viernes, 7 de noviembre de 2014

CAPITULO 40





Incluso cuando me despierto sola un par de horas más tarde, recuerdo la forma en que susurraba contra mis hombros, y finalmente en mis oídos. Había rodado sobre mi espalda, con los ojos todavía cerrados mientras me envolvía a su alrededor en un abrazo somnoliento, con la tela de su áspero traje y la seda de su insinuante corbata arrastrándose entre mis pechos desnudos. Si hubiera estado más despierta, lo habría tirado, y observado mientras tocaba los moretones con las puntas de sus dedos
presionando mi piel.


Pedro me dejó el desayuno. Hay café y un cruasán envuelto
esperando en el mostrador, junto con un gorro de encaje que va con mi traje de sirvienta; una nueva lista de frases garabateadas descansa debajo de mi plato.


¿Qué hora es? Quelle heure est-il?

¿A qué hora cierran? A quelle heure fermez-vous?

Quítate la ropa, por favor. Déshabille-toi, síl te plaÎt.

Fóllame. Duro. Baise-moi. Plus fort.

Necesito un consolador grande, del mismo tamaño que el de mi esposo. Je voudrais le gros gode, celui qui se rapproche le plus de mon mari.


Ese fue el mejor orgasmo de mi vida. C’était le meilleur orgasme da ma vie.


Me voy a venir en tu boca, chica hermosa. Je vais jouir dans ta bouche, beauté.


Todavía estoy sonriendo cuando entro al baño y me ducho,
recuerdos de la noche anterior corriendo en una rueda dentro de mi cabeza. La presión del agua en el apartamento de Pedro es terrible y el agua apenas es tibia. Me recuerdo una vez más que no estoy en San Diego, donde la única persona con la que necesitaba batallar por agua caliente tan tarde en la mañana era con mi madre después de sus clases de yoga. Hay siete pisos de personas para tener en cuenta aquí, y hago una nota mental para levantarme más temprano mañana, y sacrificar una hora extra de sueño por una ducha caliente. Pero esa no es la única cosa que me perdería. Esos pocos y espontáneos momentos en la mañana, cuando Pedro cree que todavía estoy dormida podrían valer una ducha fría. Muchas de ellas.




*****



Gruesimone está afuera fumando un cigarrillo cuando camino más allá de la pastelería, hacia el metro. —Hoy ha sido una maldita pesadilla — dice, exhalando una nube de humo por la comisura de su boca—. Vendimos los bizcochitos que a todo el mundo le encanta y me derramé un maldito café encima. Al diablo con mi vida.


No estoy segura de por qué me siento con ella durante su descanso, escuchándola desahogarse sobre las dificultades de ser una pobre veinteañera en París, de cómo su novio parece no cerrar nunca el café antes de irse, o de cómo había dejado de fumar, pero que tenía que decidir entre los cigarrillos o matar a un cliente —su elección. No es muy agradable, con nadie, la verdad. Quizás es porque es americana, y es agradable tener conversaciones regulares con alguien que no es Pedro, y en un idioma que en realidad entiendo. O quizás en realidad estoy así de desesperada por el contacto humano exterior. Lo cual es… realmente deprimente.


Cuando termina su último cigarrillo y mi café hace tiempo se ha enfriado, me despido y me dirijo hacia el metro, y luego exploro tanto como puedo de Le Marais en una mañana.


Aquí se sitúan algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, y se ha convertido en una colonia popular por las galerías de artes, los pequeños cafés, y las únicas y costosas boutiques. Lo que más me encanta son las angostas y serpenteantes calles, la forma en que pequeños jardines aparecen de la nada, suplicando por ser explorados, o simplemente porque me siente y vuele a través de una novela, que me pierda en la historia de alguien más.


Justo cuando mi estómago está gruñendo y estoy lista para el almuerzo, mi teléfono vibra en mi cartera. Todavía estoy sorprendida por la deliciosa sacudida en mi pecho cuando veo el nombre de Pedro y su rostro—su estúpida selfie con mejillas rosadas y una gran sonrisa— parpadeando
en mi pantalla.


¿Es afición lo que siento? Buen Dios, definitivamente estoy
aficionada, y cuando sea que está cerca, básicamente quiero acosarlo sexualmente. No es sólo porque sea hermoso, y encantador, es que es amable y atento, y que nunca se le ocurriría ser aprovechado o moralizante. Hay una inherente comodidad en él que es cautivadora, y no tengo ninguna duda de que deja un rastro de corazones rotos sin querer — de hombres y mujeres— a donde sea que va.


Estoy casi segura de que la mujer que tiene una tienda cerca de la esquina de nuestro apartamento está un poco enamorada de él. A decir verdad, estoy bastante segura de que casi todos a los que Pedro conoce están enamorados de él. ¿Y quién podría culparla? Una noche la vi decirle algo en francés, y luego detenerse, presionando sus arrugadas manos contra su rostro, como si le acabara de contar al niño lindo de su enamoramiento. Más tarde, mientras caminábamos por la acera comiendo nuestros gelatos, me explicó que le dijo lo mucho que se parecía al chico del que se enamoró en la universidad, y cómo pensaba en él por un momento todas las mañanas cuando se pasaba por su café.


—Me agradeció por hacerla sentirse como una colegiala de nuevo —me dijo un poco renuente y luego se giró hacia mí con una sonrisa coqueta—. Y que se alegraba de verme casado con una chica tan hermosa.


—Así que, básicamente pones a las señoras mayores un poco cachondas.


—En realidad sólo me preocupo por esta señorita. —Besó mi mejilla— Y no quiero ponerte cachonda. Te quiero desnuda y rogando venirte en mi boca.


Nunca antes había conocido a alguien que fuera una mezcla de sexualidad desvergonzada e inocencia fingida. Así que, es con una mezcla de excitación y miedo que leo su mensaje ahora, mientras atravieso la acera llena.


Lo de anoche fue divertido, dice.


Me muerdo el labio mientras contemplo mi respuesta. El que
entendiera lo que hacía, que jugara conmigo e incluso sugiriera que lo hiciéramos de nuevo, bueno…


Tomo una respiración profunda. Muy divertido, respondo.


¿Fue agradable salir de la rutina?


El sol está en lo alto y tiene que estar cerca de los treinta grados, pero con una oración se las arregló para hacer que la piel de gallina se desatara a lo largo de mis brazos y piernas, y que mis pezones se endurecieran. De alguna manera, hablar sobre ello de esta forma, reconociendo lo que hicimos, se siente tan sucio como ver ese pequeño traje colgando en el armario esta mañana, junto a la ropa que usa para trabajar todos los días.


, escribo, y si un mensaje pudiera llegar en un susurro, así es exactamente como este sonaría.


Hay una larga pausa antes de que comience a escribir nuevamente y me pregunto si es posible que esté tan nervioso como yo lo estoy ahora mismo. 


¿Crees que te gustaría hacerlo de nuevo?


Ni siquiera tengo que pensar en ello. .


Su respuesta llega lentamente; se siente como si estuviera
escribiendo por una eternidad. 


Ve a la estación de Madeleine, línea 14 hacia Chatelet. Camina hacia la 19 de Rue Beaubourg —hacia el Centro Georges Pompidou (El gran museo, no lo puedes pasar por alto). Toma las escaleras eléctricas hacia el piso de arriba. Espera en el bar del restaurante Georges a las 19h00 (7:00pm). Tiene la mejor vista.


Estoy lo suficientemente como cerca para caminar hasta allí, y una emoción vertiginosa se mueve lentamente por mi columna vertebral y se escurre como un cálido baño a lo largo de mi piel. De repente, mis extremidades se sienten pesadas, mi cuerpo ansía, y tengo que entrar en una alcoba en frente de una pequeña librería para recobrar la compostura. Me imagino que así es como se siente un velocista en esos últimos momentos antes de que el pistoletazo de salida suene en el aire.


No tengo ni idea de lo que Pedro está planeando, pero estoy lista para averiguarlo.

CAPITULO 39





No tengo que abrir los ojos para saber que todavía está oscuro afuera. La cama es un nido de cálidas mantas; las sábanas son suaves y huelen a Pedro y a detergente. Estoy tan cansada, flotando en ese lugar entre despierta y dormida, así que cuando las palabras comienzan a ser susurradas en mi oído suenan como burbujas levantándose desde debajo del agua.


—¿Estás frunciendo el ceño en sueños? —Cálidos labios se presionan en mi frente, la punta de un dedo suavizando la piel allí. Me besa una mejilla y luego la otra, rozando su nariz a lo largo de mi mandíbula en su camino hacia mi oído.


—Vi tus zapatos en la puerta —susurra—. ¿Ya has caminado todo París? Se ven casi gastados en las suelas.


Para ser sinceros, no está lejos de la verdad. París es un mapa interminable que parece desplegarse justo delante de mí. Alrededor de cada esquina está otra calle, otra estatua, otro edificio antiguo y más hermoso que nada que haya visto antes. Voy a un lugar y eso sólo me hace querer ver lo que está detrás de ese, y detrás de ese otro. Nunca he estado tan ansiosa de perderme en un lugar antes.


—Me encanta que estés intentando aprender de mi ciudad. Y que Dios ayude al pobre chico que te vea caminar en ese pequeño vestido veraniego que vi colgando en el baño. Tendrás admiradores siguiéndote a casa y me veré obligado a espantarlos.


Lo siento sonreír contra mi mejilla. La cama se mueve y su respiración alborota mi cabello. Mantengo mi expresión relajada, mis exhalaciones silenciosas, porque no quiero despertar nunca. No quiero que pare de hablarme de esta manera.


—Es sábado nuevamente… trataré de llegar a casa temprano esta noche. —Suspira, y escucho el cansancio en sus palabras. No estoy segura si he apreciado completamente lo difícil que esto debe ser para él, equilibrar lo que ve como su responsabilidad hacia mí y hacia su trabajo.


Me imagino que se debe de sentir como ser jalado en todas las direcciones.


—Te pedí que vinieras aquí y siempre estoy ausente. Nunca fue mi intención que fuera de esta manera. Yo sólo… no lo pensé. —Se ríe en mi cuello—. Todos los que conozco rodarían los ojos ante eso. Orlando, Fernando…
especialmente mi madre —dice con cariño—. Dicen que soy impulsivo. Pero quiero ser mejor. Quiero ser bueno para ti.


Casi gimo.


—¿No te despertarás, Cerise? ¿Para darme un beso de despedida con esa boca tuya? ¿Con esos labios que me meten en problemas? Estuve en una reunión ayer y cuando dijeron mi nombre no tenía ni idea de lo que hablaban. Todo lo que podía pensar era en la forma en que tus labios de cerezas se veían ensanchados alrededor de mi polla, y luego anoche… Oh. Las cosas que me imaginaré hoy. Vas hacer que me despidan y cuando estemos sin un céntimo en la calle, no tendrás a nadie a quien culpar sino a esa boca tuya.


Ya no puedo mantener una cara seria y me río.


—Finalmente —dice, gruñendo en mi cuello—. Comenzaba a contemplar prender la alarma de incendios.

jueves, 6 de noviembre de 2014

CAPITULO 38



Soy vagamente consciente de un puño golpeando fuertemente la puerta y me incorporo, desorientada. A mi lado, Pedro se pone derecho de golpe, mirándome con los ojos muy abiertos antes de lanzar las sábanas, ponerse los bóxers y salir corriendo de la habitación. Escucho su voz hablando con quien sea que esté ahí, gruesa con sueño y tan profunda.


Nunca lo había escuchado sonar severo antes. Debe de haber salido al pasillo y cerrado la puerta detrás de él, porque su voz desaparece después de un pesado clic. Trato de mantenerme despierta. Trato de esperarlo y asegurarme que todo está bien y decirle lo mucho que disfruto su voz. Pero debo estar más cansada de lo que creía y es el último pensamiento aturdido que tengo antes de que mis ojos se cierren de nuevo.



*****


Siento la ráfaga de aire debajo de las sábanas y pasa por mi piel a medida que Pedro sube de nuevo a la cama. Huele a él, como a césped, como a sal y especias. Ruedo para colocarme a su lado, mi mente todavía nublada y llena de imágenes de sueños acalorados... y tan pronto como su piel fría toca la mía, llamaradas deseosas se asientan en mi estómago. Lo quiero con una especie de anhelo instintivo apenas despierto. El reloj junto a la cama me dice que son casi las cuatro de la mañana.


Su corazón late con fuerza bajo mi palma, el pecho liso, duro y desnudo, pero atrapa mi mano errante con la suya, manteniéndola quieta, así que no puedo deslizarla hacia su estómago y más abajo.


—Paula —dice en voz baja.


Poco a poco recuerdo que tuvo que ir a la puerta. —¿Todo está bien?


Exhala con lentitud, obviamente tratando de calmarse, y siento más que ver su asentimiento en la oscuridad. El tragaluz sobre la cama deja entrar un brillante trozo de la luz de la luna, pero se corta a través de nuestros pies, iluminando solamente el borde de la cama.


Presiono mi cuerpo junto a su costado, deslizando mi pierna sobre la suya. Los músculos de sus cuádriceps están definidos y firmes bajo la piel suave y cálida, y me detengo cuando he llegado a su cadera, jadeando un poco cuando se arquea hacia mí y gime. Aún lleva sólo bóxers, pero debajo de mi muslo, se encuentra casi completamente duro. 


Bajo mi palma, su corazón vuelve lentamente a la normalidad.


No puedo estar tan cerca de él, incluso media dormida, y no querer sentir más. Quiero las sábanas fuera y sus bóxers abajo. Quiero el calor de sus caderas presionando las mías. 


Mientras murmullo en voz baja contra su piel y me muevo contra él, medio consciente, medio instinto, pasan varios
latidos largos antes de sentir que su cuerpo se revuelve por completo.


Pero lo hace, y con otro gemido silencioso, se gira para encararme, bajando sus bóxers por sus caderas sólo lo suficiente para que pueda liberar su erección.


—J’ai envie de toi16 —dice en mi cabello y frota la punta de su pene sobre mí, probando, antes de empujarse dentro con un agudo sonido de hambre—. Siempre te quiero.


Es sexo sin palabras ni pretensiones, sólo los dos trabajando para llegar al mismo lugar. Mis movimientos son lentos, llenos de perezosa somnolencia y esa valentía de plena noche que me hace rodar encima de él, descansando mi cabeza en su hombro al tiempo que me deslizo a lo largo de su longitud. Sus movimientos también son lentos, pero porque está siendo intencionalmente suave y cuidadoso conmigo.


Por lo normal es mucho más hablador. Quizá es por lo tarde, pero no me puedo sacudir la sensación de que está trabajando para sacarse del pasillo y regresar a la habitación.


Pero entonces, las manos de Pedro vagan por mis costados,
agarrándome de las caderas, y cualquier inquietud se disuelve, sustituido por un creciente y hormigueante placer.


—Follas tan bien —gruñe, alzando sus caderas en mí, encontrándose con mis movimientos a medio camino. Ya no es soñoliento y relajado. Estoy cerca, él está cerca, y persigo el sonido de su orgasmo tanto como puedo sentir el placer deslizándose por mis piernas y mi columna. Estoy tan llena de él, tan llena de sensaciones, es todo lo que soy: cristalina y caliente,hambrienta y salvaje.


Me empuja, así que me encuentro sentada derecha, sus manos sacudiendo mis caderas adelante y atrás sobre él, instándome a montarlo duro a medida que se empuja más profundo y más fuerte dentro de mí.


—Fóllame —gruñe, alcanzando con una mano mi pecho para sujetarlo toscamente—. Fóllame duro.


Y lo hago. Encuentro apoyo con mis manos sobre su pecho y me dejo ir, deslizándome sobre él una y otra vez. Nunca he sido tan salvaje arriba, nunca me llegué a mover tan rápido. La fricción entre nosotros es increíble, resbaladiza y brutal, y con un agudo gemido comienzo a venirme, mis uñas clavándose bruscamente en su piel, y sonidos tensos y desesperados salen de mis labios.


Quiero...


Tanto...


Venirme tan...


Duro, ah...


Oh, Dios mío.


Mi incoherencia saca un gruñido salvaje de su garganta y se sienta, sus dedos sujetándome las caderas y sus dientes presionados contra mi clavícula en lo que empuja duro en mi interior, viniéndose con un grito ronco después de una brutal estocada final.


Sus brazos forman una banda apretada alrededor de mi cintura en tanto presiona su rostro en mi cuello, recuperando el aliento. Me siento mareada, mis piernas ya duelen. No parece que quiera dejarme ir, pero necesito cambiar de posición, y cuidadosamente me levanto y me deslizo a su lado en la cama. Sin hablar, gira hacia mí, jalando mi pierna sobre su cadera y lentamente meciendo su pene aun duro a lo largo de mi clítoris mientras besa mi barbilla, mis mejillas, mis labios.


—Quiero más —admite en la habitación oscura—. No siento haber terminado.


Me agacho, lo vuelvo a deslizar cuidadosamente dentro de mí. No durará mucho, pero hay algo sobre sentirlo así, apenas balanceándose, sin espacio entre nosotros, el negro de la noche extendido sobre la cama como una sábana de terciopelo, que hace que mis huesos duelan con lo intenso que es entre nosotros.


—Sólo quiero hacerte el amor todo el día —dice contra mi boca y se coloca sobre mí—. No quiero pensar en el trabajo o amigos o incluso en comer. Sólo quiero existir sobre ti.


Con esto, recuerdo querer preguntarle qué ocurrió en la puerta. —¿Estás bien? 


—Sí. Sólo quiero quedarme dormido en tu interior. Tal vez nuestros cuerpos hagan el amor otra vez mientras nuestros cerebros duermen.


—No, quiero decir —comienzo, con cuidado—, ¿quién estaba en la puerta?


Se queda quieto. —Perry.


Perry. El amigo que no fue a Las Vegas con el resto de ellos. —¿Qué quería?


Titubea, besándome el cuello. Finalmente, dice—: No lo sé. ¿A mitad de la noche? No lo sé.





16 Te deseo.

CAPITULO 37




Se sale de mí, gimiendo de alivio. Me acurruco contra él, mi corazón todavía acelerado, nuestra piel húmeda de sudor.


—Ah —susurra, besando la cima de mi cabeza—. Ahí está.


Beso su garganta, la lengua deslizándose sobre el hueco donde me pruebo la débil sal de su sudor y el mío.


—Gracias por esto —dice—. Me encanta que lo hayas hecho esta noche.


Mi mano se desplaza hasta su estómago, por el pecho y cierro los ojos mientras pregunto—: Háblame de la ventana. A mi lado se congela por un instante, antes de exhalar un suspiro largo y lento. 


—Es complicado, tal vez.


—No tengo que ir a ningún lugar —le digo, sonriendo en la
oscuridad.


Sus labios se presionan a mi sien antes de que diga—: Mi madre, como ya he dicho, es americana. —Levanto la mirada a su cara desde donde descanso en su pecho, pero es difícil distinguir sus rasgos en la oscuridad—. Se trasladó a Francia cuando acababa de salir de la escuela secundaria y trabajó como empleada doméstica.


—Oh —le digo, riendo—. Tal vez mi elección de vestuario fue un poco rara para ti.


Gruñe, haciéndome cosquillas en un lado. —Te aseguro que esta noche no me hiciste pensar en mi madre en absoluto. —Después de que me calmé a su lado, dice—: Su primer trabajo fue en una casa muy lujosa de un hombre de negocios llamado Carlos Alfonso.


—Tu padre —supongo.


Asiente. —Mi madre es una mujer maravillosa. Cuidadosa, fastidiosa.Me imagino que era un ama de casa perfecta. Supongo que tengo esas tendencias de ella, pero también mi padre. Requería que la casa estuviera impecable. Le obsesionaba. No quería que dejara una marca en ningún lugar. Ni en espejos o ventanas. Ni una miga en la cocina. Los niños no eran para ser vistos ni escuchados. —Hace una pausa y cuando habla, su voz es más suave—. Tal vez nuestros padres no son muy agradables, ¿pero se llevarían bien?


Aguanto la respiración, sin querer moverme o parpadear o hacer algo para romper este momento. Cada palabra se siente como un regalo y estoy muy hambrienta de cada pequeño pedazo de su historia. — ¿Quiero saber más sobre ellos?


Él me acerca más, deslizando sus manos en mi pelo por la nuca. — Comenzaron a tener un romance cuando mi madre sólo tenía veinte años, y mi padre cuarenta y cuatro. De lo que mi madre me ha dicho, era muy apasionado. La consumía. Ella no planeó quedarse en Francia durante mucho tiempo, pero se enamoró de Carlos y creo que nunca se ha recuperado.


—¿Recuperado?


—Mi padre es un idiota —dice, riendo un poco secamente—.
Controlador. Obsesivo por la casa, como ya he mencionado. Cuando envejeció, sólo empeoró. Pero creo que debe tener cierto carisma, un encanto que la hizo quedarse. —Sonrío en la oscuridad cuando dice esto, a sabiendas de que puede ser un hombre mejor, pero sin duda tiene el encanto de su padre—. Durante este tiempo que él y mi madre estuvieron juntos, él estaba casado con otra mujer. Vivió en Inglaterra, pero mi padre se negó a salir de su casa a vivir con ella y mi madre no sabía que existía esta mujer. Cuando mamá quedó embarazada de mí, mi padre quería que ella permaneciera en el servicio y no permitió que le dijera a nadie que era su hijo. —Se ríe un poco—. Todo el mundo lo sabía de todos modos y por supuesto a los tres o cuatro años, yo era exactamente como él. Con el tiempo, la esposa se enteró. Se divorció de mi padre, pero él no eligió casarse con mi madre.


Siento mi pecho apretarse. —Oh.


—La amaba —dice en voz baja y estoy obsesionada con la forma en que habla. Su español perfecto, pero su acento elevando las palabras, por lo que su “l” sale casi inaudible, su ―r” siempre es ligeramente gutural. Se las arregla para sonar tan pulido y crudo—. La quería a su manera extraña y se aseguró de proveer siempre por nosotros, incluso insistiendo en pagar cuando mi madre quería ir a la escuela culinaria. Pero él no es un hombre que ama con gran generosidad; es egoísta y no quería que mi madre lo dejara, aunque tenía muchas otras mujeres en esos años. Estaban en la casa o en su trabajo. Era muy infiel, aun cuando era posesivo y loco por mi madre. Le dijo que la amaba como ningún otro. Él esperaba que ella comprendiera que su apetito por otras mujeres no eran personales en su contra. Pero, por supuesto, ella nunca fue a dormir con otro hombre.


—Guau —le digo en voz baja. En serio, no me imagino saber mucho sobre el matrimonio de mis padres. El de ellos se siente como decolorado, un paisaje estéril comparado con esto.


—Exactamente. Así que, cuando mi abuela se enfermó, mi madre tuvo la oportunidad de salir de Francia, para ir a casa en Connecticut y quedarse con ella hasta que murió.


—¿Qué edad tenías cuando se fue?


Traga, diciendo—: Dieciséis. Viví con mi padre hasta que empecé la universidad.


—¿Tu madre volvió?


Puedo sentir cómo niega con la cabeza a mi lado. —No. Creo que irse fue muy difícil para ella, pero una vez que se hubo ido, sabía que era lo correcto. Abrió una panadería, compró una casa. Ella quería que yo terminara la escuela aquí, con mis amigos, pero sé que estar tan lejos la consumía. Es por eso que vine a los Estados a la facultad de derecho. Tal vez volvería aquí si se lo pedía, ¿pero no pude, no?
Cuando asiento, continúa—: Fui a Vanderbilt, que no está tan cerca de ella, pero mucho más cerca de Francia. —Gira la cabeza, hacia atrás para poder mirarme—. Tengo la intención de vivir allí algún día. En los Estados. Ella no tiene a nadie más.


Asiento, metiendo la cara en el hueco de su cuello e invadiéndome un alivio tan grande que me siento mareada.


—¿Te quedarás conmigo? —pregunta en voz baja—. ¿Hasta que necesites estar en Boston?


—Sí. Si es lo que quieres.


Responde con un beso que profundiza y la sensación de sus manos en mi pelo y su gemido en mi lengua llena mi cabeza con una emoción que se siente un poco desesperado. En un instante, estoy aterrorizada de tener verdaderos e intensos sentimientos por él, de tener que poner fin a este juego de matrimonio en algún momento, de volver a la vida real y tratar de conseguir más de él. Pero lo aparto a un lado, porque se siente demasiado bueno para dejar que el momento arruine cualquier rincón. Sus besos son lentos y dóciles hasta que sólo presiona su sonrisa a la mía.


—Bien —dice.


Es suficiente por ahora. Puedo sentir el peso del sueño detrás de mis ojos, en mis pensamientos. Mi cuerpo está dolorido y se siente perfectamente utilizado. En sólo segundos, oigo el ritmo lento y constante de su respiración al dormir.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

CAPITULO 36




Con esta pregunta contundente, mis ojos vuelan hacia él y mi corazón despega en una carrera de velocidad frenética. 


—¿Qué?


—¿Servirme. La cena. Te hizo mojar?


—Yo… creo que sí.


—No te creo. —Sonríe, pero tiene una curva deliciosamente siniestra en ella—. Muéstrame.


Me inclino, colocando mi mano temblorosa en mi ropa interior. Estoy mojada. Vergonzosamente, sin motivo. Sin pensarlo, me acaricio mientras me observa, con los ojos cada vez más oscuros.


—Muéstrame.


Las palabras estallan algo dentro de mí y gimo, sacando mi mano.


Observa su recorrido entre mis piernas para estar justo en frente de su boca, la destreza visible en la tenue luz.


Rozo sus labios hasta que los abre y presiono dos dedos en su interior.


Su lengua es cálida y se envuelve alrededor de mis dedos; es una tortura — quiero sentir su boca entre mis piernas— y lo sabe. Me agarra por la muñeca, así que no puedo alejarme mientras chupa mi dedo, lamiéndolo como si fuera mi clítoris, burlándose de mí hasta que duele todo mi cuerpo.


Es el tipo de dolor que viene con placer sobre sus talones, con la promesa de más.


—Otra vez.


Gimo un poco, porque no quería sentir la presión de mi mano allí de nuevo sin alivio. No recuerdo la última vez que he querido tener sexo con tanta intensidad. Si es posible, estoy aún más empapada. Me deja deslizar mis dedos hacia atrás y hacia adelante más tiempo esta vez, el tiempo suficiente que puedo sentir mi orgasmo en la distancia, sabiendo lo mucho que mi cuerpo quiere liberarse.


—Detente —dice bruscamente, esta vez alcanza mi brazo y tira de mi mano. Chupa cada dedo a su vez, con los ojos fijos en los míos—. Súbete en la mesa.


Me muevo alrededor de él, empujando su plato del camino y
levantando mi trasero en la mesa, así estoy sentada frente a él y sus muslos sujetan los míos.


—Recuéstate —me dice.


Hago lo que dice, exhalando un suspiro tembloroso cuando sus manos recorren por mis piernas y hacia abajo de nuevo, antes de quitar mis elegantes y altísimos tacones negros. 


Descansa mis pies sobre sus muslos y se inclina hacia adelante, besando el interior de mi rodilla.


La tela de sus pantalones de vestir es suave contra las plantas de mis pies, y su aliento se desliza por mi pierna, por encima de mi rodilla y a lo largo de mi muslo. Su cabello suave roza mi piel, sus manos se envuelven alrededor de las pantorrillas, estabilizando mis piernas.


Siento todo y es como si estuviera hecha de pura hambre. 


Hace calor y el líquido, llena mis miembros y apisona mi paciencia. Tócame, grita mi cuerpo. Me retuerzo en la mesa y Pedro me detiene con una mano firme sobre mi abdomen.
—Quédate quieta —exhala una vez, un gran chorro de aire se inyecta directamente entre mis piernas.


—Por favor... —jadeo. Me encanta este lado de él, quiero más, quiero provocar el borde afilado en su tono, pero también quiero su satisfacción en mí. Estoy dividida entre tratar de petulancia y profundizar más y más en este fácil y obediente lugar.


―Por favor, ¿qué? —Besa la delicada piel justo al lado de la tela de mi ropa interior con volantes—. ¿Por favor, que te recompense por estar siendo tan buena criada?


Abro la boca, pero sólo sale un sonido bajo y suplicante cuando él olfatea en mi coño bajo la tela, presionando, besando, mostrando los dientes y deslizándolos sobre mis labios, mi pubis, hasta mi cadera.


—¿O ―por favor, que te castigue por ser tan malvada, colocando tus manos en mis ventanas?


Ambas. Sí. Por favor.


Estoy increíblemente mojada, las caderas empujan hacia arriba y pequeños ruidos escapan de mi garganta cada vez que siento la caliente presión de su aliento en mi piel.


—Tócame —le ruego—. Quiero tu boca sobre mí.


Enganchando un dedo debajo de la tela, mueve a un lado mi ropa interior mojada, lamiéndome directamente en un arrastre largo y firme de su lengua. Jadeo, arqueándome debajo de él.


Abre la boca, chupando, caliente y…


Bueno.


Dios.


Tan bueno.


Lamiéndome con la lengua aplanada, sus dedos presionan contra mí y se enroscan. Se aleja con un gruñido tranquilo y me dice—: Mírame. —Las próximas dos palabras son dichas sobre la delicada piel de mi clítoris—:Mírame besarte.


Su demanda es más una amenaza preventiva que una un orden porque no podría apartar los ojos de su posesión de mi cuerpo, incluso si quisiera.


—Sabes como el océano —gime, chupando, jalándome con los labios y la lengua. La sensación es demasiado intensa para ser llamada placer. Es algo más grande, apartando todas mis inhibiciones, por lo que me siento fuerte y lo bastante audaz para empujar mi codo, pasando la otra mano por su pelo para guiarlo suavemente mientras ruedo mis caderas.


Parece imposible que pueda sentir más, pero cuando se da cuenta que estoy cerca, comienza a gemir en mi contra, estimulando con la vibración de su voz, el empuje sólido de dos dedos y el deslizar húmedo de su lengua alrededor y alrededor y alrededor…


Me siento un poco mareada antes de caer, flotando, sacudida dichosamente por los espasmos que se sienten tan bien entre la fina línea que bordea el dolor y el placer. 


Es un orgasmo tan intenso que mis piernas quieren presionarse juntas y mis caderas se arquean sobre la mesa.


Pero él me mantiene abierta, con los dedos bombeando entre mis piernas hasta que estoy sin aliento, blanda, luchando para sentarme y traerlo hacia mí.


Él se tambalea sobre sus pies, presionando su brazo sobre su boca. —Así es como suenas cuando te vienes.


Su pelo es un desastre por mis manos, sus labios hinchados por chuparme tan a fondo. —Te voy a llevar a mi cama —dice, empujando su silla hacia atrás y fuera del camino. Me tiende una mano y me ayuda a bajar de la mesa con las piernas temblorosas. Mientras camina, se afloja la corbata, se desabrocha la camisa, se saca sus zapatos. En el momento en que llegamos a su habitación, empuja sus pantalones por las piernas y hace gestos para que me siente en el borde de la cama.


En dos pasos, está frente a mí, con la mano enroscada alrededor de la base de su pene mientras la sostiene hacia mí, diciendo solamente—: Chupa.


Cuando él se inclina, mis dientes se aprietan con lo mucho que quiero saborearlo. La almohada en la que duermo todas las noches no tiene nada de su esencia. Es el sudor limpio, pasto y agua salada. Su olor es comestible y es difícil no describir cómo se siente cuando envuelvo mi mano alrededor de su eje. Es como acero en mi palma, su cuerpo tan asombrosamente apretado que no sé cuánto tiempo más puede esperar.


Lo lamo y luego otra vez, arriba y abajo de su longitud hasta que está lisa y húmeda, y se desliza fácilmente en mi boca. 


Estoy temblando;salvaje por su sabor a tierra y la forma en que se cierne sobre mí. Nunca antes ha sido tan fuerte, casi salvaje por la forma en que sus manos se deslizan en mi pelo, guiándome con cuidado al principio y luego empujándolo, así puede empujar profundamente, una vez con un gemido aliviado e irregular. Por otra parte, es silencioso, sus dedos aprietan contra mi cuero cabelludo dejándome tomarlo de nuevo, sólo de vez en cuando empuja profundo. En mi boca, él se siente tan hinchado como mis labios maltratados, gordos y necesitados de ser devorado. Y lo devoro. Nunca me ha gustado hacer esto tanto como me gusta con él, su eje grueso y piel suave estirada sobre la punta llena de sangre. Hundo mi lengua alrededor de la cresta y la succiono, con ganas de más.


Libera un sonido salvaje y ronco antes de retroceder, envolviendo un puño alrededor de su pene. —Desnúdate.


Me levanto con las piernas temblorosas, sacando las medias, quitándome la falda, el corpiño, y finalmente, la ropa interior con volantes.


Me mira, con los ojos oscuros impacientes y gruñe. —Allonge-toi. —Levanta la barbilla, repitiendo en voz baja en español—: Acuéstate.


Rápidamente, corro más arriba en la cama, los ojos muy abiertos y clavados en él cuando me acuesto y abro las piernas. Quiero sentirlo. Sólo a él. En este momento, puedo verlo en sus ojos, sabe que le daré algo, le daré todo. Se tambalea hacia adelante, apoyando una mano en mi muslo interno y entrando en un único empuje largo.


Todo el aire me deja durante unos segundos abrumadores y no puedo recuperarlo. Trato de recordar cómo inhalar y luego exhalar, trato de recordarme que su pene no está realmente sacándome todo el aire, sólo se siente de esa manera. Se me había olvidado lo que se siente tenerlo dentro de mí de esta manera: confiado, al mando. Pero la sensación de su calor, nada entre nosotros… se roba mi aire, mis pensamientos, mi claridad.


No se mueve por una eternidad, sólo baja la mirada y los ojos se mueven sobre cada centímetro de mí que puede ver desde su posición.


Está tan duro que debe estar al borde y puedo sentir la sacudida de su mano agarrando la sábana cerca de mi cabeza.


—¿Necesitas que te lo recuerde? —susurra.


Asiento frenéticamente, con las manos agarrando sus costados a medida que mis caderas se mueven hacia arriba, con hambre. Él se aleja lentamente y siento que mis uñas se clavan en su piel, incluso antes de darme cuenta de lo que hago. Él silba, empujando de nuevo en mí con un gruñido bajo.


Y luego se vuelva a salir otra vez y luego se impulsa hacia adelante, duro y tormentoso, su ritmo casi castigador. 


Castigándome por la huella de la mano, castigándonos por la distancia que se interpuso entre nosotros.
Castigándome por haber olvidado que el sexo con nosotros es así y no hay nada mejor. Se inclina sobre mí, su piel frotándome donde lo necesito, el sudor moja su frente y la suave extensión de su pecho. Me pego a él, lamiendo su clavícula, su cuello, llevando su cabeza a la mía para sentir el profundo retumbar de su placer en contra de mis dientes, mis labios, mi lengua.


Mis muslos tiemblan, el placer escala, y necesito más y más de él, mis dedos tiran desesperadamente de sus caderas, mis palabras mendigan y son ininteligibles. Siento la liberación retorciéndose en mí, más y más fuerte hasta que sucede, exploto de par en par en una sacudida, apretando las pestañas por la sensación y arqueándome de la cama, gritando su nombre una y otra vez.


Se empuja en sus manos, viéndome venirme debajo de él y por medio de la niebla de mi orgasmo, lo veo impulsándose. 


Sus estocadas son largas y duras, nuestra piel golpea junta en un sonido crudo que me pone más salvaje, hace que me pregunte si de verdad estoy a punto de venir tan pronto.


—¡Ah! —grito—. Yo…


—Muéstrame —gruñe, dejando caer una mano entre nosotros, acariciando mi clítoris en pequeños círculos perfectos.


Me impulso de la cama, todo mi cuerpo apretándose en un segundo orgasmo tan fuerte que mi visión se torna borrosa.


El cuello de Pedro se contrae y se tensa, con los dientes apretados y los ojos estrechos, susurra—: Joder —antes de que sus caderas se vuelvan brutales, golpeando fuertemente contra mis muslos. Se derrumba encima de mí y puedo sentir la forma en que se retuerce en el interior, la forma en que se estremece bajo mis manos.


Dejo escapar un suspiro tembloroso, enrollando mis piernas alrededor de sus caderas cuando empieza a retroceder. —No —le digo en la piel de su cuello—. Quédate.


Se inclina, su boca yendo a mi pecho, chupando, pasando la lengua por mi cuello a mi mandíbula mientras sus caderas se mecen lentamente hacia atrás y adelante. 


Parece insaciable y aunque sé que ya se ha venido, no siento que hayamos terminado. Una vez que su boca se
encuentra con la mía, estoy perdida de nuevo, perdida en el deslizar húmedo de su lengua, el lento empuje de él dentro y fuera de mí. Se siente como si pasara sólo un segundo para que su cuerpo se relaje antes de que lo sienta agitarse de nuevo, endureciéndose más hasta que se mueve en
serio, dando largos empujes con todo su cuerpo pegado al mío.


Esta vez es lento y me besa cada segundo, profundo y buscando, dejándome escuchar la agonía y el placer de nuestros cuerpos tan a fondo que me hace delirar.