miércoles, 5 de noviembre de 2014
CAPITULO 34
Incluso después de mi epifanía, que ayuda a relajarme cuando finjo,todavía no estoy muy segura de cómo hacerle frente a esto. Un disfraz…
¿Cómo sexy ropa interior roja para meterme en la sintonía adecuada? ¿O Helena está sugiriendo que quite todas las barreras y vaya de lleno a un espectáculo? Mi teléfono vibra continuamente con mensajes de ella, todos llenos de enlaces y direcciones dentro de una zona conocida como Plaza Pigalle.
Y por supuesto, todos están en el vecindario cerca de nuestro apartamento, dando un mayor sentido de destino a este plan. Por qué no hacerlo fácil para mí, ¿verdad, Helena?
Pero nada es exactamente lo que busco: son ya sea oscuros y del tipo de cavernas, o publicitados con brillantes luces de neón y en maniquíes vestidas con trozos de ropa interior aterradora en la ventana.
Continúo caminando, siguiendo la última dirección que Helena envió y vagando por un estrecho callejón y luego otro. Está tranquilo en las sombras, casi húmedo, y sigo por lo que se siente como bloques antes de que aparezca el cielo en un pequeño patio. Y sólo a unos diez metros más,hay una pequeña y discreta tienda con encaje, terciopelo y cuero en la ventana.
Me siento como si hubiera sido transportada al Callejón Diagon.
Abro la puerta y me golpea el olor a lirio y salvia, un olor tan cálido y terrenal, que de inmediato siento cómo me relajo. Una mujer en el interior sale detrás del mostrador y de alguna manera sabe darme un ―Hola, y no un ―Bonjour.
Lleva un corsé de cuero, sus pechos empujándose hacia arriba envidiablemente. Mezclilla oscura se envuelve alrededor de las piernas y sus tacones tienen que ser de por lo menos doce centímetros, de un apasionado rojo camión de bomberos.
A mi alrededor hay estuches de juguetes; consoladores y vibradores, puños de goma y esposas. Cerca de la parte trasera de la tienda hay estantes de libros y videos, y a lo largo de las paredes laterales hay bastidores con trajes de todos los colores y para casi todas las fantasías.
—¿Buscas un traje para vestir o actuar? —pregunta, notando a dónde ha vuelto mi atención. A pesar de que su pregunta, tal como la expresó, es un poco confusa y a pesar de que mi cerebro quiere detenerse ante la dulzura de su acento alrededor de la palabra ―traje,sé lo que quiso decir. Porque es exactamente el por qué entré aquí.
—Actuar —digo.
En sus ojos aparece una cálida sonrisa. Una sonrisa real en una pequeña tienda enterrada en una enorme ciudad.
—Te iniciaremos con algo fácil, ¿de acuerdo? —Se acerca a un bastidor con trajes que reconozco: enfermera, sirvienta, colegiala, felina.
Paso la mano por encima del bastidor, sintiendo la emoción floreciendo debajo de mis costillas—. Y luego puedes regresar cuando él quiera un poco más.
CAPITULO 33
Otros tres días más pasan en un borrón de turismo, comida suntuosa, café y pies agotados, con sólo unas pocas horas en casa, despierta con Pedro. Es fácil tenerlo cerca, que regrese su bufonería después de que haya tenido tiempo para relajarse de su día, y tiene la rara habilidad de hacerme hablar y reír por cualquier cosa: verduras, deportes, cine, la relación del tamaño de zapato y del pene, y mis lugares favoritos para ser besada.
Pero ninguno de nosotros parece saber cómo recuperar esa
comodidad de tocar. En el sofá el miércoles por la noche, me abraza, besa la cima de mi cabeza, traduciendo un drama francés en susurros.
Besa mi sien cuando se va a trabajar y llama al mediodía y a las cuatro todos los días.
Pero parece haber puesto el sexo en mis manos… por así decirlo. Y estoy fallando a lo grande. Quiero decirle que nunca seré la seductora bomba sexual y que tiene que liberar algo de ese Pedro salvaje para hacerme sentir cómoda, pero está demasiado cansado para hacer algo más que quitarse los zapatos cuando llega a casa.
Finjo que estoy en el montaje de una película, desarrollando una nueva rutina matutina en mi fabulosa vida en Paris. Miro por la ventana y pruebo el café que Pedro hizo antes de irse, decidiendo lo que haré todo el día y revisando la pequeña lista de traducciones que él dejó para mí.
¿Cómo estás? Comment allez-vous?
Gracias. Merci.
¿Hablas español? Parlez-vous espagnol?
¿Dónde está el metro? Où se trouve le métro?
¿Dónde está el baño? Où sont les toilettes?
¿Cuánto? Combien ça coûte?
Porque no, no estoy interesada. Mi esposo es perfecto. Comment,non, ça ne m’intéresse pas. Mon mari est parfait.
Una vez que me he duchado y vestido, consigo un pastelillo en la pequeña pastelería a dos cuadras de nuestro edificio, donde platico con la chica americana que trabaja ahí, Simone y luego camino o tomo el metro a un lugar en el que nunca he estado antes. El Barrio Latino, Montmartre, el Museo de Orsay, las Catacumbas. Incluso planeo un tour en bicicleta por Versalles, donde puedo ver los amplios jardines y el palacio.
Es una vida de ensueño, lo sé. Es una vida tan genial que mi yo del futuro casi odia a mi yo del presente por tener tanto tiempo y libertad y siempre sentirme sola. Es ridículo. Es que… me gusta Pedro. Estoy ávida por más tiempo a su lado.
Al menos hay consuelo en saber que puedo llamar a Lola o Helena por la hora en la que se están levantando de la cama y ambas están viviendo indirectamente a través de mí.
El viernes por la tarde, encuentro una soleada banca afuera del Orsay y llamo a Helena, para ponerla al día de toda la Aventura de Paris.
A pesar de que Helena ha estado aquí más veces de las que puedo recordar, le hablo sobre nuestro piso, el metro, sobre el pastelillo y el café y las interminables calles curvas. Le digo que es fácil caminar por kilómetros y no darse cuenta de ello, que los monumentos más impresionantes casi siempre son los que están en los lugares más ordinarios… aunque nada en Paris es ordinario.
—¡Y estoy conociendo personas! —le digo—. Es decir, además de Pedro.
—Un ejemplo, por favor. ¿Lo aprobaríamos?
—¿Tal vez? —digo, pensando—. Esta chica americana, trabaja en la panadería donde compro mi desayuno. Su nombre es Simone, es del Valle…
—Uh.
Me río. —Pero usó la palabra espantosa14 para referirse a ―genial y desde entonces no dejo de pensar en ella como Gruesimone15.
—Por esto es por lo que me haría gay por ti, Paula —dice Helena—. Casi ni hablas y luego mierda como esa sale de tu boca. ¿Como aquella vez que me dijiste zorralow cuando tuvimos esa pelea en séptimo grado y comencé a reír y no pude parar hasta que me hice pipi? Somos luchadoras terribles.
—Escucha —digo, viniéndome abajo por el recuerdo—, no habla con su mejor amiga desde quinto grado porque ella escogió la misma canción para el primer baile de su boda.
Helena se detiene por un instante. —Dame otro ejemplo, tal vez puedo ver ese.
—¿En serio? —Alejo el teléfono de mi oído y lo miro como si ella pudiera ver lo que pienso a través de la llamada—. Y no te preocupes, Helena, ni Lola ni yo elegiremos algo de Celine Dion.
—Me doy cuenta de que te estás burlando de mí, pero la mujer es increíble. ¿Y en concierto? No me hagas empezar.
Gruño. —De acuerdo, otro ejemplo. —Pienso en algunas opciones.
Podría hablar de la otra barista, la no verbal Rhea, en quien he empezado a pensar como Rhepelente, pero luego recuerdo el extraño hábito de Simone—. Gruesimone dice ―JMV para todo. Como…
—Espera —me interrumpe—, ¿qué es ―JMV?
—Jode mi vida.
—Guau, de acuerdo —dice—. ¿Y la gente usa esto por otras razones que no sean ―tengo cáncer o ―estoy atrapado debajo de un camión?
—Al parecer —digo, asintiendo—. Deja caer unas monedas, JMV.
Derrama café en su mano: JMV. Se astilla la uña y, no bromeo, JMV. Y afuera, en la calle, la ciudad es una locura. Aquí los coches van como locos, pero los peatones sólo entrarían en la calle como: ―he tenido una buena vida, está bien si todo termina aquí.
Helena se echa a reír al otro extremo de la línea y eso me hace sentir cálida, hace que mi mundo se sienta grande de nuevo. —¿Y almuerzan con una botella de vino y cuatro expresos? —pregunto, riendo—. ¿Por qué no?
—Suena como mi tipo de ciudad —dice Helena.
—Has estado aquí, ¿por qué te la estoy describiendo?
—¿Porque me extrañas?
Me dejo caer contra el respaldo de la banca. —Sí. De verdad.
Hace una pequeña pausa antes de preguntar—: ¿Y el marido?
Ah. Ahí está. —Es bueno.
—¿Eso es todo? —pregunta, su voz más silenciosa—. ¿De verdad es todo lo que consigo? Te has ido por dos semanas, viviendo con el pequeño Adonis, ¿y todo lo que puedes decirme es que ―es bueno?
Cierro los ojos e inclino la cabeza hacia el sol. —Es tan dulce, pero trabaja constantemente. Y cuando está en casa, básicamente soy tan seductora como una caja de cartón.
—Bueno, ¿has hecho otros amigos? Amigos calientes. Ya sabes, ¿para mí? —pregunta y puedo oír la sonrisa en su voz.
Tarareo. —No realmente. Quiero decir, ha pasado una semana y media, y estuve enferma gran parte de ese tiempo. Conocí a la mujer de la planta baja y apenas habla español, pero hacemos que funcione.
—Pedro te ha presentado a otras personas para cuando se va.
—Sí, no he escuchado nada sobre cualquiera de sus amigos. —Mis pensamientos vagan sobre esto un poco—. Quiero decir, no me malinterpretes, tenemos tan poco tiempo juntos que no estoy muy segura de querer compartirlo. Pero, ¿es raro? ¿Crees que es extraño que no haya mencionado reunirse con algunas personas por aquí?
—Mmm, bueno… ya sea que tenga un montón de novias muertas en algún lugar que está tratando de mantener ocultas…
—Ja, ja.
—O es como tú dijiste y sólo está ocupado. Hubo literalmente semanas en las que apenas vimos a mi mamá al crecer porque estaba en el set.
Tiro de un hilo suelto en mi camiseta, preguntándome si podría estar en lo cierto. —Sí, supongo que tienes razón.
—Ooooo —comienza—, él es un chico y por lo tanto le gusta pretender que eres feliz con sólo caminar desnuda por su apartamento todo el día. Esa es la hipótesis que se lleva mi voto.
—La tomaré.
—Estarás en un avión en un par de semanas. Disfruta la libertad.Llena tus días de sol y vino. Momentos desnudos con calientes chicos franceses. Con uno en particular.
—Tuvimos el sexo más incómodo de la historia del mundo la otra noche. No podía dejar de pensar demasiado en todo. Y nada más por los últimos tres días y quiero tocarlo constantemente. Es una tortura. —Y lo es.
Tan pronto como lo digo, pienso en la piel suave de su cuello, el gentil mordisco de sus dientes, las líneas definidas de su pecho y estómago.
—Entonces sal de tu cabeza —dice en un dramático acento ruso—,y dale a su cabeza algo de atención, si entiendes lo que digo.
—No lo entiendo, zorralow. ¿Puedes explicarme eso? ¿Su… cabeza?¿Te refieres a su pene? Me gustaría que dejaras de hablar en código.
—Bueno, dime algo. ¿Por qué fue fácil en Las Vegas y no aquí?
—No lo sé… —Arrugo la nariz, pensando—. Sólo fingí ser el tipo de chica que haría algo así. Sexo de una noche y sexy y bla bla bla.
Riendo, pide—: Pues sé esa chica de nuevo.
—No es tan fácil. Es más raro aquí. Como si todo fuera intencionado.
―Deberíamos tener sexo porque me siento muy atraída por ti y también estamos casados. Las personas casadas tienen sexo. Beep, boop, boop,fallo al reiniciar el sistema.
—Estás haciendo la cosa del robot ahora mismo, ¿verdad?
Miro mi mano levantada a mi lado, los dedos apuntando y
presionados juntos. —Tal vez.
Su risa se hace más fuerte y trata de sacar las palabras. —Entonces se alguien menos neurótico, trol.
—Oh, amiga, debí haber pensado eso, zorralow. Totalmente puedo ser alguien menos neurótico. Muchas gracias, mis problemas están resueltos.
—Bueno, está bien —dice ella, y casi puedo ver su cara, cómo se inclinaría y se pondría seria con su tema favorito de todos los tiempos: sexo—. Te daré una sugerencia sólo para ti, Terroncito: consigue un disfraz.
Siento como si el cielo se acabara de abrir y el universo ha dejado caer un yunque sobre mi cabeza.
O un guante.
Cierro los ojos y recuerdo Las Vegas, lo fácil que fue ser juguetona en lugar de seria. Pretender ser alguien más valiente de lo que soy. Y la mañana en la que usé su mano como juguete sexual. También funcionó en ese momento. Ser alguien más, perderse en el papel.
Siento la idea cosquilleando en mis pensamientos antes de
propagarse, alas extendiéndose rápidamente.
Interpreta.
¿Qué es lo que más te gustaba de bailar? me había preguntado.
La habilidad de ser cualquier persona en el escenario, le dije. Quiero una vida diferente esta noche.
Y entonces, escogí una vida diferente, pero está aquí,
marchitándose.
—¿Te conozco o qué? —pregunta Helena, su sonrisa empujándose a través del océano por la línea telefónica.
14 En el original ―gruesome.
15 Juego de palabras.
martes, 4 de noviembre de 2014
CAPITULO 32
Quiere tener sexo esta noche. Yo quiero tener sexo esta noche. Pero lo que era fácil antes, de repente se siente… complicado. ¿Lo hacemos ahora? El sofá sería genial, incluso tal vez la mesa… ¿o deberíamos terminar de cenar e ir a la habitación para ser civilizados? Miro por la ventana y veo que el sol aún se filtra por la claraboya encima de la cama.
Verá mis cicatrices. Todas.
Lógicamente, sé que las ha visto antes —sentido por mi piel—, pero esto es diferente. No es un sexo espontaneo de ―tal vez nunca pasará de nuevo. No es un sexo ―no tienes idea quién soy entonces puedo ser quién desee. No es sexo ―billete de lotería, sólo pasó en una oportunidad perfecta. Esto es sexo que planeamos, que podemos tener cuando queramos. Sexo accesible.
Todos estos pensamientos y más corren por mi mente, y él todavía me observa, esperando con una mirada insegura.
Pienso demasiado y el pánico que estropearé esto crece como humo en mi pecho, mi garganta.
—¿Tienes hambre? —pregunta, cambiando el tema.
—No tengo que tenerlo. —¿Qué significa eso, Paula?
—Pero… ¿tienes hambre ahora? —Rasca su cien, entendiblemente confundido—. Me refiero a que podemos comer primero si prefieres.
—No quiero. No deberíamos. ¿Podemos no hacerlo? Me parece bien no comer primero.
Con una risa silenciosa, Pedro, apaga el fuego y se voltea.
Toma mi rostro entre sus manos, sus palmas cálidas contra mis mejillas y me besa. Sus labios burlan los míos, los dientes suavemente rozándose contra estos.
Siento sus dedos enredarse en mi cabello e inclina mi cabeza hacia atrás, alejándose lo suficiente para rosar su nariz con la mía, y elevar mi barbilla a la suya. Contra mi piel, sus dedos se estremecen con la limitación, y sus
sonidos salen tensos, apenas controlados. Me estanco con un suspiro cuando la punta de su lengua entra y él gime en mi boca. Mis pezones se endurecen y comienza a encaminarnos a la habitación, y siento el peso de mis pechos, el calor entre mis piernas.
Su pie pisa la cima del mío, y susurra una disculpa, haciendo una mueca mientras digo contra su boca—: Está bien, está bien.
Mis ojos están cerrados, pero siento el momento cuando quita sus zapatos, los escucho aterrizar contra el suelo de madera. El borde de una pared conecta con mi espalda y susurra otra disculpa contra mi boca, jugando con mi lengua, e intenta distraerme. Sus dedos viajan por mi
columna, bajo el dobladillo de mi camiseta, y pronto está subiendo y saliendo sobre mi cabeza, olvidada en algún lugar detrás de nosotros. Mis manos tiran de su camisa hasta que su piel está desnuda, cálida y presionada contra la mía.
La ropa sale del camino, él —literalmente— tropieza sacando su pantalón, la habitación se inclina y cuando abro los ojos nuevamente veo el techo, y siento las suaves sabanas en mi espalda. Besa un camino desde mi cuello hasta mi hombro, lamiendo un recorrido a mi pecho. Es más
oscuro aquí de lo que esperaba y casi olvido que estamos desnudos hasta que Pedro se arrodilla y se estira, buscando en el escritorio y regresando con un condón.
—Oh —digo, frunciendo el ceño. Supongo que estamos listos.
Además, supongo que la prueba de sangre no está lista—. ¿Vamos a…?
Baja la mirada a la envoltura de aluminio. —Revisé el correo y… no estábamos… quiero decir, si…
—No —interrumpo—. De acuerdo. Está bien. —¿Y puede ser esto más raro? ¿Está pensando que tengo algo? ¿Piensa que las Vegas fue, como, una ocurrencia diaria para mí? ¿Y qué hay de él? ¿Qué hay de la otra?
Millas de pechos y brazos desnudos están frente a mí, su estómago plano, su polla dura justo entre nosotros… ¿cuántas otras mujeres han disfrutado esta vista?—. Definitivamente deberíamos usar uno, para estar seguros hasta que sepamos.
Asiente y no pasa de ser percibido para mí la manera que sus manos tiemblan mientras abre la envoltura, cuando llega a sí mismo y coloca el látex por su longitud. Mis piernas están abiertas y se sitúa entre medio de ellas, sus ojos parpadeando en los míos.
—¿De acuerdo? —pregunta.
Asiento y dejo salir un suspiro cuando sus dedos encuentran donde estoy húmeda, moviéndose en pequeños círculos antes de reemplazarlos con su polla.
Y oh… de acuerdo. Eso se siente… bien.
—¿Todavía de acuerdo? —pregunta de nuevo y esta vez rodeo sus caderas con mis piernas y las aprieto, atrayéndolo.
Exhala cuando me penetra, aún con su cuerpo al ras con el mío. Sus diminutos sonidos vibran a lo largo de mi cuerpo y asiento para decirle que estoy bien, que continúe. Se aleja, empujando hacia atrás. Su cabello roza con mi pecho, cuando mira entremedio de ambos, observando cómo se mueve en mí. Una y otra vez.
Estoy consciente de cada respiro que toma, cada palabra y gruñido que abandonan sus labios, el sonido de su piel cuando se estrella con la mía. Hay un grito afuera y miro hacia la ventana. Pedro toca mi barbilla, sonríe cuando trae de vuelta mi atención y me besa. Aún puedo saborear el vino que debió haber tomado mientras preparaba la cena; puedo oler el persistente olor de su loción de afeitar. Pero también puedo oír el sonido en la calle, sentir el peso y húmedo aire en el departamento presionándose sobre nosotros.
Se me ocurre que no noté ninguna de esas cosas antes, cuando nos encontrábamos juntos en las Vegas ni en la habitación del hotel. Estaba tan perdida en la fantasía de donde estábamos y que hacíamos, fingiendo ser alguien más con una vida diferente, que olvidé pensar o preocuparme; todo lo que quería era a él. Pedro aumenta la velocidad y lleva su mano entre nosotros, sus dedos se deslizan donde está en mi interior antes de dirigirse a mi clítoris. Y se siente bien, muy bien. Estar con él se siente bien y sus sonidos son increíbles y sólo han pasado unos minutos pero… oh… siento algo.
¿Ahí? Ahí.
—Sí —suspiro y maldice en respuesta, sus caderas acelerándose. Y guau, eso definitivamente está ayudando porque ahí está otra vez, un endurecimiento profundo en mi estómago. La presión se construye, pesada y ahí, de nuevo y estoy cerca.
¿Creo?
Sí.
No.
… ¿Tal vez?
Muevo mis caderas y él mueve las suyas en respuesta, más duro otra vez y más rápido hasta que la cabecera comienza a golpetear constantemente contra la muralla detrás de mí y…
Eso podría ser difícil de sincronizar. ¿Qué hay de los vecinos?
Uh, cerebro, cállate. Cierro los ojos y me vuelvo a concentrar, inhalo profundamente y elevo la mirada. Pedro está hermoso sobre mí, susurrando pequeñas sucias cosas en mi oído, algunas de ellas las entiendo y otras, demonios, probablemente podría estar leyéndome su lista de comida y sería caliente.
—Prácticamente, puedo oírte pensar, Cerise —dice en mi oído—. Detente.
Dios, estoy tratando. Deslizo más arriba mis piernas en su lado e intento guiarlo, silenciosamente rogándole a mi cuerpo que vuelva al lugar donde mis extremidades se derriten, y no escucho nada más que el ruido blanco, y el sonido de él viniéndose y viniéndose pero… mierda, eso no está pasando. Chico estúpido. Cerebro estúpido. Orgasmo estúpido temperamental.
—Déjame escucharte —dice, pero suena mucho como una
pregunta. Como si me preguntara—. No tienes que estar silenciosa.
¿Estoy siendo silenciosa? Gimo ante cuán rara me siento y cierro mis ojos, preguntándome si debería decirle que no tiene que esperarme, recordarle que a veces mi cuerpo toma mucho tiempo o, no puedo creer que esté pensando esto, sí debería fingirlo.
—Pedro—digo y aprieto mi agarre en sus hombros porque
francamente, no tengo idea de lo que está a punto de salir de mi boca—: Te sientes tan bien, pero…
Aparentemente eso es todo lo que necesitaba.
—Oh dios —gime—. Todavía no, todavía no.
Muerde su labio, desliza los dedos de una mano en mi cabello mientras la otra cubre mi trasero, levantándome con él. Más cerca. Se inclina y gime en mi boca y, si no estuviera tan perdida en mi propia cabeza, querido Dios, todo esto sería tan caliente.
—Mierda, mierda, mierda —gruñe y empuja en mí una última vez, tan profundamente que prácticamente me parto por la mitad. El aire se escapa de mis pulmones en un zumbido cuando colapsa sobre mí y parpadeo observando el techo.
Estoy familiarizada con este momento; es el mismo que he tenido una y otra vez durante mi vida. El momento cuando mi cuerpo no consigue llegar ahí y me quedo con la preocupación de que algo está mal conmigo. Que tal vez nunca tendré un orgasmo rutinario con otra persona.
Pedro me besa en los labios una vez más, cálido y prolongado, antes de agarrar el condón y quitárselo. —¿Estás bien? —pregunta, inclinándose para atrapar mi mirada.
Me estiro, haciendo mi mayor esfuerzo de lucir plenamente agotada, y le sonrío. —Absolutamente. Sólo… —me detengo para bostezar dramáticamente—, estoy muy relajada ahora —digo cansadamente.
Puedo ver las palabras en la punta de su lengua, la
pregunta: ¿De verdad?
—¿Quieres cenar? —pregunta en su lugar, besando mi mejilla. Su voz tiembla ligeramente, un suspiro de duda.
Asintiendo, observo como sale de la cama, se vuelve a vestir y me sonríe dulcemente antes de salir de la habitación.
CAPITULO 31
Parece más difícil mantener el ritmo de lo que gasto cuando los euros todavía se sienten como jugar con dinero. Dado cuán diferentes se sienten las cosas con Pedro, desde cómo se sentían en los Estados Unidos — y a pesar que estoy enamorada de este lugar— parte de mí cree que debería quedarme por dos semanas, ver todo lo que pueda en ese tiempo y luego volar a casa para hacer los cambios con mi padre así no tengo que recurrir a la prostitución o a bailar cuando me mude a Boston, y comience a buscar departamento.
Pero la idea de enfrentar a mi padre ahora hace que mi piel se enfríe. Sé que lo que hice fue impulsivo y tal vez incluso peligroso. Sé que cualquier padre en esta situación tendría derecho a estar enojado. Sólo que todo enfada a mi padre; todos nos hemos insensibilizado acorde pasa el tiempo. Me he disculpado suficientes veces cuando no lo necesitaba; esta vez no puedo encontrar nada que lamentar dentro de mí. Puede que esté asustada y sola, sin saber cuándo se aflojará el calendario de Pedro, qué pasará con nosotros esta noche, mañana, la próxima semana, o qué pasará cuando me encuentre en una situación donde no pueda comunicarme con alguien, pero esta era la primera decisión en mi vida que parecía que me pertenecía.
Estoy completamente perdida en mi cabeza, analizando mi llamada con Pedro, cuando salgo de la ducha. En frente mío, el espejo del baño está perfectamente seco, limpio de cualquier rastro de gotitas de agua, cualquier mancha, como si hubiese sido limpiado con algo. Me ofrezco para limpiar, para ocupar mi energía, pero definitivamente no hay nada que hacer. La ventana del baño resplandecía y también, la luz del sol entra directamente. La curiosidad hormiguea en el borde de mis pensamientos y me paseo, inspeccionando todo. El departamento está completamente perfecto e impecable y en mi experiencia, eso era muy extraño para ser de un hombre. Antes de ir a las ventanas de la sala de estar, sé lo que encontraré.
O, mejor dicho, lo que no encontraré. Sé que mi primer día
verdadero aquí presioné mi mano contra el cristal, observándolo subir a su motocicleta. Sé que lo hice más de una vez. Pero no hay una huella de la mano ahí, sólo más pulcro y limpio cristal. Nadie ha estado aquí a excepción de nosotros. En algún punto, en su franja de tiempo a casa, se tomó un minuto de limpiar las ventanas y espejos.
****
La anciana que vive al final del piso está barriendo los peldaños cuando salgo del ascensor y paso al menos una hora con ella en mi salida.
Su español viene en fragmentos, mezclados con palabras francesas que no puedo traducir, pero de alguna manera hacemos lo que podría ser una extraña conversación en algo sorprendentemente fácil. Me dice que el ascensor fue añadido en los setentas, después que ella y su esposo se mudaran aquí. Me dice que los vegetales son mucho mejores en Rue de Rome, que en el supermercado de la esquina. Me ofrece pequeñas uvas verdes con semillas amargas que me provocan piel de gallina, pero al parecer no puedo dejar de comerlas. Y me cuenta que está feliz de ver a Pedro sonreír demasiado y que nunca le gustó la otra.
Empujo de mi cabeza este pedazo de información y la retorcida,oscura curiosidad y le agradezco por su compañía. Pedro es apuesto, exitoso y encantador; por supuesto que tuvo una vida antes de seguirlo al aeropuerto, una vida que sin duda incluía mujeres. No me sorprende saber que alguien estuvo antes con él. Es sólo que me di cuenta que todavía estoy esperando aprender cualquier cosa de él, otra cosa que no sea cómo luce sin ropa.
*****
Paso la mayor parte del día observando nuestro vecindario y
creando un mapa mental del área. Las calles son interminables, tienda tras tienda, pequeños callejones tras pequeños callejones. Es como bucear en la madriguera del conejo, pero aquí sé que encontraré mi manera de salir.
Simplemente necesito encontrar el indicador M de la Métropolitain y seré capaz de volver a la calle de Pedro con facilidad.
Mi calle, me recuerdo. Nuestra. Juntos.
Pensar en su casa como mía es como fingir que un escenario de película está en la casa, o saber que los euros son dinero real. Y cada vez que bajo la mirada a mi anillo de boda, se siente más irreal. Me gusta la vida de la calle al atardecer. El cielo es brillante por encima de mí, pero comienza a desvanecerse cuando el sol empieza a deslizarse bajo el horizonte. Largas sombras cruzan la calle y los colores, de alguna manera, parecen más abundantes, más llenos. Los rascacielos rodean la estrecha carretera; la acera desnivelada se siente como un camino a una aventura.
En la luz del día, el edificio de Pedro luce un poco lamentable, tocada con la mugre, el viento y la antigüedad. Pero en la noche parece aclararse. Me gusta que nuestro hogar sea un búho nocturno.
Mientras seguía las encorvaduras de la acera, me doy cuenta que esta es la primera vez que he caminado de Rue St.-Honoré al metro, bajando en la parada correcta y luego caminando a casa sin la necesidad de revisar la aplicación en mi teléfono.
Detrás de mí, escucho autos en la calle, motocicletas, una
campanilla de bicicleta. Alguien ríe en una ventana abierta.
Todas las ventanas están abiertas aquí, las puertas de los balcones y las persianas de par en par para recibir el aire más frío de la noche, los cortinas vuelan con la briza. Hay una ligereza en mi pecho mientras me acerco a nuestro edificio, seguido de un distintivo salto en mi pulso cuando veo la motocicleta de Pedro estacionada en la acera justo afuera.
Lleno mis pulmones a medida que entro a la pequeña recepción y camino hacia el ascensor. Mi mano tiembla cuando presiono el botón de nuestro piso y me recuerdo respirar. Inhala profundamente. Exhala profundamente. Mantén la compostura. Esta será la primera vez que Pedro ha llegado a casa antes que yo; la primera vez que estaremos juntos en el departamento sin uno de nosotros medio dormido o vomitando, o trabajando hasta tempranas horas de la mañana. Mis mejillas enrojecen cuando lo recuerdo gruñendo ―No te retractes sólo esta mañana después de tener un orgasmo con su mano.
Oh, querido Dios.
Mi estómago estalla en mariposas y una mezcla de nervios y
adrenalina me impulsa del ascensor. Introduzco mi llave en la cerradura, respiro profundamente y abro la puerta.
—¡Cariño, llegué! —anuncio en la entrada y me detengo ante el sonido de la voz de Pedro.
Está en la cocina, con el teléfono presionado en su oreja y hablando en un rápido francés. No estoy segura cómo puede entenderlo la persona de la otra línea. Claramente, está agitado y repite la misma frase, cada vez más fuerte y más irritado.
Todavía no me ha notado y a pesar que no tengo idea de qué dice o con quién habla, no puedo evitar sentirme como si me estuviera entrometiendo. Su enojo es como otra persona en la habitación y silenciosamente dejo mi llave en la mesa y me pregunto si debería volver al pasillo o tal vez escaparme al baño. Veo el momento en que atrapa mi
reflejo en la ventana de la sala de estar; se pone rígido y sus ojos se amplían.
Pedro voltea, con una sonrisa dura en su lugar y levanto la mano, ofreciendo un pequeño, raro saludo.
—Hola —susurro—. Lo siento.
Saluda y con otra sonrisa de disculpa, levanta un dedo señalándome que espere. Asiento, pensando que quiere que espere mientras termina su llamada… pero no es así.
En su lugar, asiente de regreso al suelo y luego camina por el piso en dirección al cuarto, cerrando la puerta detrás de sí.
Sólo puedo observar fijamente y parpadear a la simple puerta blanca. Su voz se escucha desde la sala de estar y, si es posible, es incluso más fuerte que antes.
Desmoronándome, dejo que mi bolso se deslice de
mi hombro para aterrizar en el sofá.
Hay comida en la esquina: una bolsa de pasta fresca, algunas hierbas y una rodaja de queso. Una baguette envuelta en papel café está junto a la olla de agua que comienza a hervir. La simple mesa de madera está compuesta en rojos, brillantes platos y un ramo de flores moradas vertidas en un pequeño jarrón en el centro. Nos hacía la cena.
Abro unas cuantas puertas de la alacena, buscando una copa de vino e intento ignorar las palabras que todavía oigo en la otra habitación.
De una persona que no conozco. En un lenguaje que no hablo.
También intento apisonar el hilo de intranquilidad que inquieta apretadamente mis entrañas. Recuerdo a Pedro diciéndome que a su jefe le preocupaba que se hubiera vuelto distraído y me pregunto si habla con él. Puede ser uno de los chicos —Fernando o Orlando— o Perry, el que no pudo ir a las Vegas. Pero, ¿sonaría tan frustrado hablando con su jefe o un amigo?
Mis ojos van al cuarto justo cuando la puerta se abre y salto,
sobresaltándome ligeramente antes de intentar lucir ocupada. Alcanzo un racimo de albahaca y busco un cuchillo en el cajón más cerca.
—Lo siento mucho —dice.
Hago un gesto con la mano y mi voz sale un poco ruidosa cuando digo—: ¡No te preocupes! No tienes que explicarme nada. Tenías una vida antes de que llegara.
Se inclina, dejando un beso en cada una de mis mejillas.
Dios, huele tan bien. Sus labios son suaves y tengo que agarrar la encimera para mantenerme quieta.
—Tenía una vida —dice, tomando el cuchillo de mis manos—. Pero tú también. —Cuando sonríe, no alcanza a llegar a sus ojos. No hay hoyuelo. Lo extraño.
—¿Por qué tu trabajo mata tu descanso? —pregunto, deseando que me toque de nuevo.
Con una sonrisa divertida, se encoje de hombros. —Todavía soy muy joven en la firma. Representamos a una gran corporación en un gran caso, así que tengo miles y miles de páginas de documentos que pasar. Ni siquiera creo que los abogados que han estado ahí por treinta años estén así de ocupados.
Llevo un pequeño tomate a mis labios, rozándolo con éstos y antes de tomar un bocado, digo—: Eso apesta.
Me observa masticar, asintiendo lentamente. —Sí, apesta. —Sus ojos se oscurecen y parpadea una vez, y luego otra vez; sus ojos se aclaran cuando su mirada encuentra la mía—. ¿Cómo estuvo tu día?
—Me siento culpable de salir y divertirme, y tú estás estancado en la oficina todo el día —admito.
Baja el cuchillo y voltea su rostro enfrentándome. —Entonces… ¿te quedarás?
—¿Quieres que me quede? —pregunto, mi voz llena de rareza y mi pulso endurece mi garganta.
—Por supuesto que quiero que te quedes —insiste. Con una mano titubeando, desarma su corbata y la tira al final de la encimera—. En vacaciones es fácil fingir que la realidad no existe. No consideré cómo mi trabajo afectaría esto. O quizás sólo creí que eras más inteligente que yo y menos impulsiva.
—Lo prometo. Estoy bien. París no apesta. —Le doy una sonrisa brillante.
—El problema es que me gustaría disfrutar de ti mientras estás aquí.
—Te refieres a mi chispeante humor y gran cerebro, ¿no? —le pregunto con una sonrisa, alcanzando la albahaca de la encimera.
—No, no me interesa tu cerebro. Me refiero a tus pechos.
Francamente, sólo me preocupo por los pechos.
Me río y el alivio fluye por mi torrente sanguíneo. Ahí está él. —¿Quién te dejó graduarte de la escuela de leyes, tonto?
—Tomó algo de persuasión, pero mi papá es un hombre rico.
Me río otra vez y él se acerca más, pero tan pronto como lo hace, el momento explota en algo raro de nuevo cuando llevo mi mano a él y nuestras manos se estrellan en el aire.
Nos disculpamos al unísono y luego nos quedamos de pie ahí, mirándonos fijamente.
—Puedes tocarme —digo.
Al mismo tiempo pregunta—: ¿Por qué nunca tomas el dinero que dejo en la mesa?
Me detengo por un momento antes de susurrar—: Me siento en un ambiente de prostituta por esa orden.
Pedro se inclina, riéndose conmigo. —Lo siento. No sé cómo decir todo lo que he practicado todo el día. —Pasa una mano por su cabello y lo deja desordenado, y ridículo y maldición. También quiero pasar mis dedos por él—. Es que tengo mucha culpa por no estar mucho aquí desde que llegaste y quiero asegurarme que te diviertas.
Ah. La culpa lo está haciendo la versión robot del chico adorable con el que me casé. — Pedro, no tienes que cuidarme.
Su rostro se desmorona un poco, pero segundos después se recompone. —Quiero contribuir de alguna manera.
—Me trajiste hasta aquí —le recuerdo.
—Pero apenas te veo. Y anoche, me quedé dormido… y tú… — Observo como su lengua sale y humedece sus labios. Está observando mi boca, labios abiertos—. Esto es tan raro —susurra.
—Lo más raro —concuerdo—. Pero tomaré tu dinero.
—Estamos casados.
—No estamos casados de esa manera.
Se ríe, meneando la cabeza en una simulada exasperación, pero la diversión trae su hoyuelo en su mejilla y provoca que mi corazón crezca diez veces más en mi pecho. Hola, cariño.
Legalmente, sí, estamos casados. Pero ya dependo de él por el hogar y comida. No hay manera de que esté cómoda tomando su dinero cuando ni siquiera sé su segundo nombre.
Mierda, ni siquiera sé su segundo nombre.
—Creo que es genial que tengas tanta diversión —dice
cautelosamente—. ¿Has estado en el Museo…?
—¿Cuál es tu segundo nombre? —interrumpo.
Inclina la cabeza, dejando que una pequeña sonrisa juegue en la esquina de sus labios. —No tengo.
Exhalando, digo—: Genial. Pedro Alfonso. Un buen nombre.
Su sonrisa se desmaraña como si quisiera igualarme en información.
—De acuerdo. ¿Cuál es tu segundo nombre?
—Tampoco tengo .
Lo observo por un momento, sintiendo una sonrisa posándose lentamente en mi boca. —Estamos haciendo todo el revés —susurro.
Dando un pequeño paso más cerca, dice—: Entonces necesito seducirte de nuevo.
Oh, los aleteos. —¿En serio?
Su sonrisa se eleva peligrosamente. —Te quiero en mi cama esta noche. Desnuda debajo de mí.
Está hablando de sexo y de repente, no hay manera que sea capaz de comer un poco de comida. Mi estómago gatea a mi garganta y prácticamente mis bragas caen con anticipación.
—Es el por qué quería comenzar por prepararte la cena —continúa, distraído—. Y mi madre me despellejaría vivo si supiera lo mucho que como comida para llevar.
—Bueno, no puedo imaginarte llegar a casa a la media noche y prepararte algo para comer.
—Cierto —dice lentamente, sacando la palabra en varias silabas mientras da otro paso más cerca—. Quería recompensar lo de anoche. — Sonríe y sacude la cabeza antes de bajar la mirada a mí—. Y el haberte dejado tan rápido esta mañana después que usaras mis dedos tan ingeniosamente. —Se detiene, asegurándose que tuviera íntegra atención antes de añadir—: Quería quedarme.
Oh. Me pregunto si puede oír la manera que mi corazón
repentinamente cae a mi estómago, porque se siente como un choque que retumba por la habitación. Mi cabeza está llena de palabras, pero debe haber algún tipo de corte entre mi cerebro y mi boca porque no sale nada. Cada pelo a lo largo de mi brazo se eleva y me observa, esperando por una reacción.
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