadas,cuando cruza la habitación, me lo como con una mirada ardiente. Es tan largo y delgado, pero musculoso.
Los trajes se hicieron exactamente para su tipo de cuerpo.
Su cabello castaño claro está peinado cuidadosamente
fuera de su cara, su cuello bronceado desaparece bajo el cuello de su camisa. Ya no se ve como el hombre casual y juguetón que conocí en Las Vegas; se parece a un joven abogado rudo y es eminentemente más follable. ¿Cómo es eso posible?
Me levanto sobre un codo, esperando recordar con nitidez lo que se siente pasar mi lengua por su barbilla y sobre su manzana de Adán. Quiero recordarlo desquiciado y desesperado, despeinado y sudoroso, así puedo disfrutar sabiendo que las mujeres que lo vean hoy sólo verán su lado completamente vestido y común.
Los pantalones son de un color azul profundo, la camisa de un blanco reluciente, y se pone frente a un espejo pequeño, anudando una hermosa corbata de seda azul con verde.
—Come algo hoy, ¿sí? —dice, alisando el frente con su mano antes de alcanzar una chaqueta azul de traje colgada en un pequeño perchero en la esquina.
Por una vez, quiero ser la mujer que se pone sobre sus rodillas, le hace señas a la cama, y finge que la corbata debe ser arreglada antes de usarla para tirar de él hacia la cama.
Desafortunadamente para este plan de seducción, yo ya estaba delgada, pero ahora me siento esquelética. Mis piernas están temblorosas y débiles cuando salgo de la cama. No sexi. Ni siquiera un poco. Y antes de que me dé un baño, antes de acercarme a un espejo, y definitivamente antes de intentar seducir a este ardiente esposo/extraño/tipo con el que me gustaría estar desnuda otra vez, necesito comer algo. Huelo pan, y fruta, y el dulce néctar de los dioses: no he tomado café en días.
Pedro retrocede, y sus ojos hacen un recorrido por mi cara y por todo mi cuerpo, oculto a la mitad del muslo debajo de una de sus camisetas. Al parecer, olvidé empacar un pijama.
Confirma mi sospecha de que me luzco como un muerto apenas caliente cuando dice—: Hay comida en la cocina.
Asiento y me aferro a las solapas de su chaqueta, necesitando que se quede sólo un segundo más. Aparte de Pedro, no conozco a nadie aquí,y apenas he sido capaz de procesar mi decisión de abordar ese avión hace cuatro días. Me sorprende con una confusa mezcla de euforia y pánico. —Esta es la situación más extraña de mi vida.
Su risa es profunda, y se inclina por lo que retumba más allá de mi oído mientras besa mi cuello. —Lo sé. Es fácil de hacer, más difícil seguir adelante. Pero está bien, ¿de acuerdo, Paula?
Bueno, eso fue críptico.
Cuando lo dejo ir, se gira para poner su computadora en un maletín de mensajero de cuero. Lo sigo fuera de la habitación, congelándome mientras lo veo agarrar un casco de motocicleta de donde descansaba sobre una mesa cerca de la puerta.
—¿Conduces una motocicleta? —pregunto.
Su sonrisa se extiende desde un lado de su cara hacia el otro mientras asiente, lentamente. He visto cómo los autos pasan en esta ciudad. Realmente no estoy tan segura de que vaya a volver en una pieza.
—No pongas esa cara —dice, sus labios haciendo un puchero mientras habla en voz baja, y luego curvándose en una sonrisa quita bragas—. Una vez que montes conmigo, nunca te meterás en un coche de nuevo.
Nunca he estado sobre una moto en mi vida, nunca quise, y he renunciado a los vehículos de dos ruedas para siempre en general. Pero hubo algo en la forma en que lo dijo, la forma en que puso cómodamente el casco bajo el brazo y enganchó el maletín por encima del hombro, que me hace pensar que tal vez tiene razón. Con un guiño, se da vuelta y se va. La puerta se cierra con un silencioso clic mecánico.
Y eso es todo. He estado en una nube de gripe estomacal por varios días, y ahora que estoy mejor, Pedro se ha ido y no son ni siquiera las ocho de la mañana.